La carrera política para alcanzar la Presidencia en Colombia, está a punto de concluir. Unos 80 aspirantes iniciaron este recorrido. El tablero se fue aclarando. A la inscripción solo acudieron formalmente 14 listas con sus respectivas fórmulas vicepresidenciales, pero, al término de la primera vuelta, quedaron dos.
El deber de todo ciudadano colombiano es elegir. Eso lo consagra el capítulo 1 del Título IX en su artículo 258 de nuestra querida Constitución Política. Está claro: debemos votar este 21 de junio.
Pero hoy Colombia atraviesa uno de los momentos más complejos de nuestra vida constitucional reciente. La historia de nuestro país nos relata, que siempre hemos vivido en controversias internas, incluso hemos tenido golpes de Estado.
Pero ahora la violencia vuelve a expandirse por regiones enteras, los grupos armados, con mayor poder financiero y bélico, desafían la autoridad del Estado, la corrupción continúa drenando recursos públicos, la inseguridad golpea las ciudades y el desencanto ciudadano crece frente a una clase política que parece cada vez más distante de las necesidades reales de la gente.
En medio de esta especie de guerra no declarada, el país se acerca nuevamente a una elección presidencial este 21 de junio. Nuestra tarjeta electoral solo tiene dos opciones: Abelardo De la Espriella e Iván Cepeda.
Este año debemos votar sin escuchar los debates. Sin conocer el trasfondo de sus programas de Gobierno. Por primera vez, se enfrentarán dos aspirantes que no son avalados por la política tradicional.
Por eso, más que un presidente carismático, Colombia necesita un presidente confiable. Un gobernante que entienda que el poder no es un espectáculo ni una plataforma ideológica, sino una responsabilidad histórica.
La nación necesita un mandatario que comprenda que la seguridad no puede ser negociable. Sin seguridad no hay inversión, no hay turismo, no hay empleo y mucho menos tranquilidad para las familias. Pero también debe entender que la paz no se construye únicamente con fusiles, sino con oportunidades reales para los territorios abandonados, donde la pobreza sigue siendo el principal combustible de la violencia.
Igualmente, Colombia necesita un presidente que haga de la lucha contra la corrupción una política de Estado y no un simple discurso electoral. Cada peso robado en un contrato público es una escuela que no se construye, un hospital que no funciona o una carretera que nunca llega a las comunidades más apartadas.
Más allá de las ideologías, el próximo jefe de Estado debe tener la capacidad de gobernar para todos. Para quienes votaron por él y para quienes no. Un líder que genere confianza, transparencia, sin que utilice la intimidación para lograr que los ciudadanos puedan acatar la Constitución. ¡Debemos votar, y hacerlo bien!
