Vestidos siempre de elegante corbatín, solo he conocido dos hombres: el doctor Brito, ilustre galeno de mi pequeña aldea, y Turbay Ayala, presidente de Colombia en 1978, por el partido Liberal: rojo, rojo, rojo, a lo Silvestre.
El doctor Julio César Turbay Ayala se casó con doña Nidya Quintero, la dama de la Solidaridad por Colombia.
Por más que busqué y rebusqué en los recuerdos de mi nueva mejor amiga ‘IA’ (inteligencia artificial), no encontré información escrita que confirmase el vago recuerdo que tengo de ella, doña Nidya, acompañando a su marido en la visita presidencial que este hizo a La Guajira, durante su mandato, para dar inicio a las obras requeridas para la explotación del carbón del Cerrejón.
Si la memoria no me falla, aquí vino ella ese día, junto a su hija Diana.
De no ser así, «aquí lo digo y aquí lo niego», pues las matronas que me contaban estas cosas ya se fueron y las pocas que quedan caminan confusas en laberintos de recuerdos desteñidos y, por ello, casi que, con desespero, intento devorarles estas memorias, cada vez que la vida me otorga el privilegio de cruzármelas por el camino.
En todo caso, a doña Nidya la vi, en blanco y negro y muchas veces, en la televisión colombiana, liderando todos los julepes de beneficencia habidos y por haber a través de la fundación Solidaridad por Colombia, ayudando a los pobres, a los enfermos, a los desvalidos y a las víctimas de la violencia, de la que, como paradoja del destino, ella también fue víctima, con el sacrificio brutal de su hija Diana Turbay (q.e.p.d.).
Doña Nidya se quiso con dos: después de Julio César Turbay Ayala le sucedió Gustavo Balcázar Monzón, también político y Liberal; de ahí el cambio de apellido ‘de Turbay’ a ‘de Balcázar’, sin mutar, Dios lo libre, su alma generosa y continuar con sus causas, sin el título y embeleques de primera dama.
Como abuela de dos niños huérfanos a temprana edad, fue excesiva en amor, primorosa y protectora; así lo cuentan sus nietos, mientras toda Colombia da cuenta de su mirada tierna y su espíritu solidario.
Largura de días le deseábamos siempre, cuando la veíamos activa, y largura de días le concedió el Creador, pues apagó su vida a los noventa y picongo, en la misma clínica donde su nieto se debate entre la vida y la muerte, mientras tiene al pueblo con el alma en vilo. Solo a los buenos, porque he sabido de algunos pocos que están saltando en un solo pie con la desgracia ajena y de ello es mejor ni comentar, y no quisiera que, a estos insensatos, escupiendo pa’ arriba, les caiga la saliva pa’ abajo.
Nidya llegó a las alturas y se encontró con Diana y ahora, juntas, abuela y mamá, gestionan con todos los santos la intercesión por el baleado.
De vez en cuando, Miguel, más de allá que de acá, inicia a atravesar el túnel para irse, entonces Diana y Nidya, revolotean, imploran al Barbas, baten sus alas y lo mandan de regreso entre los mortales… y nosotros seguimos esperando el milagro. Llegó la abuela Nidya a hacer la gestión y, si de ayudar se trata, esa sí que sabe por dónde es que le entra el agua al coco.








