A Evangelio Conchacalá, la muerte lo sorprendió en la más completa inopia. Tirado en un chinchorro de indescifrables colores. Alumbrado por la tenue luz amarillenta de su pequeña morada, su cuerpo alcanzaba a reflejar los efectos de una vida trajinada. A sus escasos 43 años, se le pintaban los estragos de una diabetes mal cuidada, que diezmó la capacidad de sus riñones, páncreas y terminó agigantando el tamaño de su corazón.
Su diabetes no la tenía controlada. Sabía que en cualquier momento esa silenciosa enfermedad terminaría ganándole la batalla. Se acuerda cuando fue al médico y el galeno sin mirar o revisar su cuerpo solo le recomendó: Evangelio, debes caminar. Eso jamás lo olvidó. Lo llevó marcado en su mente, porque el galeno estaba equivocado, desconocía que Evangelio devoraba montañas, atravesaba ríos, dormía en cualquier sendero donde lo encontraba la noche, lo único que no pudo cumplir fue la rigurosa dieta que la ciencia occidental le estableció. Su frágil economía no le permitía dejar la yuca, ñame, malanga, arroz y harinas procesadas, base de su gastronomía casi natural.
La madrugada del 20 de noviembre sintió que la muerte le tocó la puerta del pequeño rancho donde vivía, en el barrio Villa del Sol en Riohacha. Sudaba frío. Sus fuerzas habían desaparecido. Aquellos tiempos en que caminaba por las montañas, ‘poporiando’ para darle un poco de fuerza a su cuerpo, eran cosas del pasado. Ahora la muerte lo esperaba y no había tiempo para arrepentimientos.
Nació en Mamarongo, criado con teteros preparados con harina de plátano, guineo pochocho, combinado con guayaba de monte.
Sus primeros pasos fueron subiendo montañas en Mamarongo, un intrincado pueblo kogui, situado a 12 horas de Riohacha. Aprendió sus primeras letras en un internado indígena que funciona en las montañas.
El alto del Ranchería era su hábitat natural. Conocía y narraba la historia de la gigantesca anaconda que se anidó en una pequeña laguna en Chirigua, que luego dio origen al río Ranchería, el más largo de La Guajira, que nace y muere en Riohacha, recorriendo ocho municipios, atravesando de punta a punta el Cerrejón.
Fue el gran mediador e intérprete de los pueblos de la Sierra Nevada. Siempre llevaba la palabra para buscar conciliaciones, especialmente en las grandes discusiones ambientales que se dieron. Defensor de la línea negra.
Sus amigos y familiares lo acompañaron a su última sepultura. Su nombre no mojó titulares. No hubo arreglos florales. Tampoco las condecoraciones oficiales. Los organismos ambientales no llegaron. Sus cinco hijos lo lloraron bajo el esquema de usos y costumbres.
Ayer el mamo Bernardo Zauna Sebata, junto a su comunidad, realizaron un pagamento, en el Riíto, desembocadura del Rancherías en Riohacha, para pedir a sus dioses, por el descanso de Evangelio.