La historia universal del desenvolvimiento político en el mundo nos reseña y enseña que, a través de los siglos en todas las etapas de ella, han dominado las esferas de Gobierno, sociales y económicas de la sociedad muchos caudillos. Hombres y mujeres con cualidades distintas al ciudadano común, y estas les permitían dominar comunidades, territorios, espacios y voluntades, y, según sus concepciones de la vida, ejercían hasta poder en lo espiritual de sus pueblos.
La antropología social, la sociología y la tradición oral, en sus ancestrales investigaciones y formas de difusión de sus logros han documentado y escenificado la evolución de caudillos a la connotación moderna o contemporánea de líderes, incluso, a algunos de ellos la fe de sus creyentes los ha posicionado como mesías.
Hoy, asimilando todas esas vivencias y ocurrencias del pasado al presente de la historia colombiana, guardando las proporciones y en sus contextos auténticos, las podemos ubicar dentro de los 216 años de historia republicana de nuestro país.
Han habido desde 1810 caudillos criollos, tribunos con labia pirógena, estrategas bélicos, convincentes próceres que seducían con el verbo limpio y lleno de amor patrio, ciudadanos altruista de buen ejemplo; hubo acaudalados hombres y mujeres con misión patriótica y gran generosidad, y sin cálculos mesiánicos; pero también hubo quienes en medio del fragor de la búsqueda de la libertad, abusaron de su espíritu guerrerista y mentalidad militar; otros daban lucha aparte por trazar líneas de Gobierno, mando y poder, ya fuese por intelectualidad, ambiciones de poder y hasta por filantropía nacionalista.
En la historia política colombiana se cimentaron caudillos con visiones acordes al momento de la historia o a las centurias que vivíamos. Muchos de ellos tienen su puesto en la historia y son recordados porque sus actuaciones fueron para el bien de la patria, pero, desde el acuerdo político electoral que dio origen al Frente Nacional y sus consecuencias, verbigracia la formación de guerrillas, y cuando creíamos que por estas latitudes se había opacado el caudillismo radical y autoritario y hacíamos tránsito hacia la consolidación de verdaderos líderes democráticos, se han apoltronado en la historia reciente de Colombia personajes con orígenes distintos en lo social, en lo político, en la formación académica y en sus proyectos de vida. Y han alcanzado sitiales y puestos en la historia con actuaciones diferentes, modos de posicionamiento en el escenario político diferentes, diferencias en el espectro ideológico con muy opuesta, diferente y antagónica concepción de gobierno y estado.
En lo corrido del siglo XXI, la práctica política y activismo partidista nos ha cambiado la vida a los colombianos porque hoy nos encontramos sumidos en la peor polarización que ha vivido nuestro país, y en el más irracional fanatismo que idea, tendencia o moda alguna lo haya despertado en nuestra patria, y de paso, en la más superflua y manipulada conducción del activismo político porque desapareció el valor de las ideas, la importancia y peso del debate y todo ha sido reemplazado por lo que diga Uribe o por lo que le provoque decir a Petro.
Hasta allá hemos llegado.
Entonces, hoy por apodo o por méritos de sus actuaciones tenemos: al presidente eterno y la víctima eterna.
Hasta allá nos hemos dejado conducir, y la desaparición lenta y consciente del pensamiento crítico va dejando como un perverso legado: que solo vale políticamente lo que cree el uno, o lo que se inventa y dice el otro, así lo dicho viole la Constitución o el orden normativo y jurídico de la nación.
Pésimo y desalentador es el mensaje de estos eternos, y la más grave consecuencia aún es el haberse convertido en agentes de todos sus pronunciamientos, muchos hombres y mujeres que, algunos antes eran modelo de la elocuencia, de la dialéctica, de la decencia política, de la epistemología político-partidista, del respeto por la juridicidad y la jurisprudencia, y del buen uso y manejo respetuoso del lenguaje asertivo y lleno de verdades su contenido. Hoy son esos conversos ‘espejos y reflectores’ de las verdades a medias, alumnos aventajados del maquiavelismo, bastiones negativos en contra del buen uso de la hermenéutica, ‘culebrero’ así vaya su propia retórica en contra de los que antes eran sus buenos principios y convicciones.
Al actuar así nuestros líderes, o ‘neolíderes’, nos asimilan o acercan a las características de una ‘República banana’.
Ojalá que el presidente eterno y la víctima eterna cumplan su ciclo en este 2026 y que los nuevos liderazgos recuperen lo bueno de la senda de un López Pumarejo, un Alberto Lleras Camargo, un Carlos Lleras Restrepo, un Álvaro Gómez Hurtado, y el activismo político que ejerció Luis Carlos Galán.
Ojalá que el presidente eterno deje prosperar líderes con criterios propios.
Ojalá que la víctima eterna deje de agredir la normalidad legal y jurídica de la nación con verdades a medias u opiniones espurias, y que deje de tratar de imponerlas por su carácter de supremacía y condición de argumentativo.
Ojalá que la víctima eterna reflexione democráticamente y se despoje de su superioridad y miedos y acepte que el cambio que soñó y desperdició fue por su arrogancia. Que tenga para su retiro y como marco para su conciencia la eterna verdad que de la mentira y la imprudencia no nace el derecho.
¡Colombianos, así como nos liberamos de cadenas físicas, según nuestra historia pasada, liberémonos de cadenas mentales y fanatismos retaliativos de nuestra historia presente!








