Hace once años tuve la gran fortuna de regresar a casa, a La Guajira. Durante mucho tiempo perseguí ese propósito, pero fue el sector minero, y en particular Cerrejón, a través de sus fundaciones, el que me abrió la posibilidad real de volver. Volver no solo a vivir, sino también a trabajar, a construir y a comprender, desde adentro, cómo se impulsa el desarrollo de un territorio desde el sector privado.
Lo digo con convicción: me siento orgulloso de haber sido parte de Cerrejón. Orgulloso de haber pertenecido a una operación que no solo ha marcado la historia económica de La Guajira, sino que también se ha consolidado como un referente nacional. Cerrejón es, sin duda, orgullo de La Guajira y orgullo de Colombia.
Ese orgullo no es un eslogan; tiene fundamento. Cuando se observa de cerca, Cerrejón no es únicamente una mina: es el resultado del trabajo de miles de guajiros, de estándares operativos y ambientales exigentes, y de una capacidad instalada que ha aportado de manera decisiva al desarrollo del país y del Departamento.
Son más de 12.000 empleos, entre directos y contratistas; miles de familias que dependen de esta actividad, y una red de proveedores y servicios que dinamiza la economía regional. Además, su impacto trasciende lo productivo. La operación representa más del 40 % del PIB de La Guajira y ha aportado más de 20 billones de pesos en impuestos y regalías en los últimos años. Estos recursos han sido clave para financiar inversión pública tanto en Colombia como en La Guajira. En otras palabras, Cerrejón no solo exporta carbón al mundo: también ha contribuido a construir un mejor país.
A esto se suma una evolución importante en su relación con el entorno. En los últimos años se han destinado más de 440 mil millones de pesos a proyectos sociales y más de 2,1 billones a iniciativas ambientales, además de programas concretos en educación, acceso al agua y fortalecimiento comunitario. Esto refleja que hoy la minería no puede entenderse sin su compromiso con el territorio.
Por supuesto, el sector enfrenta retos complejos en la actualidad. La conflictividad social, los bloqueos, la incertidumbre regulatoria y las tensiones con las comunidades son realidades que no pueden desconocerse. Sin embargo, reducir la discusión a estos elementos implica perder de vista el panorama completo. El verdadero debate es otro.
El sector minero-energético sigue siendo uno de los principales activos económicos de La Guajira. No obstante, ni el Departamento ni la Nación han logrado convertir ese activo en un ecosistema productivo más amplio. La economía continúa siendo altamente dependiente; la base empresarial es débil, y los encadenamientos con otros sectores siguen siendo limitados.
Esto no es una falla del sector, sino del territorio. Cerrejón ha sido una plataforma: de empleo, de recursos, de infraestructura y de conocimiento. Pero La Guajira no ha logrado organizarse en torno a esa plataforma para diversificar su economía y generar mayor valor agregado. Ahí radica el punto crítico.
El sector minero-energético no puede verse como un fin en sí mismo; es una palanca. Una palanca para desarrollar el agro, potenciar el turismo, fortalecer a los proveedores locales y construir nuevas oportunidades económicas. Pero una palanca solo genera resultados si existe la capacidad de usarla. Y esa es, precisamente, la brecha.
En ese contexto, el momento que vive el país es determinante. El próximo 7 de agosto inicia un nuevo Gobierno nacional, y La Guajira debe asumir con responsabilidad su relación con esta nueva etapa. Más allá de las posiciones ideológicas, el territorio necesita alinearse estratégicamente, priorizar sus proyectos y lograr que las oportunidades se conviertan en resultados.
La experiencia es clara: cuando no hay articulación con la Nación, el territorio pierde. Se frenan proyectos, se diluyen recursos y se desaprovechan momentos clave. Por eso, la discusión no es si La Guajira tiene potencial. Eso ya está demostrado. Tampoco es si Cerrejón ha sido importante. Lo ha sido y sigue siéndolo.
La discusión real es si somos capaces de aprovecharlo. Porque al final, el desarrollo no depende únicamente de los recursos ni de los sectores presentes, sino de la capacidad del territorio para organizarse, priorizar y ejecutar de manera sostenida. Y hoy, con total claridad, hay que decirlo: a La Guajira no le hace falta potencial. Tiene con qué. Lo que le hace falta es capacidad de ejecución.








