Las primeras horas del paro armado declarado por el ELN en Colombia, no han dejado cifras dramáticas pero sí una advertencia clara: miedo, preocupación y reducción en la movilización terrestre y fluvial, quizás, la mejor herramienta para mantener la hegemonía en algunos territorios de este país.
En el departamento de La Guajira, en algunas zonas como Barrancas – Fonseca, se presentaron momentos de tensión por la presencia de un vehículo atravesado en plena carretera nacional frente a la entrada a Carretalito, en donde se creía que existían explosivos. Igual situación se presentó entre Fonseca y Distracción, en donde el Ejército montó controles especiales, por la presunta existencia de explosivos.
De acuerdo a inteligencia nacional, en el Caribe colombiano la presencia del ELN no es hegemónica pero sí estratégica, el impacto inicial se ha sentido más en el ánimo colectivo que en los partes oficiales de seguridad.
Ayer domingo, hasta las horas de la tarde, las vías del Departamento tuvieron una tensa movilidad. El sábado se registró, al parecer en un hecho aislado, el asalto a un camión transportador de valores entre Riohacha y Cuestecita. Solo eso.
Según Inteligencia Artificial, el paro armado del ELN es una estrategia de presión armada contra el Estado, pero su impacto recae principalmente sobre los ciudadanos, especialmente en regiones históricamente golpeadas por el conflicto, como zonas del Caribe, el Pacífico y el nororiente del país.
Los efectos colaterales de este paro armado se han traducido en una reacción preventiva de la población. Transporte intermunicipal reducido, comercio que baja sus rejas antes de lo habitual y comunidades que optan por el encierro voluntario ante la incertidumbre.
Aunque no se reportan, hasta ahora, hechos de violencia de gran magnitud en la región, el mensaje ha sido claro, alterar la vida económica y social en el mes de diciembre, que por tradición es de alta movilidad en carreteras. En departamentos como Cesar y Bolívar, el paro ha generado alertas tempranas entre transportadores, comerciantes y autoridades locales, conscientes de que cualquier incidente podría escalar rápidamente en territorios donde confluyen economías ilegales, conflictos sociales y una histórica desconfianza institucional.
La economía caribeña depende en un alto porcentaje del transporte terrestre, comercio informal y actividades extractivas. Cada jornada de miedo, de protestas comunitarias y bloqueos a carreteras y vías férreas, afecta la cadena de abastecimiento, encarece los productos básicos y golpea a quienes viven del ingreso diario.
El comportamiento del Estado ha sido igual, aumento de presencia militar en sectores viales y mensajes de tranquilidad. En las zonas rurales persiste la sensación de que la protección es más reactiva que preventiva. El paro armado, en sus primeras horas, ha vuelto a evidenciar lo que todos conocemos, las comunidades ajustan su comportamiento de acuerdo al miedo que se genera.