Mientras los gobiernos de distintos países ofrecían su ayuda a Colombia para atender la emergencia por el terremoto de magnitud 7,4, en redes sociales se expresaban mensajes venenosos culpando al nuevo Gobierno del fenómeno natural.
Llama poderosamente la atención que se aprovechen de la situación de calamidad para lanzar expresiones fuera de tono, cuando el llamado es a la solidaridad con cientos de familias que sufren especialmente por la pérdida de sus seres queridos.
No existe la forma para describir tanta perversidad expresada en palabras porque simplemente no se está de acuerdo con el Gobierno de turno.
La vida es solo un momento, y por ello se le debe valorar desde el seno de esos padres que trabajan todos los días para levantar a sus familias, y de esos hijos que también forman la suya y la luchan en medio de las dificultades propias del sistema.
Se trata de una tragedia que hoy golpea a familias de varios departamentos producto de un fenómeno natural que no avisa, razón suficiente para arroparlos y desde nuestros roles brindarles también esa ayuda que siempre es bien recibida.
En estas tragedias no hay espacio para el menosprecio, para la insolidaridad, para análisis llevados por el odio político, ese no es el camino porque al final todo se devuelve.
Hoy es necesaria la unidad y el respeto para que desde el Gobierno nacional en medio de las dificultades se realicen los esfuerzos que sean necesarios para atender inicialmente a las familias que perdieron a sus seres queridos, a quienes perdieron sus viviendas, sus vehículos, sus espacios de trabajo.
El sentimiento de solidaridad debe primar en todos los seres humanos que hoy podemos cantar porque estamos vivos, y tenemos aún la oportunidad de disfrutar de nuestros seres queridos.
Por un momento reflexionemos y coloquémonos en el zapato de quienes siguen buscando entre los escombros a sus seres queridos con esperanzas que aún estén vivos.
Es importante recordar que el ser humano por una posición política no puede pasar el límite del respeto, más en estos momentos de una tragedia que nos debe unir como país.
“Nunca en mi vida había sentido tanto miedo, mi familia está bien, y estamos en la casa de mi mamá seguros, pero hay varias clínicas y hospitales averiados, no hay señal casi en ningún punto de la ciudad, muchos edificios se desplomaron como castillos de naipes, el personal de la salud está haciendo procedimientos en los parqueaderos, hasta amputaciones”, testimonio de una colega en la ciudad de Pereira.

