Cuando el mundo aún intenta sanar las profundas heridas dejadas por la pandemia del Covid-19, nuevas alertas sanitarias vuelven a encender las alarmas internacionales. La reciente tensión vivida a bordo de un buque turístico por un presunto caso relacionado con hantavirus ha puesto nuevamente sobre la mesa una verdad incómoda: la humanidad sigue siendo vulnerable frente a enfermedades infecciosas que pueden aparecer en cualquier momento y alterar la cotidianidad de millones de personas.
Aunque el hantavirus no es una enfermedad nueva ni representa, hasta ahora, una amenaza global comparable al coronavirus, su sola mención revive temores colectivos y obliga a reflexionar sobre la capacidad de respuesta de los sistemas de salud, especialmente en países como Colombia, donde aún persisten enormes desafíos epidemiológicos.
Regiones como La Guajira conocen de cerca la fragilidad del sistema sanitario frente a enfermedades tropicales y endémicas. El dengue continúa siendo una preocupación recurrente; la tuberculosis persiste como un enemigo silencioso; la varicela, el sarampión y la influenza siguen apareciendo en brotes periódicos, mientras que factores como la pobreza, la falta de acceso al agua potable, las dificultades de atención médica en zonas rurales y la desnutrición agravan cualquier escenario de riesgo.
En ese contexto, cualquier alerta internacional relacionada con enfermedades infecciosas debe asumirse con responsabilidad, pero sin alarmismo. El verdadero reto no está en generar pánico, sino en fortalecer la prevención.
El Ministerio de Salud debe comenzar a entregar directrices a las secretarías en todos los departamentos y municipios, para crear una barrera que formule planes que frenen el ingreso de esta enfermedad. Debemos reforzar la vigilancia epidemiológica en puertos, aeropuertos y terminales terrestres, especialmente en regiones del Caribe colombiano, donde el flujo turístico y comercial internacional aumenta la exposición frente a eventuales riesgos sanitarios. Se requiere mejorar los protocolos de detección temprana, fortalecer los laboratorios regionales y garantizar canales de información científica veraz que eviten la desinformación.
La experiencia del Covid-19 dejó una enseñanza dolorosa: improvisar cuesta vidas. Colombia no puede esperar a que una emergencia toque sus puertas para actuar.
La prevención debe convertirse en política pública permanente, no en reacción ocasional frente al miedo. Porque si algo quedó demostrado en los últimos años, es que la salud pública no admite descuidos, y que la mejor defensa frente a cualquier amenaza epidemiológica sigue siendo un Estado preparado, informado y capaz de responder con rigor científico y eficacia institucional.
“No se trata de temerle a una enfermedad lejana, sino de preguntarnos si estamos realmente preparados para enfrentar cualquier eventualidad sanitaria. La prevención no puede seguir siendo un discurso de coyuntura; debe convertirse en una política de Estado».
