Cuando soplan vientos electorales, surgen por arte de magia dos fenómenos, uno es el canibalismo político, en donde miembros de un mismo partido o de una misma tendencia política se dedican a atacar a los de su misma especie, sin ningún criterio ni fundamentos que justifiquen su ataque, sin asco preparan una lucha feroz donde se traiciona, se ataca, se destruye a compañeros de la misma corriente muchas veces por protagonismo electoral, miedo a perder espacios, sin medir las consecuencias que en muchos casos terminan debilitando al grupo, se resta credibilidad al proyecto político, es un fuego amigo intencional.
El otro fenómeno se da en las campañas contrarias muchas veces con matices oscuros desde los opositores, fortalecidos hoy en términos modernos a través de ‘bodegas’ o con inteligencia artificial, alejándose de los debates y las propuestas. Ya se hizo costumbre en algunas campañas contrarias donde los partidos opositores se comportan buscando descalificar al rival mediante la polarización, la confrontación de ideas y la desinformación.
Si tenemos en cuenta que en nuestro país se está viviendo un proceso de cambio y renovación política, y La Guajira con sus 15 municipios no escapa a esta realidad, lo ideal es dejar el canibalismo político, y las campañas sucias, es por ello que quienes están con el propósito de participar y de hacer de la región una verdadera democracia, se deben concentrar en la gente, en las personas y sus necesidades.
Necesitamos propiciar un pacto político social donde el lenguaje permita discrepar con altura, y ante todo se abogue por el respeto a la existencia; hacer un frente común para alejar las miradas de odio y retaliación, al oportunismo de tantos, a los señalamientos sesgados sin soporte probatorio, a las palabras desentonadas y desafortunadas de unos y otros, mientras que los verdaderos culpables se refugian en un maquillaje de sonrisas ya que sus acciones convirtieron los ánimos en pólvora.
En las campañas electorales la madurez debe aflorar, se necesita de la reconciliación a partir del ejemplo, desechar egos y la agonía del canibalismo discursivo. Es importante el acierto en el timón verbal ante los actos irresponsables para no generar más violencia política y que no se ahogue la esperanza de defender el derecho a participar y disentir.
En los dos escenarios la lógica deja de ser ‘ganar como bloque’ y se transforma en ‘evitar que el otro gane’, incluso si ese otro pertenece al mismo grupo político y si es del partido contrario deteriora el debate público, reemplazando argumentos por descalificaciones, además hace crecer la desconfianza del votante mostrando desorden e incoherencia política. En el contexto actual, donde en la mayoría de los 15 municipios de La Guajira enfrentan desafíos económicos, sociales e institucionales, la fragmentación estratégica representa un riesgo significativo.
El canibalismo electoral o una campaña sucia no es solo una mala práctica, es una señal de debilidad en la construcción de consensos, la madurez de los liderazgos, la visión colectiva del poder, deben estar presente en todos los escenarios y momentos.
Si queremos que la política busque recuperar legitimidad y credibilidad, se debe replantear la forma de hacerla en los dos escenarios. Es fundamental entender que el disgustado no siempre está dentro del mismo proyecto político. En democracia no solo se pierde en las urnas, también se pierde cuando se destruyen las propias posibilidades de construir mayorías porque, al final, el mayor riesgo no es ser derrotado por el contrario, sino insistir en una lógica donde perder juntos resulta más fácil y aparentemente más cómodo que ganar unidos debido al miedo a destacar, el peso del ego y la resistencia al esfuerzo que exige el éxito. Compartir el fracaso mitiga la culpa individual y valida la queja común, mientras que ganar en equipo requiere renunciar al protagonismo y coordinar voluntades diversas.
En el canibalismo, el resultado es paradójico: sectores que podrían consolidar mayorías terminan fragmentándose, debilitando sus propias posibilidades electorales. En las campañas contrarias la política deja de ser deliberativa y se vuelve performativa, no cuentan un chiste ni narran un hecho, crean un cambio legal o social en el mundo de manera inmediata, con acciones por medio de las palabras desentonadas, construyendo una identidad a través de actos repetidos, o con actuaciones superficiales para impresionar a otros.








