Hubo un tiempo en que el destino de muchos jóvenes en La Guajira no se decidía en un aula, sino en la tentación.
Nos tocó crecer viendo un modelo de ‘éxito’ que no nacía del conocimiento, sino del exceso. Hombres con camionetas importadas, armas al cinto, rodeados de mujeres y convertidos en referentes culturales a través del folclor vallenato. Ese era el espejo en el que una generación empezó a mirarse. No porque quisiera, sino porque no tenía muchas alternativas.
En aquellos años, terminar el bachillerato no abría puertas: las cerraba. La universidad no existía en el Departamento. Quien tenía recursos se marchaba a estudiar fuera, Barranquilla, Bogotá, Medellín… incluso al exterior. Pero la gran mayoría no podía. Algunos pocos jóvenes, con sacrificio y valentía, lograban ingresar a universidades públicas del país, pero eran excepciones.
El resto de los jóvenes quedaba atrapado entre tres caminos: el campo, el comercio —especialmente en Maicao, frontera viva con Venezuela— o el riesgo. Y ese riesgo tenía nombre propio: la bonanza marimbera. No fue solo un fenómeno económico; fue, sobre todo, un fenómeno cultural. Sedujo, deslumbró y atrapó a muchos jóvenes que no tenían otra opción real de futuro.
Pero la historia no está escrita en piedra. Un grupo de visionarios entendió que la única forma de transformar esa realidad era creando oportunidades reales. Convencieron al liderazgo político de la época y así, en 1976, nació la Universidad de La Guajira. La universidad comenzó con programas como Administración de Empresas e Ingeniería Industrial. Eran los primeros pasos de una apuesta enorme: sembrar educación donde antes solo había limitaciones.
Y lo que empezó como un sueño se convirtió en una transformación silenciosa pero profunda. La universidad no solo formó profesionales. Formó ciudadanos. Formó criterio. Formó dignidad. Muchos de los que hoy son administradores, ingenieros, docentes, contadores y servidores públicos en este Departamento encontraron en la universidad una oportunidad que antes no existía.
Pero además, la universidad ha dado un salto histórico hacia la excelencia. Esa institución que nació pequeña es hoy un gigante que camina con paso firme. Bajo el liderazgo del rector Carlos Arturo Robles Julio, ha dejado de ser solo un centro de formación para convertirse en un referente de calidad. La Acreditación de Alta Calidad Institucional, junto con la de varios de sus programas, no es un simple reconocimiento administrativo: es la garantía de que el hijo de un wayuú en la Alta Guajira o el hijo de un comerciante en Maicao pueden acceder a una educación con estándares comparables a las mejores universidades del país.
Es, en esencia, la dignificación del talento guajiro. La Universidad de La Guajira no fue una obra más. Fue un punto de quiebre. Fue, en muchos casos, la diferencia entre perder una generación… o rescatarla.
Pero esa historia también tiene capítulos que deben contarse con justicia. Antes incluso de las políticas nacionales recientes, el Departamento dio un paso trascendental. Durante el Gobierno del exgobernador José Luis González Crespo, mediante ordenanza y con recursos provenientes de las regalías del carbón, se garantizó la gratuidad en la Universidad de La Guajira. En ese momento, La Guajira fue ejemplo nacional en el reconocimiento de la educación superior como un derecho y no como un privilegio.
Hoy, la universidad es otra. Ha crecido, se ha expandido y se ha consolidado como el principal referente académico del Departamento. Cuenta con una amplia oferta académica y tiene presencia territorial en Riohacha, Maicao, Fonseca y Villanueva, acercando la educación a miles de jóvenes que antes no tenían cómo acceder.
Y en ese proceso de fortalecimiento, también es necesario reconocer lo que ha ocurrido en el actual Gobierno nacional. El Gobierno del presidente Gustavo Petro ha colocado a la educación pública en el centro de su política social. No como discurso, sino como realidad: aumento de la base presupuestal de las universidades públicas, ampliación de la cobertura, fortalecimiento de la investigación y mayores recursos para dignificar la labor docente, promoviendo la vinculación de profesores de tiempo completo y no la precarización a través de la cátedra.
Esto, en un territorio como La Guajira, no es un dato técnico. Es una transformación estructural. Porque cada joven que ingresa a la universidad es una historia que se salva. Cada docente que investiga es conocimiento que se produce. Cada inversión en educación es un muro que se levanta contra la desigualdad.
En este contexto, la apertura de programas como Medicina y Nutrición y Dietética marca un hito histórico. En un Departamento golpeado por la desnutrición infantil y enfermedades prevenibles, estos programas no son solo oferta académica: son una respuesta social y humanitaria. Que la Universidad de La Guajira forme sus propios médicos y nutricionistas significa que tendremos profesionales que conocen el territorio, que comprenden su realidad y que están llamados a transformar las condiciones de vida de su gente.
Es la universidad dejando de ser una institución distante para convertirse en una herramienta viva al servicio del pueblo.Hoy, como ayer, La Guajira enfrenta decisiones. Pero hay una certeza que la historia ya nos enseñó: cuando se invierte en educación, se invierte en futuro.
La historia también nos ha enseñado —y con dolor— que cuando se abandona la educación, florecen la ilegalidad y la desesperanza. Por eso, hoy más que nunca, los guajiros estamos llamados a reflexionar con serenidad, pero con responsabilidad, si queremos consolidar este camino de fortalecimiento de la educación pública, la acreditación, la gratuidad y la expansión de programas estratégicos, o si decidimos retroceder a modelos de Gobierno que privilegiaron intereses particulares por encima del bienestar colectivo.
No se trata solo de política. Se trata de futuro. Porque la Universidad de La Guajira no solo nos salvó una vez. Puede seguir salvándonos.








