Hace pocos días celebramos la Semana Santa, tiempo santo en el que la Iglesia, extendida por todo el mundo, contempla con profunda fe el misterio central de nuestra salvación; la pasión, muerte y resurrección de nuestro Señor Jesucristo. En estos días sagrados, el pueblo creyente se detiene ante el amor entregado del Hijo de Dios, que asume nuestra condición humana, ofrece su vida en la cruz y, mediante su sangre redentora, abre las puertas de la vida eterna para la humanidad.
En este acontecimiento se manifiesta con plenitud el amor infinito del Padre, que entrega a su Hijo único para la redención del mundo. Así lo proclama el Evangelio de san Juan “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna”.
En los días posteriores a la Resurrección, la Iglesia escucha el testimonio de las apariciones del Señor glorificado. Estos relatos fortalecen nuestra fe y nos recuerdan que el cristianismo no es una idea abstracta, es un camino vivo de seguimiento del Señor, llamado a expresarse en la existencia concreta de los creyentes. Esta fe no se reduce a criterios humanos ni a corrientes ideológicas que dispersan el corazón, esta fe, conduce a la comunión con la verdad revelada en Cristo.
Nos preparamos ahora para la solemnidad de Pentecostés, tiempo de gracia en el que el Espíritu Santo, prometido por Jesús, es derramado sobre la Iglesia. Es el mismo Espíritu que nos permite reconocer a Dios como Abbá, Padre cercano y misericordioso, y nos fortalece para dar testimonio de la fe.
En este camino, el Señor se nos revela como único mediador entre Dios y la humanidad. Él mismo se presenta como la puerta, el Buen Pastor, la luz del mundo, el camino, la verdad y la vida. Estas palabras iluminan nuestra existencia y orientan nuestra respuesta creyente.
Si Cristo es el camino, nuestra vida está llamada a ser transformada a imagen de Él, de modo que la fe se traduzca en obras y testimonio. Si Él es la verdad, nuestras decisiones han de buscar siempre aquello que conduce al bien, a la justicia y a la dignidad humana. Si Él es la vida, estamos llamados a custodiarla y a reconocer su valor desde su inicio hasta su fin natural, defendiendo con responsabilidad todo aquello que la protege y la dignifica.
Desde esta perspectiva de fe, cada creyente está invitado a discernir con rectitud de conciencia su compromiso en la vida social y comunitaria, de modo que sus opciones muestren coherencia entre fe y vida, en favor del bien común y del respeto a la persona humana.
Este llamado se dirige a los hombres y mujeres de buena voluntad. La comunidad creyente está llamada a levantarse con firmeza para anunciar con palabras y con hechos, es decir con una vida coherente que Cristo ha resucitado.
Recordemos a los discípulos reunidos con la Virgen María en el cenáculo, quienes, al recibir al Espíritu Santo, salieron a proclamar con valentía que Jesucristo vive y que su victoria abre caminos de esperanza para la humanidad.
Ningún ser humano posee autoridad sobre el don de la vida, que pertenece a Dios. Todos hemos sido creados por amor y estamos llamados a la plenitud en Él. Por ello, la fe cristiana invita a reconocer, custodiar y respetar la vida en todas sus etapas y circunstancias.
Defenderla requiere mantener la esperanza en los momentos de dificultad, tristeza o incertidumbre. Cristo camina con su pueblo, lo acompaña en el dolor y lo fortalece en la debilidad. Él, verdadero Dios y verdadero hombre, ha asumido nuestra condición humana, compartiendo todo, excepto el pecado, y nos enseña que es posible vivir en comunión, en paz y en fraternidad.
De este modo, el Señor nos insta a construir una sociedad fundada en la esperanza, la dignidad de la persona y en la caridad que brota del Evangelio, aun en medio de las dificultades y obstáculos del tiempo presente.
Oremos por cada uno de nosotros, por nuestra comunidad, por Colombia, para que en medio de nuestras dificultades se cobren vida las palabras de nuestro himno nacional
“¡Cesó la horrible noche! La libertad sublime, derrama las auroras, de su invencible luz. La humanidad entera, que entre cadenas gime, comprende las palabras, del que murió en la cruz.”
Nuestro país necesita paz, reconciliación y unidad. Como un pueblo que aún clama en medio de tantas heridas, estamos llamados a escuchar, comprender y vivir las palabras de quien murió en la cruz. Solo desde Él podremos construir una Colombia más fraterna, justa y llena de esperanza.








