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‘El Pali’ Gámez, artista ejemplar

Su partida deja un gran vacío en la escena cultural

Por: Amylkar Acosta
abril 30, 2026
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‘El Pali’ Gámez, artista ejemplar
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Álvaro Gámez Ramírez, más conocido como ‘El Pali’ Gámez, riohachero raizal nació un 12 de noviembre en la vieja y tradicional, porque en él todo era tradición, Calle del Alambique, vástago del reconocido músico Juan Gámez Suárez y Dolores Ramírez Ortiz. Fue el tercero en su orden de 9 hermanos. Contrajo matrimonio con su siempre amada Ximena García Figueroa, de cuya unión nacieron sus 4 hijos, a los que quiso y pechichó con inmenso amor, Estephanie, Álvaro Kerile y Jackiritza.

Su amor por la música empezó a temprana edad, a los doce años ya tocaba las timbas en un grupo que se hacía llamar con un nombre rimbombante, ‘Los supersónicos’, y participó activamente en el famoso Festival Cactus de Oro que se celebraba en el Colegio Divina Pastora, el cual fue para él un semillero. Ya mostraba su vocación y su talento musical y no era para menos, pues, como decimos en La Guajira, la sangre no se vuelve agua, él los tenía en su ADN y lo que se hereda no se hurta.

A poco andar se enroló en varios elencos musicales. Incursionó primero actuando en el grupo ‘Los Yorkis, haciendo las delicias de su percusión con la batería, pero su versatilidad lo llevó a alternar la música tropical con el Vallenato, en el que se inició con el conjunto integrado por Adanies Díaz y Ender Alvarado, en el que además de timbalero, cómo no, también era su presentador y animador. Y ello, sin abandonar su gusto por la música tropical que interpretaba su padre con su ‘Orquesta Los Latinos’, de la cual también hizo parte, allí se inició en el canto, con su sonora e inconfundible voz.

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Pero, había llegado la hora de abrirse y labrarse su propio camino, de quitarse los pantalones cortos y ponerse los largos, y en 1985 conforma su propia agrupación musical y graba su primer sencillo, ‘Carnaval’. Con él se dio a conocer, inicialmente en el Magdalena Grande y en Barranquilla, en donde, con su magistral presentación en el Festival de Orquestas en el Estadio Tomás Arrieta, sorprende y despierta la admiración de propios y de extraños, el público presente lo acoge con singular simpatía.

Más tarde, su curiosidad y acuciosidad por el pentagrama musical lo llevan a investigar sus propias raíces, las que se confunden con la tradición musical de su Riohacha querida y se sumerge en esa gran cantera de composiciones y compositores de esta tierra bendita por Nuestra Señora, la Virgen de los Remedios, la ‘Vieja Mello’. Y fue así como se propuso y lo logró, rescatar todo aquel acervo musical, el cual nos deja como su mejor legado. Producto de este tesonero y ejemplar trabajo quedó plasmado en su primer CD denominado ‘Vida al folklor I’, en el que compendió canciones vernáculas, muchas de ellas inéditas, de exponentes de la música riohachera. De ese trabajo hicieron parte ‘La cuadrilla Pinto’ de Cipriano Guerrero, ‘La camisa afuera’ de Rubén de Aguas, ‘El cojo Magda’ de ‘Mingo’ Pichón, ‘Lucky Cotes’ de Carlos Espeleta, entre otros. Luego vendría su segundo trabajo, el cual dio a conocer como ‘Vida al Folklor II’, en donde brilló con luz propia su interpretación de la melodía icónica del Carnaval ‘El pilón riohachero’.

La música del Caribe colombiano despide hoy a uno de sus hijos más creativos y singulares, ‘El Pali’ Gámez, cuya obra tejió un puente sonoro entre la tradición vallenata y la cadencia vibrante de la música tropical. Arreglista meticuloso, cantante de voz cálida y presencia escénica arrolladora, ‘El Pali’ supo construir un estilo propio que evocaba, por momentos, la fuerza interpretativa del Joe Arroyo, sin dejar de ser fiel a sus raíces guajiras. En sus composiciones y arreglos convivían el acordeón y los metales, en una fusión que no buscaba romper con la tradición, sino expandirla.

Desde sus primeros pasos en la escena local hasta su consolidación como referente regional, ‘El Pali’ entendió la música como un territorio sin fronteras. Su propuesta artística fue, ante todo, un acto de identidad: la afirmación de que el vallenato podía dialogar con la salsa, el son y otros ritmos tropicales sin perder su esencia narrativa e interpretativa. Quienes lo conocieron destacan su generosidad musical, su oído privilegiado y su vocación de maestro. Muchos jóvenes artistas encontraron en él no solo un guía, sino un defensor de las nuevas búsquedas sonoras en el Caribe.

Su partida deja un vacío en la escena cultural de La Guajira y el Caribe, pero también un legado que seguirá resonando en cada acorde híbrido, en cada intento de innovar desde la tradición. ‘El Pali’ Gámez no solo interpretó la música: la reinventó desde su tierra, con el viento salino de Riohacha como testigo. Hay artistas que siguen los ritmos de su tiempo, y otros —los verdaderamente singulares— crean el suyo propio. Así fue ‘El Pali’ Gámez, hijo entrañable de Riohacha, un músico que vivió a su compás, a su propio ritmo, en ese vaivén inconfundible que oscilaba entre la música tropical y el vallenato.

‘El Pali’ no entendía de fronteras musicales. En su universo sonoro convivían la cadencia sabrosa de los metales caribeños con el lamento alegre del acordeón. Su propuesta no fue una moda pasajera, sino una búsqueda persistente: demostrar que el Caribe es uno solo cuando suena. En esa travesía creativa, su estilo evocaba por momentos la fuerza y el desenfado de Joe Arroyo, aunque siempre con un sello propio, profundamente guajiro.

Arreglista fino, cantante con alma y director intuitivo, ‘El Pali’ Gámez supo darle nueva vida a las estructuras tradicionales sin traicionarlas. Sus fusiones no eran artificios, sino resultado de una sensibilidad musical que entendía el pulso popular. Cada arreglo suyo parecía contar una historia donde el vallenato se dejaba abrazar por la tropicalidad, sin perder su raíz ni su relato.

Pero más allá del músico, queda la impronta del hombre: auténtico, generoso, fiel a su tierra y a su gente. Vivió como tocaba: con libertad, con pasión y sin concesiones. Su legado no se mide solo en canciones, sino en la huella que dejó en quienes creen que la música es, ante todo, un acto de identidad. ‘El Pali’ Gámez fue, y seguirá siendo, un riohachero sin igual. Porque hay vidas que no se apagan: simplemente cambian de escenario y siguen sonando.

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