La era digital arrasó con el placer de hojear los viejos álbumes fotográficos y jugar a reconocer las caras bañadas de juventud, contenidas en las fotografías no tan nítidas como lo es ahora una imagen virtual, pero eso sí: llenas de realidad y escasas de filtros.
Conservo un solo álbum y está en el escambray, por el inexorable paso del tiempo.
Al esculcarlo, he sabido reírme de lo lindo, viendo las fotos de un quinceañero de por allá en la década de los 80, con los muchachos bien tiesos y muy majos y las muchachas maquilladas sin contornos ni trucos perfiladores, llenas de sombras azul cielo, colorete al garete y ralla negra, renegra, hasta en el blanco del ojo.
Todo ese combo vestido igual, para acompañar a la agraciada quinceañera a bailar el vals.
Eran días llenos de recocha, con treinta muchachos dando lidia en un garaje y, con el pretexto de ensayar el baile, se encontraba tiempo para los primeros amores y, en consecuencia, los primeros besitos a escondidas.
El chisme corría a la bambarria, dando cuenta de los estragos de un Cupido, no siempre monogámico, pues no faltaba el don Juan que le echara el cuento a más de una y tenía en una misma corte de a dos y hasta tres novias, haciendo malabares para quererlas a todas, sin ser descubierto.
Comprando detalles y chucherías en tripleta: tres credenciales y tres bolis de coco, maní y ron con pasas, tres peluches y tres mogollas, tres flores y tres pastelitos; mientras su economía doméstica se venía abajo y buscaba ayuda en el tío apoyador y sinvergüenza a quien le presumía sus hazañas.
Llegaba la fecha del magno evento y en la tierrita no se hablaba de otra cosa.
Los salones de belleza a reventar, los mejores maquilladores con los cupos full, se tiraban su caché, concediéndole turnos a quienes se les daba su reverenda gana, a sus clientas consentidas que los adulaban con polarcitas y Heineken y que no le pedían los vueltos.
Los zapatos de tacón tacita del Salón Ana, se vendían como pan caliente y las modistas de la aldea estaban pegadas a las Singer de pedal desde la 5:00 am, porque aún había faldas que bordar y hombreras que pegar, meterle un poco a los trajes de las flacuchentas que no engordaron ni con Moliron 2000 y ni con apetigen y sacarle a los vestidos de las golosas que, rellenitas como ya estaban, no les dio la gana de hacer ni un día de dieta y se hartaron de peto cada tarde después de los ensayos y ahora el mondongo les pasa factura; así que a fajarse hasta las amígdalas porque la pobre modista magia no puede hacer y ya lo que fue, fue.
Amalia hacía maravilla con el tiempo, para cumplirle a todos, pintando uñas a tutiplén, sin detenerse en callos y pellejos; ya no había tiempo y quien dejaba la manicure para última hora, debía contentarse con un fua fua, porque la lista era larga y había un gentío esperándola.
El reloj de la catedral cantaba 8 campanadas y el coreógrafo cascarrabias, en la puerta de un club social, sede de la fiesta, reunía a la corte.
Ya la quinceañera había llegado, pero faltaba una damita. Estaba atrancá en la sala de una modista, que le terminaba el vestido casi que encima.
¡Qué no cunda el pánico! Ahí se divisa el carro de la retrasada, que se bajaba a las carreras, cual cenicienta, dejando el baile a medianoche, se formaba en la fila con su chambelán al lado y ahora sí: luces, cámaras y acción.
La quinceañera era un encanto: exacta a la muñequita del pudín que estaba bien puestecito en el centro de una espléndida mesa.
La madre lloraba y el padre sudaba: estaba preocupado, sacando cuentas, mientras que en el reluciente salón retumbaba el Danubio Azul… Es tiempo de vals.
Que recuerdo tan bonito, sin Instagram ni Facebook, pura memoria fotográfica que te concede el placer de vivir para contarlo.








