Se sentía el olor a leche caliente y a boñiga del corral de Santo Carrascal, cercano al pueblo.
Igualmente, el sinsonte, las turcutu y las tapa tierras, volaban y picoteaban en los patios, donde, además, se arremolinaban las mariposas a disfrutar el polen de los girasoles. Era el derramamiento de las auroras del pueblo sanjuanero en sus épocas doradas donde la luz del molendero anunciaba el nuevo amanecer. Se sentía el grito y la algarabía de los recolectores de algodón, que viajaban en las carrocerías de los camiones, hacia los campos con grandes sembrados de Alfredo Ariza, Burbay y Cucuro, entre otros.
Del mismo modo, el mixto de Pedro Mejía, también el del Sordito y la buseta de Duba, competían por llegar más temprano a tocar las puertas del pasajero más madrugador, con destino a Valledupar. Otras personas madrugaban con un plato de peltre en sus manos, rumbo a donde Berta y ‘Pachita’, a comprar la carne para la comida del día.
Mientras que, por el otro lado se observaba a Juana Pitre, Rosa Estrada y a Sayo Brito, con un manduco en la derecha y una ponchera de ropa sucia como corona en su cabeza, rumbo al río Cesar, a manduquear la mugre de la sociedad sanjuanera. La gente era amable, tímida, muy laboriosa y madrugadora, así fuera para que no la trataran de floja. Se sentía mucho respeto y consideración por quienes vivian en las plazas Bolívar y Santander, y en casas quintas, que eran, como mansiones al mejor estilo español.
De estas viviendas se destacaban las de Nicolasa y Concha Romero, la de Rafael Giovanneti en la calle del embudo y la de Aníbal Aragón frente a la Virgencita. Era muy común el ruido de los tractores por las calles, con rastrillos, arados y sembradoras colgándoles. También los camiones con carrocerías de madera y varillas de hierro, que describían un arco superior y llevaban lonas de algodón para la desmotadora de Idema. La agricultura y la ganadería eran la base de la economía del pueblo sanjuanero.
El ambiente era de trabajo y un pueblo agrícola con mucha producción en los corregimientos y veredas cercanas. La bomba de los Jubales era la única que recuerdo que dispensaba combustible en esa época. Julio Díaz y José Luis Gámez, los que hacían programas radiales de opinión y con masa crítica. Mientras que, Icho Cujia y Andrés Rodelo, ya mostraban sus inquietudes por los radiotransmisores a temprana edad.
Solo existía la iglesia San Juan Bautista de la plaza Bolívar con sus torres morunas y el mismo campanario, pero sus fachadas eran en ladrillo a la vista, porque no le habían puesto la piel con los maquillajes y cosméticos de hoy. La feligresía católica con mucha devoción llenaba el templo con las mejores pintas. Eran muy populares las paletas de la ‘Pipio’, los pipiritos de Rafael Fragoso y los turrones de Chuma, para calmar la ansiedad de los niños que los padres llevaban a misa colgados de la mano. Era como una fiesta patronal cada misa dominical, porque la elegancia de hombres y mujeres para recibir la bendición era muy notoria.
Existía la ‘Cantina de La Nena’ en la calle del Embudo y las tres puñalá en Manzanares y muchas veces se desataban peleas de padre y señor mío, entre riberos y bajeros, de la callecita y rincón guapo.
Todo era cerca en el pueblo y los talleres de automotores más recordados son el de Machuca y el Taller Fuentes, de Candelario Fuentes.
El colegio del profesor Pelongo, era de los mejores de la región, tanto en primaria como en la media hasta cuarto bachillerato. Además, tenía un pensionado y la mejor nómina de maestros y así competía con el Colegio de las hermanas Carmelitas. Las tiendas de Rosa María y las Flores, en la plaza Santander y frente al banco de Bogotá, respectivamente, eran las más concurridas y requeridas del pueblo. Desde un alfandoque, hasta un sombrero de paja y una angarilla para montar, se veían colgadas en la puerta. No era tan marcada la separación entre el pueblo-pueblo y entre los ricos del pueblo. Eso sí, políticamente se observaba que existían dos partidos tradicionales nada más, conservadores y liberales. Los habitantes de la plaza Bolívar y los pueblos circunvecinos, que le trabajaban a ellos se convirtieron en conservadores y fueron extendiendo esa ola azul por el resto del pueblo.







