Los colombianos nos levantamos diariamente al despuntar las auroras con el sueño de vivir en un mejor país. Un país donde cese la violencia en las calles, en los territorios y en las redes sociales y los medios de comunicación. La ciudadanía sueña con un país de gente amable, emprendedora, pujante, cívica y altruista. Un país donde en sus 32 departamentos y sus 1.103 municipios no se manchen más sus piedras ni su arena con sangre. Un país donde cambiemos el canto de los fusiles y los proyectiles por el sonido de las guitarras, los violines, los pianos, los bombardinos, saxofones y acordeones. Muchos somos los que creemos que ese país tan anhelado es posible y no es una utopía que luchemos por alcanzarlo.
Todos queremos tener un nuevo despertar donde entonemos con fuerza y pasión ese grito inolvidable de gloria inmarcesible y de júbilo inmortal que bien nos enorgullece con la melodía de nuestro himno nacional. Recorrer nuestros corregimientos, centros poblados y veredas, es el sueño de muchos compatriotas orgullosos de ser colombianos. Asistir como antes a las fiestas patronales de nuestros pueblos, recorrer los festivales de acordeones, disfrutar libremente los carnavales de Barranquilla, la Feria de las Flores y los Silleteros de Medellín y volver a disfrutar del eje cafetero y del coleo y las corridas al son de las trovas llaneras es un anhelo con la fe intacta que se guardan en el recuerdo.
Colombia, nuestro amado país con más de cincuenta y dos millones de habitantes y muchas generaciones extinguidas que le apostaron a la paz, aun anhela un nuevo amanecer, hermoso y lleno de esperanzas para rendirle culto a la memoria de nuestros difuntos y honrar sus luchas. Como en una partida de ajedrez, la Reina y el Rey, los caballos, los peones y alfiles deben dedicarse a su responsabilidad misional para ganar la batalla por la paz. Como en un partido de fútbol, los que se desbordan y desequilibran por la punta izquierda o derecha deben concentrarse para que otro colombiano marque el gol de la paz para que viva Colombia, nuestra patria querida.
Pero como en el tinglado de boxeo, ya es hora de colgar los guantes y deponer ese espíritu agresivo que nos ha llevado a ganarnos la vida a puñetazos limpios para sobrevivir en un medio tan violento y difícil. Colombia anhela la paz y la movilización libre de los ciudadanos por un país libre de violencia. Para lograrlo, los conceptos son divididos, unos le siguen apostando a los fallidos diálogos de paz y a la paz total, y otros, a la guerra contra la criminalidad y la violencia, amparados en la constitución y la Ley. Lo cierto es que el país tiene miedo y se siente prisionero en su propio territorio, en medio de la angustia y la tribulación. Los programas de desarrollo con enfoque territorial -Pdet, después de diez años no han logrado consolidar la esperada reforma rural integral en los territorios más afectados por la violencia, y hoy, esos 170 municipios sienten el rigor de la violencia como antes.
Los afrodescendientes, los indígenas, las víctimas del conflicto y el campesinado soñaron con ser visibilizados y dignificados por el Estado como minorías, pero son muy pocos los avances en esas iniciativas. Por eso, creemos que este 31 de mayo la población será movilizada por el miedo y el terror que los agrede y los envilece en sus territorios, aburridos ya de que no se vea una luz de paz al final del túnel de la democracia.
Colombia quiere vivir en paz y sin violencia, sin drogas, sin narcoterrorismo, sin narcodemocracia y sin corrupción, y para lograrlo, se escucha decir por las calles, que lo que sea menester por la paz, la familia y las próximas generaciones se hará. Un país polarizado, se debate entre discusiones y polémicas, tertulias y confrontaciones, discutiendo cual es el camino y el escenario más adecuado para lograr la paz del país. Lo cierto es que, todos los bandos le apuestan a la paz, todos queremos la paz, unos la dibujan a blanco y negro, y otros a color. Unos circulan por la derecha, otros por el centro, y, otros por la izquierda, en busca de ese camino que le ha costado tantas vidas a los colombianos, y que nos ha llevado a sesenta años de guerra y confrontación en una lucha estéril por la desigualdad social que solo ha dejado muertos y desolación.








