Espérate un momentico, ‘Paly’, no me regañes por no pronunciarme enseguida en tu despedida. No creas que me he olvidado de ti; simplemente estaba esperando que cayera el telón y cesaran los aplausos, mientras observaba desde la pantalla del celular cómo te despedían mis paisanos. ¡Na’ más los estaba dejando a ver si te hacían justicia! Y, a Dios gracias, me doy por bien servida. Quedé satisfecha: el gestor cultural del Distrito Turístico, ‘Gera’, el de la 10, el hijo de Lácides, se puso la 10 y nuestros paisanos le supieron seguir la jarana.
Debo decirte que tanta algarabía me turbaba un poco. El ‘se murió Martín’ y ‘la cuadrilla Pinto’ no es que me causaran mucha gracia escucharlas frente a tu cuerpo inerte y en silencio; pero entendí que no era a cualquier ‘lagaña de mico’ al que se estaba despidiendo. Era el mismísimo Álvaro “Paly” Gámez, ícono cultural de nuestra tierra. Común y corriente no podía ser tu entierro, porque tú no fuiste ni lo uno ni lo otro. Fuiste un gran artista que dejó su voz grabada para la posteridad y que, nada menos y nada más, se tomó el trabajo de traer del pasado los discos más significativos de nuestro folclor, esos que amenizaron los bailes de los patriarcas y matronas de antaño. Al hablar de música y folclor riohachero, nunca más se podrá ignorar tu nombre.
Seguí observándolo todo y recordándote en el Colegio La Divina Pastora, en la época del ‘Cactus de Oro’, junto a Antonio Ávila, Edgar Mejía, Luis Eduardo Aponte, Julio maya, Alexander Wberth, Gustavo Álvarez y Jairo Escobar, entre otros, todos ellos integrantes de ‘Los Yorkis’, nuestros Beatles criollos, quienes me embobaban con su talento cuando yo apenas era una ‘culicagada’, pero lo suficientemente sensible para entusiasmarme con sus canciones. De allí pa’ lante, siempre te escuché, te disfruté y te admiré.
Apenas supe de tu muerte, busqué y rebusqué en el cuarto de San Alejo ese baúl lleno de polvo donde ‘rejundí’ los CD —objetos que el internet volvió obsoletos— y te encontré. Y aquí, en el ‘culo de la mula’, también resonó tu voz caribeña. Te imaginé entre trompetas y tambores, llegando a tocarle la puerta a San Pedro.
Y yo me pregunto: ¿ahora quién recogerá tu legado? Ya conoces mis miedos de que el implacable paso del tiempo borre nuestras memorias, y contigo se fue una tajada grande de folclor. Encárgate tú, desde arriba, de soplar un polvo mágico de talento —de ese que te sobraba— a quien quiera y pueda continuar con tu titánica labor. Te aseguro que sabremos distinguirte y recordarte como te lo mereces, porque tú, querido ‘Paly’, hiciste grande nuestra tierra. Ahora, conservando intacto tu legado, te conviertes en leyenda y nos corresponde hacerte grande a ti.
Por siempre ‘Paly’, en las notas musicales de nuestra Riohacha del alma.








