Un terremoto es una tragedia natural. No es un hecho premeditado, no responde a una decisión humana y, mucho menos, puede atribuirse a una oración, una maldición, una exploración subterránea o a supuestas maniobras secretas. Así lo explican los geólogos y especialistas en sismología: los movimientos sísmicos son fenómenos naturales asociados, principalmente, a la liberación repentina de energía acumulada en el interior de la Tierra.
Colombia es un país sísmicamente activo. Su ubicación geográfica, en una zona donde interactúan diferentes placas tectónicas, hace que los movimientos de la corteza terrestre formen parte de nuestra realidad. Algunos son imperceptibles; otros, como el registrado recientemente en el centro-occidente del país, pueden generar daños materiales, temor y, en los casos más graves, pérdidas humanas.
Por eso resulta preocupante que, ante una tragedia, aparezcan explicaciones sin fundamento científico. Las redes sociales pueden convertirse en escenarios para la desinformación, donde cualquier fotografía, video, mensaje religioso o teoría conspirativa termina presentado como una explicación de lo ocurrido.
Hay que decirlo con claridad: un terremoto no ocurre porque alguien haya orado para que sucediera. Tampoco porque una comunidad haya sido castigada. Mucho menos porque una empresa esté realizando una exploración determinada. Menos, por la asunción de un presidente a ejercer el mando en un país, tal como ocurrió con Abelardo De la Espriella, quien asumió el pasado 7 de agosto, y tres días después se genera la tragedia.
La discusión que Colombia debería tener después de cada sismo es otra: ¿estamos preparados? ¿Nuestras edificaciones cumplen las normas de construcción sismorresistente? ¿Los hospitales, colegios, puentes y vías pueden soportar una emergencia de grandes proporciones? ¿Los organismos de socorro cuentan con los recursos suficientes? ¿La ciudadanía sabe cómo actuar durante y después de un movimiento telúrico?
Ese es el debate serio.
La naturaleza no necesita conspiraciones para recordarnos nuestra vulnerabilidad. Un terremoto puede durar segundos, pero sus consecuencias pueden permanecer durante meses o años. Por eso, más que buscar culpables donde no existen, debemos fortalecer la prevención, la educación y la capacidad de respuesta de las instituciones.
La tragedia debe unirnos alrededor de la solidaridad y la responsabilidad. También debe enseñarnos a distinguir entre la fe personal y la explicación científica de los fenómenos naturales. Pero no se debe utilizar como comidillas, mentiras, falacias en redes sociales, bañadas del manto de la politiquería propia de nuestro país.
Orar puede ser, para millones de personas, una manera legítima de encontrar consuelo en medio del miedo. Pero la oración no explica el movimiento de las placas tectónicas.
Frente a un terremoto, Colombia necesita menos rumores y más ciencia; menos especulación y más prevención. Porque la Tierra se mueve, y nuestra obligación no es negar esa realidad, sino prepararnos para cuando vuelva a suceder.
