Regreso a las canchas como columnista, después de un largo tiempo, y aún más convencido de que hoy, más que nunca, la política tiene una Ley cruel: no basta con tener apellido, partido, dinero o estructura, debido a que hay campañas que nacen con épica y terminan convertidas en una contradicción ambulante. La de Paloma Valencia parece haber recorrido ese camino, pues su candidatura fracasó. Esto, en gran parte, porque intentó ser demasiadas cosas al mismo tiempo y terminó perdiendo su esencia y norte.
Paloma Valencia, el 8 de marzo a las 6 de la tarde, luego de la votación de la consulta donde participó y ganó, arrancó con una ventaja evidente: más de 3 millones de votos para ella y casi 6 millones para su consulta. Se contó y muy bien; eso en política es clave y tangible. Además del furor y los escenarios existentes proclives a materializar y rentabilizar mediante estrategia política, sumado a que era la candidata natural del Uribismo institucional, por ende tenía partido, maquinaria, reconocimiento, narrativa de oposición, su condición de mujer y la oportunidad histórica de convertirse en la primera presidenta. Contaba con la unidad de muchos sectores y la posibilidad de captar votos de centro ante dos propuestas ‘radicales’, pero en el momento decisivo confundió amplitud con dilución. Y una campaña sin identidad termina siendo un barco sin bandera en medio de una tormenta ideológica.
El primer error fue estratégico: quiso seducir al centro sin consolidar primero a la derecha. En política, abandonar tu base para perseguir un electorado que jamás termina de confiar en ti suele ser un suicidio lento. Paloma suavizó el discurso, moderó tonos, buscó parecer más conciliadora y menos confrontacional, en una sociedad que demanda líderes que se parezcan a ella; es decir, la radicalización, nos guste o no, hoy tiene un espacio ganado. Otro de los problemas fue que el centro nunca dejó de verla como Uribista; no le perdonaron decir que Uribe era su papá, mientras parte de la derecha comenzó a verla como tibia. Quedó atrapada en tierra de nadie. Incluso usuarios y analistas en redes resumieron la percepción así: “quiso ser de derecha fingiendo ser de centro”.
El segundo error fue subestimar el fenómeno emocional que representó Abelardo De la Espriella. Mientras Paloma hablaba desde la institucionalidad y el establecimiento, rodeada de políticos, De la Espriella logró conectarse con el votante herido, rabioso y antiélite. Él entendió algo elemental: después del Gobierno Petro, una parte importante de la derecha no quería moderación; quería fuerza, ruptura y castigo. Reuters incluso lo describe como el candidato que capitalizó un discurso de mano dura y outsider frente a la política tradicional. Sumado a su estilo de incorrección política, que privilegian los algoritmos y la atención de la gente, Abelardo dominó la agenda a su antojo, la simbología, la comunicación digital y las narrativas que pudieron trascender y llegar al ciudadano de a pie que anhela un estereotipo fuerte, de seguridad. Y todo esto no necesariamente tenía que encajar en una figura masculina; era el tono y las formas que omitió Valencia en su estrategia.
Tercer error: convertir la campaña en una suma de contradicciones públicas. La fórmula vicepresidencial con Juan Daniel Oviedo intentó enviar un mensaje de apertura y pluralidad, pero terminó generando ruido permanente dentro de su propio electorado conservador. La campaña transmitió divisiones internas, diferencias discursivas y episodios donde la candidata corregía públicamente a su fórmula. En política, la percepción de desorden mata más rápido que un mal Programa de Gobierno.
Cuarto error: abandonar la coherencia ideológica para caer en propuestas percibidas como populistas. Subsidios, anuncios improvisados y ofertas desconectadas de la tradición doctrinaria que representaba terminaron erosionando su credibilidad. El mismo expresidente Uribe, como muestra de desespero, salió con un tono irreconocible en Segovia, Antioquia, tendiendo puentes con grupos criminales y diciendo abiertamente que Cepeda podría incumplirles y que confiaran en Paloma; un llamado que desdibuja la concepción establecida de autoridad fuerte del ciudadano colombiano hacia Uribe, restándole aún más a la campaña de Paloma. Cuando una campaña intenta parecer todo al mismo tiempo, el electorado deja de entender qué defiende realmente.
Quinto error: creer que ganar una consulta equivalía a consolidar una mayoría nacional. Paloma interpretó su victoria interna como un cheque en blanco de toda la oposición, y ahí apareció otro problema: la derecha ya no es un bloque uniforme. El voto opositor se fragmentó entre quienes querían experiencia institucional y quienes querían una ruptura emocional con todo el sistema político.
Además, hubo un problema de narrativa. La campaña nunca logró construir una idea poderosa de futuro. Habló mucho de Petro, del desastre, del miedo y de la crisis. Su eslogan o concepto estratégico, ‘Colombia más grande’, nadie lo entendió. Las elecciones no se ganan únicamente administrando el rechazo; se ganan ofreciendo destino. Y mientras otros candidatos construyeron relatos emocionales, unos desde la indignación y otros desde la esperanza, Paloma quedó atrapada en el lenguaje técnico de la oposición tradicional.
Tal vez el mayor problema de Valencia fue este: quiso representar simultáneamente al Uribismo duro, al centro moderado y a la derecha moderna. Y en política, cuando un candidato intenta hablarles a todos, muchas veces termina dejando de conmover a alguien. Sumado al exceso de protagonismo que le dio a su fórmula vicepresidencial, pensando que él era el jolly y el pase seguro a segunda vuelta, evidentemente era una pieza importante, pero no definitiva.
Las campañas presidenciales son espejos del momento histórico, y el momento histórico colombiano parece premiar hoy a los ‘extremos’ emocionales, no las ambigüedades estratégicas.
Paloma Valencia no cayó por falta de inteligencia; cayó, porque confundió amplitud con identidad y porque, en tiempos de furia, la moderación mal ejecutada suele parecer debilidad.








