El primer Mundial que recuerdo fue el de México 86. Tenía siete años y la vida de mi familia acababa de cambiar de lugar, de viento y de paisaje. Había nacido en Manaure, La Guajira, pero mi infancia temprana había echado raíces en Valledupar. En enero de aquel año, mi padre, joyero y relojero, haciendo honor a sus raíces momposinas, decidió que la familia debía regresar a Manaure, al mar, a la sal, a la tierra wayuú, a la placidez del desierto y allá nos fuimos, con los baúles, el oro, los relojes y los recuerdos del valle.
Yo cursaba tercero de primaria y en nuestras primeras vacaciones de mitad de año regresamos a Valledupar, justo cuando el mundo se detenía por un balón. No había álbumes que llenar, no había pantallas gigantes, ni redes sociales incendiando cada jugada. El televisor blanco y negro, de unas catorce pulgadas y un niño sentado solo en un mueble, descubriendo que también se podía ser feliz en soledad viendo algo mundialmente colectivo.
Allí vi la Mano de Dios y el mejor gol de la historia, vi caer a la Inglaterra de Margaret Thatcher, la de las Malvinas y también a Maradona en su plenitud luminosa, casi bíblica, como si el fútbol hubiera decidido encarnarse por un mes en un zurdo de cabello abundante, insolente y eterno, acompañado de Valdano, Burruchaga, Pumpido y otras leyendas, de ese y otros grandes equipos Hugo Sánchez, Platini, Sócrates, Lineker, Butragueño y tantos nombres que entonces apenas eran rostros lejanos en la pantalla, pero que con los años entendí como parte de una constelación irrepetible.
Tiempo después, comprendí otra cosa, ese Mundial pudo haber sido en Colombia. México 86 fue primero una ilusión nuestra, un sueño demasiado grande para un país que nunca se ha sentido importante, ocupado en sus pesadillas terminó renunciando a organizarlo. Yo no lo sabía en aquel mueble, frente a aquel televisor diminuto, no sabía de gobiernos, de crisis, de compromisos imposibles ni de decisiones históricas. Solo sabía que el balón rodaba y que algo dentro de mí empezaba a pertenecerle para siempre al fútbol. Fue mi primer amor con este deporte, fue el comienzo de algo, un amor siempre inconcluso.
Por eso me dolió tanto, hace unos días, ver el mal gesto de James Rodríguez hacia Antonella, la hija del presidente Gustavo Petro y las malas caras de casi toda la Selección. Me llené de motivos oscuros, de malos pensamientos, de una rabia triste. Tuve ganas de no saber más de la Selección, del Mundial, del álbum, del fútbol mismo. Como si una grieta amarga se hubiera abierto entre aquel niño de 1986 y este adulto cansado de ver cómo la vida se empaña, cómo todo se ensucia. Pensé en el nefasto Infantino, en la Fifa convertida en negocio burdo, en un Mundial cuyo éxito depende en buena parte de Estados Unidos, hoy gobernado por un personaje impresentable como Donald Trump, amigo cercano del poder que administra el espectáculo, el escenario perfecto para enviar el mundial y de paso al fútbol, al infierno.

Pero apareció Antonella. Su respuesta dulce, serena, perdonadora, reconciliadora, me desarmó. Me recordó que no todo debe responderse con venganza, que todavía existe la posibilidad de devolver ternura donde hubo grosería, que poner la otra mejilla no es debilidad, sino una forma superior de fuerza, que el perdón cuando nace limpio, puede rescatar incluso lo que creíamos perdido.
Esa lección me hizo repensar. Recordé la frase atribuida a Jorge Valdano, compañero de Maradona en ese mundial del 86 “el fútbol es lo más importante de lo menos importante”. También pensé en Eduardo Galeano, ese uruguayo que escribió sobre el fútbol como quien escribe sobre la infancia, el barrio, la belleza y la derrota; como quien sabe que una pelota guarda la memoria de los pueblos.
Fue una lección de ternura que me hizo repensar y ver otras opciones posibles. Pensé entonces que la Fifa no es el fútbol, así como el Vaticano ni las megaiglesias son el Evangelio de Jesús. Hay cristianismo más allá de la estructura eclesial, así como hay fútbol más allá de sus burócratas. Los Mundiales son más que sus países organizadores, los pueblos son más que sus gobernantes de turno, las selecciones son más que sus jugadores pasajeros, los jugadores pasan, la camiseta queda, la memoria permanece.
Gracias Antonella, por recordarme que los humanos tenemos posibilidades y opciones, gracias por mostrarme otra cara de la vida, por revivir en mí a ese niño que soñó con ser futbolista, con conocer a Maradona, con vivir del balón, que luego jugó unos pocos años en la adolescencia, antes de tomar otros caminos, con los que la vida te enfrenta sin compasión a la realidad.
Hoy, por séptima vez en la historia, México inaugura un Mundial, por tercera ocasión en suelo mexicano y primera vez gana el partido, en el Estadio Azteca. Sí, Azteca, no como pretende rebautizarlo la Fifa, porque los nombres verdaderos no nacen en los escritorios del negocio, sino en la memoria de los pueblos. Los nombres verdaderos los pronuncian quienes estuvieron, quienes recuerdan, quienes heredaron la emoción. Azteca se llama porque así lo aprendimos, así lo gritamos, así lo guardamos en la infancia, allí la pelota rozó lo sagrado y porque hay lugares que no pertenecen a los administradores del espectáculo, sino a la eternidad de quienes alguna vez rozaron la gloria con el balón y nos hicieron felices creyendo que todo era posible.
Y allí estaremos otra vez los niños de ayer, los adultos heridos de hoy, esperando que el fútbol nos devuelva, aunque sea por un instante, la Mano de Dios, el gol imposible y la certeza de que todavía se puede volver a creer.
Antonella, gracias totales.








