Si hiciéramos un inventario de 2 cuartillas no cabrían para escribir y describir tantos nombres, que a través de la historia han quedado plasmados en la memoria y la retina en diferentes épocas, en diferentes lugares de planeta y tiempos de lo que dejaron estos héroes que con la televisión y el cine, y hoy a través de la tecnología en las diferentes redes sociales y de tantas películas que como la inmortal ‘Lo que el viento se llevó’, legaron a la humanidad una historia sin fin y de sentimientos encontrados.
Así sucede en la música vallenata, que tiene los mismos visos de la historia universal, adornados con hechos y costumbres. Después de todo lo que representaron en vida quedó plasmado para la posteridad y por supuesto inmortalizados en la cultura de sus regiones y las costumbres donde con sus vivencias plasmaron sus anécdotas, dejándole al folclor una identidad popular de admiración. Dos ejemplos de ellos la vida del maestro Rafael Escalona Martínez, Emiliano Zuleta Baquero, Lorenzo Morales, Leandro Díaz y Rafael Orozco Maestre.
Uno de los héroes populares es Diomedes Díaz, el mejor intérprete del vallenato, el más versátil compositor de todos los tiempos, el que viviera de manera acelerada como si estuviera filmando su propia novela para que después se conociera de todo lo que significó. Por todo lo que hizo y realizó en vida, contada por él mismo a través de sus canciones y composiciones dejó un legado histórico que ya lo ha convertido en un ser inmortal.
Él encarnaba al filósofo griego, al dramaturgo inglés, al decimero español, al intelectual de su tierra, al hombre sufrido que le tocó volverse “cansón” para alcanzar la gloria, al hombre humano por excelencia que destilaba amor por ‘La Vieja Elvira’, era lo más grande para él y ese amor lo desbordó también en todas las mujeres que con cada una de ellas forjó su historia. Pero agradecido con ‘El Viejo Rafa’, con quien se desbordaba con tanto cariño por sus correcciones a punta de pencazos en su niñez. El amigo incondicional que se convirtió en el primero en reconocer que su “fanaticada” era su pasión y sus modus vivendis y que la plata para Diomedes no representaba nada para él, pero sus hijos eran su tesoro.
Su recorrido para alcanzar sus sueños es digno de esa misma novela de su historia personal, le tocó hacer de todo, desde vender limones, mensajero en radio Guatapurí para que allí le colocaran sus canciones, entrar de metiche en una parranda de su Junta del alma, para luego dar el salto a la fama, donde el éxito se le arrodilló y su vida se volvió una quimera.
Ahora que el Festival Vallenato está cerquita, sus canciones se escucharán con más pasión para no olvidar jamás a Diomedes Díaz, que ya se convirtió en inmortal en la música colombiana.







