El desarrollo no está consensuadamente definido en economía, existe un complejo espectro conceptual donde se enmarcan todas las formas posibles para potenciar las dimensiones fundamentales de la experiencia humana. Se incluye desde la clásica dupla de crecimiento y desarrollo económico (riqueza material acumulada y medida por el PIB), hasta los recientes conceptos de desarrollo humano y sostenible. Personalmente comulgo más con esa definición que lo ve como un proceso social por el cual los seres humanos aumentan su bienestar y afirman su dignidad mientras crean las condiciones estructurales para la sustentabilidad del proceso mismo de desarrollo (Castells y Himanen, 2016).
Así, un territorio desarrollado es aquel en el que la gente tiene cómo y con qué vivir bien, con condiciones materiales de vida como la educación, la salud, la vivienda, un medioambiente vivible, la seguridad pública, etc. Todo esto según los valores culturales y preferencias personales propios de cada sociedad. Pero ¿Qué pasa cuando esas condiciones no están garantizadas y las dimensiones de la experiencia humana difícilmente pueden potenciarse? ¿Qué simboliza lo opuesto a esa idoneidad? Para responder acudo a la realidad de Riohacha.
Pienso entonces en actividades tan sencillas, pero placenteras como caminar tranquila y libremente y encuentro que mucha gente se priva de hacerlo por la inseguridad que azota la ciudad. Nos limitamos porque el espacio público es reducido y está en mal estado; nos limita que los manglares y playas podrían ser un agradable corredor natural y peatonal, pero en cambio son un hábitat desprotegido que sirve para arrojar basura (ese ornamento ya normalizado de nuestros espacios) y albergar personas en pobreza extrema.
Seguí pensando y llegué a otro símbolo: la alberca. Ese depósito artificial subterráneo para el almacenamiento de agua que salvaguarda contra la escasez, dada la provisión intermitente del servicio público de agua que no es potable, pero que igualmente permite satisfacer la necesidad vital. Junto con los carrotanques que transportan agua a aquellos que ni siquiera tienen alberca en sus casas, se evidencia la carencia de un sistema de acueducto eficiente que garantice el derecho fundamental al acceso de agua potable y corriente, tal como lo plantea la ONU en sus Objetivos de Desarrollo Sostenible.
Finalmente, quisiera mencionar que me resulta preocupante que lo más cercano a una librería en Riohacha, sean las papelerías. No hay librerías. Es un símbolo de subdesarrollo porque una librería no es meramente un establecimiento comercial, es por encima de todo, un agente dinamizador cultural dentro de una comunidad, es educación, es conocimiento, es quizás una de las llaves (los libros) más importantes para encontrar salidas de progreso y creación de símbolos de calidad de vida y bienestar.
El subdesarrollo tiene la misma cara en todo el mundo, se padece igual en África o en Latinoamérica. Hay cierta convergencia en la caracterización de los problemas de los países en vías de desarrollo y, por ende, las soluciones estructurales son las mismas, a pesar de la importancia de las condiciones particulares de cada territorio. El subdesarrollo también se naturaliza y penetra las bases de la cotidianidad de las personas, nos quita tiempo y paz.
Evidenciar que nuestra ciudad está plagada de símbolos que reflejan condiciones precarias de vida no es sino el llamado a la no resignación, a creer que podemos y merecemos vivir mejor. Es poner sobre la mesa los retos y compromisos que le asisten a la sociedad civil, como dueña de los derechos fundamentales y como agente principal dentro de los procesos sociales evolutivos, y a las instituciones públicas y educativas, como garantes y promotores de las políticas públicas, para hacer de esta una ciudad donde se pueda existir dignamente.







