No todos los presidentes llegan al poder con una historia que parece escrita por el destino. Abelardo De la Espriella Otero carga una que nació mucho antes de su primer discurso político. Comenzó en las aguas de La Mojana, cuando aún permanecía en el vientre de su madre.
Aquel 2 de enero de 1978, una lancha naufragó en los caños de esa inmensa región anfibia del Caribe colombiano. María Eugenia Otero Aldana, la entrañable «Niña Mayo», tenía cuatro meses de embarazo. Ella y el hijo que esperaba desaparecieron bajo el agua. Su esposo, Abelardo Gabriel De la Espriella Juris, se lanzó sin pensarlo, los rescató y, en ese acto de amor, también estuvo a punto de morir. Un pescador logró devolverlo a la vida.
Décadas más tarde, la historia dio un giro inesperado. Durante la pandemia, fue el hijo quien salvó al padre. Cuando el covid-19 lo mantenía al borde de la muerte, Abelardo lo trasladó en su avión hasta Barranquilla, donde comenzó el milagro de su recuperación. Padre e hijo quedaron unidos por un mismo hilo conductor: ambos se salvaron mutuamente de la muerte.
Pero esa historia encierra un mensaje que va mucho más allá del ámbito familiar.
Ese vínculo convierte a Abelardo De la Espriella en un presidente con una responsabilidad histórica. Si realmente las aguas de La Mojana marcaron su destino, ahora le corresponde rescatar definitivamente esa región del abandono.
Y ese compromiso no termina allí. También se extiende hacia La Guajira, donde la sed continúa siendo una contradicción dolorosa en un territorio que posee una de las mayores reservas hídricas del Caribe, pero cuya infraestructura permanece inconclusa. La terminación integral de la Represa El Cercado sobre el río Ranchería, la construcción de los distritos de riego, el acceso permanente al agua potable y el impulso a la agroindustria representan una deuda que el Estado ha postergado durante décadas.
La Mojana y La Guajira son dos rostros distintos de un mismo abandono. Una se ahoga cuando llegan las lluvias; la otra agoniza bajo el sol del desierto.
Quizás esa sea una de las mayores pruebas para el nuevo mandatario. No bastará con administrar el país desde Bogotá. Tendrá que demostrar que entiende el clamor de ese Caribe profundo que durante generaciones ha esperado que alguien transforme las promesas en obras.
Porque quien un día fue salvado de las aguas tiene ahora la oportunidad histórica de salvar las tierras donde comenzó su propia vida. Si logra rescatar a La Mojana y devolverle el agua productiva a La Guajira, no solo honrará la historia de su familia. Habrá comenzado a saldar una de las mayores deudas que Colombia tiene con su región Caribe.
