La pluma dorada de La Guajira plasma la página en blanco con la tinta fina de su pensamiento, desde la libertad que el universo me concede para pensar y repensar sobre nosotros mismos, sobre aquello que llamamos libertad y sobre aquello que llamamos independencia. Escribo desde la certeza de que la mayor batalla de un ser humano no siempre ocurre en los campos de guerra; muchas veces ocurre en el territorio invisible de su conciencia.
Cada 20 de julio levantamos las banderas. Cada 7 de agosto recordamos la Batalla de Boyacá. Desfilan los uniformes, resuenan los himnos, se pronuncian discursos y repetimos, casi como un ritual heredado, que somos un pueblo libre.
Pero siempre me pregunto: ¿de qué libertad hablamos?
¿De la que derrotó a un imperio hace más de dos siglos o de la que aún no hemos conquistado dentro de nosotros?
Celebramos la independencia política mientras seguimos encadenados a nuevas formas de esclavitud. Ya no llevan grilletes de hierro. Ahora tienen el rostro del egoísmo, de la corrupción, de la codicia, del odio, del fanatismo, de la indiferencia y de la necesidad permanente de sentirnos superiores a los demás.
Quizá la colonia nunca terminó del todo. Solo cambió de apariencia.
Todavía buscamos modelos ajenos para definir quiénes somos. Vestimos, hablamos y muchas veces pensamos intentando parecernos a otros, como si nuestra propia historia fuera insuficiente. Olvidamos que este país nació del encuentro, muchas veces doloroso, entre pueblos indígenas, comunidades afrodescendientes, campesinos, mestizos y tantas otras raíces que hoy conforman nuestra nación.
Sin embargo, resulta paradójico que precisamente quienes dieron origen a la riqueza cultural de Colombia sigan estando entre las poblaciones que con mayor frecuencia enfrentan la pobreza, el abandono o la exclusión. Se les recuerda con facilidad en las fechas patrias, pero el verdadero reconocimiento no debería limitarse a los actos simbólicos. Debería reflejarse en oportunidades, respeto, educación, salud, acceso al agua, protección de sus territorios y participación real en las decisiones del país.
La identidad no debería convertirse en un discurso útil únicamente cuando conviene políticamente. Tampoco debería ser un instrumento para dividirnos.
Nuestra identidad más profunda debería comenzar por algo mucho más sencillo y mucho más difícil: reconocernos como seres humanos.
Porque la verdadera libertad no consiste en imponer una ideología sobre otra. No consiste en cambiar de partido mientras permanecen intactas las mismas ambiciones. No consiste en reemplazar un poder por otro si ambos terminan persiguiendo los mismos privilegios.
La libertad comienza cuando dejamos de convertir nuestras diferencias en trincheras.
Vivimos una época en la que casi todos señalan al otro. Todos encuentran culpables. Todos parecen tener la verdad absoluta. Y, mientras tanto, la desigualdad continúa creciendo, la naturaleza sigue enviándonos advertencias y el tiempo nos recuerda que somos apenas un instante dentro de la inmensidad del universo.
Venimos a este mundo con las manos vacías y nos iremos exactamente igual.
Entonces, ¿qué sentido tiene vivir esclavos de la riqueza, del reconocimiento, del poder o de la necesidad de vencer al otro?
Tal vez el verdadero grito de independencia que Colombia necesita aún no se ha pronunciado.
No será el que se escuche desde un balcón ni el que se celebre con desfiles militares.
Será el día en que un ciudadano deje de odiar al que piensa distinto.
Será el día en que un gobernante comprenda que administrar recursos públicos no es administrar un patrimonio personal.
Será el día en que la dignidad humana valga más que cualquier bandera política.
Será el día en que entendamos que ninguna ideología tiene sentido si el hambre continúa, si la infancia sigue esperando oportunidades, si los pueblos indígenas continúan defendiendo solos sus territorios, si las comunidades afrodescendientes siguen reclamando igualdad y si millones de colombianos aún sienten que la patria no les pertenece completamente.
Entramos en un nuevo periodo para el país. Cuatro años vuelven a abrir una puerta a la esperanza. Como en cada comienzo, aparecen nuevos discursos, nuevas promesas y nuevas expectativas.
Ojalá estos años no se conviertan únicamente en otro relevo de nombres o colores políticos. Ojalá sean una oportunidad para gobernar pensando primero en quienes históricamente han esperado más tiempo por la justicia social. Ojalá las diferencias políticas no se traduzcan en persecuciones ni en venganzas, sino en la capacidad de construir un país donde el desacuerdo sea compatible con el respeto.
La historia reciente nos recuerda que ningún sector está exento de cuestionamientos. Las investigaciones, los escándalos y las decepciones han alcanzado a gobiernos, dirigentes y movimientos de distintas corrientes. Quizá esa realidad nos obliga a mirar menos hacia las etiquetas y más hacia la ética.
Porque el problema nunca ha sido solamente quién gobierna.
El verdadero problema aparece cuando el poder se convierte en un fin y deja de ser un servicio.
Tal vez la independencia que seguimos conmemorando sea una invitación permanente a librar otra batalla: la del pensamiento, la del conocimiento de nosotros mismos, la de la compasión, la de la honestidad y la de la conciencia.
Solo quien logra liberarse de la avaricia, del miedo y del ego puede llamarse verdaderamente libre.
Las demás independencias seguirán siendo ceremonias.
Quizá, cuando llegue ese día, ya no necesitaremos preguntarnos qué significa la libertad.
Simplemente la estaremos viviendo.








