En días pasados Aurora Gastro Bar liderada por Rubén Magdaniel convocó a un conversatorio sobre el icónico teatro Aurora de Riohacha, un espacio que pretendía trascender las recurrentes evocaciones románticas sobre el pasado del escenario cultural y plantear desde la sociedad y las instituciones preocupaciones que avivaran una ruta para la recuperación del bien.
El teatro Aurora inaugurado el dos de febrero de 1940 representó un obsequio del empresariado privado al ambiente culto y de progreso que se respiraba el siglo pasado en la ciudad gracias a la visión de migrantes y al floreciente intercambio fronterizo y marino que se impulsaba desde Riohacha con Venezuela, el Caribe, Europa, Estados Unidos y el resto del país. La ciudad era puerto y faro.
Hoy, 80 años después el teatro es una pintura decadente, vestigio de una ciudad que vivió mejores épocas. Desde el año 2001 conversaciones con el representante consular de Venezuela de la época, Luis Hernández Lares entusiasmaron a un grupo de ciudadanos para emprender desde la sociedad civil la tarea de restauración. Se conformó la Fundación teatro Aurora de Riohacha, testigo y custodio hace dos décadas largas de todos los esfuerzos por devolverle el Aurora a ‘la ciudad de los mágicos arreboles’ como poéticamente la identificaba Clarisa Ruiz, exdirectora de Artes del Ministerio de Cultura.
En un principio la primera necesidad era lograr la declaratoria como bien de utilidad pública del teatro, tarea que logramos desde el Concejo municipal con la sanción del acuerdo 021 de 2004, lo que facilitó que la Gobernación lo adquiriera en el año 2007. Desde entonces, el Distrito ha sido el actor más displicente, eludiendo los desafíos que impone la voluntad ciudadana de restauración, sobre todo en las urgentes acciones complementarias de ir proyectando la intervención urbana que requiere poner en funcionamiento el teatro con sus dinámicas de eventos y públicos que impactarían la movilidad de todo el centro de la capital.
Gracias al mecanismo de obras por impuestos y la intervención de Enlaza, empresa de energía de Bogotá, hoy se avanza en los estudios arquitectónicos, eléctricos, acústicos y otros aspectos que configuran el largo camino de poner en funcionamiento nuevamente el teatro. En esta etapa es definitivo que las administraciones, departamental y Distrital, se sintonicen con la apropiación de recursos y acciones para hacer su parte. Con el aforo total de 600 o 700 personas, por ejemplo, la carga de vehículos requiriendo parqueo en el teatro rondaría los 200 automotores; la afluencia de público sobre la hora y al finalizar funciones implicaría un atiborramiento riesgoso sobre el andén, si no se logra su integración a la plazoleta del parque, entre otros aspectos que demandan atención.
Entre tanto, uno de los temas de mayor preocupación de los intervinientes en el conversatorio es qué hacer con el teatro ya reconstruido, dividiéndose las opiniones sobre en quién debería recaer la responsabilidad de la administración y sostenimiento. En mi parecer, esto debe ser una preocupación de la sociedad civil y corresponde a la Fundación Teatro Aurora asumir un liderazgo definitivo, responsable, transparente y tranquilizador.
Es decir, ahora que se ha matado el tigre, que hay una fecha probable para su inauguración el dos de febrero de 2030, la actividad cultural de la ciudad y los gestores no pueden asustarse con el cuero. Es necesario empezar a reflexionar desde la Administración, la gestión, y la sustentabilidad, el plan que se debe emprender para que este viejo anhelo de varias generaciones no se quede en quimeras, ni se constituya en otro elefante blanco.
En una posición certera y franca la dirección de cultura departamental ha afirmado sobre esta inquietud que la misión de la Administración departamental no tiene como naturaleza administrar un teatro, y a esto se suma el fracaso de su labor en el sostenimiento de espacios como la biblioteca departamental, el Centro Cultural y la sala patrimonial. Como decía Machado, “caminantes no hay caminos, se hace camino al andar”, y andando es como le devolveremos los mágicos arreboles a Riohacha con las luminarias del Aurora.







