Parece un contrasentido que el Vaticano se ocupe de lo que pasa en nuestros muros de Facebook, en los filtros de nuestro TikTok, o se interese por las imágenes que hacemos con ChatGPT que nos convierten en caricaturas o engaños digitales con celebridades. Sin embargo, en su primera encíclica, titulada ‘Magnífica Humanitas’, el Papa León XIV expresa el deseo de la Iglesia católica de «entrar en diálogo con todos los hombres y mujeres de nuestro tiempo» sobre las profundas y rápidas transformaciones que la inteligencia artificial (IA) causa en nuestro mundo, y propone atender el deber urgente de proteger con amor esa ‘magnífica humanidad’ que «se nos ha dado y revelado en plenitud en Cristo, y que ninguna máquina podrá jamás sustituir en su esplendor».
Con este gesto, el Papa deja claro que la Iglesia no se resigna a ser solo consejera en la intimidad, sino que hace sentir su voz en la plaza pública, hoy mayoritariamente digital. El texto plantea que las tecnologías, incluida la IA, no son neutrales: «toman el rostro de quien las concibe, las financia, las regula y las utiliza». De ahí nace un dilema sobre cómo construimos la IA y la técnica en general, una elección entre dos caminos: el ‘síndrome de Babel’, que levanta una torre hacia el cielo desde la arrogancia y la uniformidad, y reduce a la persona a un simple engranaje o un dato; o el ‘camino de Nehemías’, que reconstruye el muro de Jerusalén desde el suelo, convoca a la comunión y transforma la técnica en oportunidad de crecimiento y fraternidad.
Este dilema, aunque formulado en lenguaje teológico, interpela a todos, creyentes o no, sobre nuestra relación con la IA. La cuestión no es ya si se usa o no (eso se da por descontado), y me parece que la invitación va más bien en la línea de no demonizarla ni tampoco idolatrarla. El Papa lo hace bajo la convicción de que la Iglesia debe dialogar con la filosofía y las ciencias, usando sus propios conceptos, sin que ello menoscabe el Evangelio. En su propuesta de reflexión, invita a detenerse en los fundamentos de la Doctrina Social de la Iglesia: el bien común, el destino universal de los bienes, la subsidiariedad y la justicia social. Categorías que, por cierto, no suenan meramente religiosas. Y es que toda esta doctrina, y cada uno de sus fundamentos, tiene como principio absoluto la dignidad infinita que corresponde a cada ser humano.
Ese principio (la dignidad de la persona) es el lugar común donde las convicciones de la Iglesia coinciden con las elaboraciones meramente humanas, como la Declaración Universal de los Derechos Humanos de las Naciones Unidas de 1948, la cual continúa siendo, a juicio del Papa, «una de las más altas expresiones de la conciencia humana». Este método (el diálogo interdisciplinar) es la brújula que históricamente ha construido la Iglesia para gestionar los desafíos actuales, incluidos los riesgos de la digitalización y la IA. Por eso, el documento no plantea un recetario de soluciones técnicas, ni modelos políticos o económicos a aplicar, ni busca reemplazar al Estado. Lo que propone es, más bien, un camino de discernimiento. La Iglesia nos invita a pensar.
Las implicaciones de esta reflexión pueden parecer lejanas para un departamento como La Guajira, pero la invitación a pensar no exceptúa realidades cotidianas. Estamos sometidos al riesgo de que la aprobación de un crédito, el costo de una póliza o la publicidad que se nos presenta dependan de un algoritmo de IA. Sin embargo, el potencial de estas herramientas para transformar el territorio es inmenso: optimizar el uso del agua y la eficiencia agrícola en zonas áridas, agilizar los servicios de salud y la vigilancia epidemiológica, y llevar soluciones educativas a comunidades de difícil acceso. Lejos de ser un debate ajeno, la tecnología ya está presente en nuestra cotidianidad y revela una paradoja profunda: en esta tierra, muchas personas tienen acceso primero a un teléfono inteligente con internet que a un derecho tan vital y básico como el agua potable.
Hay que reflexionar entonces, católicos o no, sobre lo que haremos de la IA en lo sucesivo. Aunque esto, por el momento, solo signifique que cuando deslices contenido en redes sociales sepas que, además, el modelo de negocio del que no eres tan consciente monetiza tus datos, tu atención y tu tiempo, y ‘prospera a costa de la debilidad humana’. Las plataformas y los servicios están diseñados para captar la mirada de los usuarios, «explotando sus fragilidades y debilitando la libertad interior», es decir, limitando parte de esa dignidad que nominalmente es infinita. Parte de esa magnífica humanidad que, para el creyente, «solo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado», y que para cualquier persona tiene su base en el reconocimiento de la dignidad intrínseca y de los derechos iguales e inalienables de todos los miembros de la familia humana.








