Después de dos gobernadores elegidos popularmente, tres encargados y una gobernadora designada, nuevamente hay expectativa por la designación, para un total de siete gobernantes en el mismo periodo.
Con un departamento rumbo a la inviabilidad fiscal y financiera, con una tremenda crisis política y humanitaria, con bajos niveles de recaudo, en total estado de indefensión frente a las demandas judiciales, con muchos proyectos en estado crítico y desaprobados en el sistema de regalías. Además, accionado por la Corte Constitucional para darle cumplimiento al estado de cosas inconstitucionales decretadas mediante la sentencia T-302. Un departamento enfermo, muriéndose de desnutrición y sed en su área rural dispersa, superpoblado por la crisis migratoria del vecino país e intervenido por tres años, en los sectores de educación, salud y agua potable. Como dijera mi abuela, este es un potro cerrero que nadie sabe por qué se lo pelean tanto, añorando un jinete que lo ponga a cabalgar sobre los lomos de la prosperidad. Pero ahora el direccionamiento político y estratégico del departamento de La Guajira está en las manos del presidente de La República para designar de una terna enviada por los partidos que gobiernan en coalición.
Los partidos de la U y el Conservador, quienes avalaron a Wilmer González, esperan cada uno por separado, que sea una ficha de su militancia quien se alce con la designación para terminar el periodo actual. Con ideas audaces, cerebrales y frías como jugando una partida de ajedrez, se ha movido el rey, la reina y los peones de cada partido en la búsqueda del poder regional a través de la terna. Es bien claro, que aquí no está en juego los nueve meses que restan del presente periodo sino el próximo cuatrienio. En una guerra sin cuartel, se ha convertido esta lucha por el poder regional desde la perspectiva de la terna, mientras que la cultura y el desarrollo regional están en medio de dos fuegos cruzados. Allí en el medio de esos fuegos cruzados, hay una locomotora apagada, con los vagones que llevan la arquitectura del desarrollo de la península con todo un cargamento donde cuelgan de la brocha las dimensiones político-institucional, social, económica, tecnológica, ambiental y poblacional. Como un buque anclado a orillas del mar Caribe sigue La Guajira, esperando un buen marinero que la ponga a navegar hasta puerto seguro.
En el lejano horizonte se divisa como en la película de Pájaros de Verano, el poder de la palabra, con un ambiente inhóspito e irredento que amenaza con sepultar también los focos priorizados del desarrollo de La Guajira. Un sector poblacional ve extinguirse sin tabla de salvación la mirada hacia el campo para impulsar la agroindustria junto con las potencialidades de la naturaleza y el ambiente. Atrás sigue quedándose la idea de convertir el turismo en clase mundial con una oferta más sofisticada. Los recursos del mar siguen allí junto a las olas que vienen y se van. Mientras que el atraso y el rezago detienen el dinamo de las energías renovables y la explotación del hidrocarburo costa afuera en el pozo de Orca. Esta inestabilidad institucional y la falta de gobernanza es un flaco daño que se le hace al desarrollo social y económico de La Guajira.







