Una menor y una anciana lograron sobrevivir más de 250 horas, entre los escombros de las edificaciones que no resistieron los embates del doble terremoto. Ellas son íconos vivientes que marcarán la historia venezolana, tal como ocurre con la imagen de Omaira, en Armero, Tolima, en 1.985, atrapada por el lodo caliente, que no le permitió ser rescatada.
El balance oficial habla de 2.954 personas fallecidas, 6.452 rescatadas con vida y más de 16.000 heridos que permanecen en hospitales, clínicas, centros improvisados de atención e, incluso, en parques públicos convertidos en escenarios de emergencia.
La fase de búsqueda y rescate comienza a ceder el paso a otra igualmente compleja: la ayuda humanitaria y la reconstrucción. Es una etapa que demandará enormes recursos económicos, pero, sobre todo, un compromiso permanente de la comunidad internacional para evitar que esta tragedia derive en una crisis humanitaria aún mayor.
En ese escenario, Colombia y el mundo no pueden permanecer indiferentes. Mucho menos el Caribe colombiano, donde la relación con Venezuela trasciende cualquier frontera política. La Guajira, el Cesar y Magdalena comparten con el vecino país una historia construida durante generaciones, marcada por el comercio, la cultura, los vínculos familiares y una convivencia que nunca ha entendido de límites geográficos.
Hoy la historia parece pedir reciprocidad. No se trata de discutir diferencias políticas ni de reabrir debates ideológicos. La naturaleza no distingue gobiernos, partidos ni fronteras. Cuando una tragedia golpea con semejante fuerza, la única respuesta posible debe ser la solidaridad.
Resulta alentador observar cómo ciudadanos, iglesias, empresarios, fundaciones, organismos de socorro y autoridades de distintos departamentos del Caribe han comenzado a organizar campañas para recolectar alimentos, medicamentos, agua potable, ropa y elementos de primera necesidad.
La Guajira tiene una responsabilidad moral especial. No solo por compartir la frontera más activa entre ambos países, sino porque aquí miles de familias colombianas y venezolanas tienen lazos de sangre que ningún mapa puede separar. El dolor que hoy vive el vecino país también se siente en esta tierra.
Este no es momento para la indiferencia ni para calcular costos políticos. Es la hora de demostrar que el Caribe colombiano sigue siendo una región de hombres y mujeres solidarios, capaces de tender la mano cuando más se necesita.
Las brigadas internacionales seguirán retirando escombros. Los médicos continuarán salvando vidas. Los organismos humanitarios harán su trabajo. Pero la verdadera reconstrucción comenzará cuando cada ciudadano comprenda que un acto de solidaridad, por pequeño que parezca, también puede convertirse en el cimiento de una nueva esperanza.
Porque Venezuela no solo necesita recursos. Hoy necesita sentir que no está sola. Y esa es una responsabilidad que también nos pertenece.
