Esa gente está que no cabe en su pellejo y tienen todo el derecho a estar así de felices, pues la captura de Maduro es una inyección de fe para esa enclenque esperanza que los tenía acoquinados desde hace ya bastante rato.
Obviamente hablo del pueblo venezolano. Renació la ilusión de ocho millones de chamos regados por todo el planeta y bajo toda clase de condiciones.
Ricos expropiados rescataron un poco de su fortuna y se establecieron en cualquier rincón de la bolita del mundo a ‘echarle bola’ a la vida y, por pura y física necesidad, reinventarse con chiringuitos de areperas y restaurantes de comida venezolana donde, con nostalgia, conservan aún un poquito de patria entre cachapas y tequeños.
Otros, aún más desafortunados, cruzaron el Darién o cualquier trocha fronteriza y, por hambre, cayeron bajo, muy bajo: a delinquir, prostituyendo su cuerpo, su dignidad y sus principios. Algunos se quedaron aguantando, en ‘la resistencia’, sobreviviendo a duras penas con la ayuda de los que ‘cruzaron el charco’; otros murieron en el intento de libertad. El ínfimo resto —bellacos y vergajos— viven a todo dar, atornillados a la rosca del régimen dictatorial con el alma vendida al mismísimo diablo; ese que en la madrugada del 3 de enero cayó en manos de otro más chacho que él. Se le acabó la sonrisita y el sarcasmo: de guapo no le queda nada, puro lloriqueo y pataleta de ahogado.
Junto a la fuga de petróleo también se fugó el talento humano. Gente brillante que por hambre echa a un lado sus dones y se las apaña con el ‘rebusque’; así vemos a tantos profesionales malviviendo de sus conocimientos. Se abarata la mano de obra con tanta oferta venezolana y también la vida, pues no falta el ‘chirrete’, producto de la descomposición social que se pudre velozmente entre las masas migratorias, capaz de asesinar por unos pocos pesos, generando violencia en los países donde llegan y deteriorando la imagen del migrante. No todos son iguales, no todos son maleantes y, hasta el ‘chirrete’, dada su dura realidad, merece empatía y auxilio.
A la culebra se le mata por la cabeza y el cabezón cayó; eso se celebra con bombos y platillos y se grita a los cuatro vientos porque, si el chamo está feliz, yo también lo estoy. Revivió la esperanza de un regreso; eso sí, con calma, no olviden que «quien espera lo mucho, espera lo poco». La culebra aún tiene actividad post mortem y esos movimientos todavía pueden ser dañinos, pero tengo fe en que, con la ayuda del ‘chacho’ de la película, podrán sofocarlos.
Demás está decirles que no me interesa darle clases de derecho constitucional a nadie, ni abrir un debate sobre la soberanía de los pueblos. Prefiero hablar de empatía por una gente con su sufrida diáspora, con los millones de historias llenas de atrocidades que me conmueven hasta los tuétanos y que solo la alegría producida por la caída del dictador ha mitigado un poco.
Tampoco me perderé en lecciones de economía discutiendo quién tiene el control del petróleo, cuando con claridad meridiana sabemos quién nunca se benefició de ello: el pueblo venezolano. Así que, si a ellos les va bien y ese es el precio de la libertad, a mí qué carajo me importa. En honor a la verdad, a mí también me iría bien y me comportaría igual, pues con el pie en el pescuezo, ¿a quién carajo le pueden interesar esos barriles?
¿Qué va a pasar con Venezuela? Amanecerá y veremos. Yo quisiera ser optimista y, pacientemente, confiar en el tiempo, que pone a cada Rey en su trono y a cada payaso en su circo.








