El regreso de una persona al colegio donde cursó sus estudios suele estar marcado por la nostalgia. Se vuelve a los pasillos de la adolescencia, a las aulas donde nacieron las primeras inquietudes y a los espacios que ayudaron a moldear el carácter. Sin embargo, cuando quien regresa es el presidente de la República, la visita deja de ser exclusivamente sentimental y adquiere una inevitable dimensión política. El 23 de julio de 2026, el presidente Gustavo Petro regresó a la Institución Educativa Municipal San Juan Bautista de La Salle, en Zipaquirá, donde cursó su bachillerato. No volvió únicamente para reencontrarse con su pasado, sino para presentar una visión sobre el futuro de la educación colombiana. Durante la jornada, el mandatario entregó las libretas militares a jóvenes que culminaron el programa Servicio Social para la Paz, una alternativa al servicio militar que permite contribuir al país mediante actividades sociales, educativas, ambientales y comunitarias. La ceremonia representó algo más que la entrega de un documento. Simbolizó la posibilidad de que la juventud también pueda servirle a Colombia desde la construcción de paz, la protección de la vida y el trabajo con las comunidades. En un país marcado durante décadas por la violencia, este cambio de perspectiva merece ser reconocido, evaluado y fortalecido. La visita también permitió recorrer las nuevas aulas modulares y las obras adelantadas en esta histórica institución. Según el Ministerio de Educación Nacional, la intervención tuvo una inversión de $12.140 millones de pesos y beneficia a más de mil estudiantes. Además de la construcción de nuevos salones, se realizaron trabajos en baterías sanitarias, cocina, comedor, coliseo, fachadas y redes eléctricas e hidrosanitarias.
El proyecto busca que el colegio avance hacia un modelo de Colegio-Universidad, mediante el cual los jóvenes puedan iniciar programas de educación superior sin abandonar su municipio. La estrategia ya cuenta con cuatro programas y pretende articular la educación media con la formación universitaria, especialmente en áreas relacionadas con la inteligencia artificial, las tecnologías de la información y las ciencias cuánticas. Petro pidió convertir a Zipaquirá en un ‘templo del saber’. La expresión posee una enorme fuerza simbólica, especialmente porque por aquella institución también pasó Gabriel García Márquez, el colombiano más universal de nuestra literatura. Pero un templo del saber no se construye solamente con paredes nuevas, aulas modernas ni discursos presidenciales. Se levanta con profesores bien preparados, estudiantes motivados, bibliotecas actualizadas, laboratorios funcionales, conectividad de calidad y políticas educativas capaces de mantenerse más allá de los periodos gubernamentales. Hablar de inteligencia artificial y ciencias cuánticas resulta atractivo en un mundo transformado aceleradamente por la tecnología.
Colombia no puede quedarse al margen de esos avances. Nuestros jóvenes tienen derecho a conocerlos, comprenderlos y utilizarlos para resolver los problemas de sus comunidades. Sin embargo, resulta necesario mantener los pies sobre la tierra. En numerosas instituciones educativas del país todavía existen dificultades de conectividad, deterioro de la infraestructura, falta de laboratorios, escasez de computadores y deficiencias en servicios tan básicos como el agua potable y la energía eléctrica. El propio presidente planteó una pregunta pertinente: ¿cómo enseñar conocimientos científicos avanzados sin fibra óptica? La respuesta es evidente. No es posible hablar seriamente de revolución tecnológica mientras miles de estudiantes continúen desconectados de las principales fuentes del conocimiento mundial. La inteligencia artificial no puede convertirse en una nueva forma de desigualdad. Si solamente acceden a ella los estudiantes de las ciudades y los colegios con mayores recursos, la tecnología terminará profundizando las brechas que debía ayudar a cerrar. Por eso, la transformación anunciada en Zipaquirá debería servir como modelo para otros territorios, especialmente para las zonas rurales y los departamentos históricamente olvidados.
La Guajira, Chocó, Amazonas, Cauca y tantas otras regiones también necesitan sus propios templos del saber. Otro de los puntos importantes del discurso presidencial fue el reconocimiento del papel de los docentes. Petro propuso facilitar el acceso gratuito de los profesores a maestrías y doctorados para mejorar la calidad de la enseñanza. La iniciativa resulta valiosa, pero debe acompañarse de condiciones concretas. Los docentes necesitan oportunidades de formación que respondan a las necesidades de sus estudiantes, tiempo para investigar, acceso a herramientas tecnológicas y garantías para aplicar en el aula lo aprendido. No basta con llenar los colegios de computadores si no se forma a quienes deben orientar su uso. Tampoco sirve instalar fibra óptica si la conexión es inestable o si los equipos permanecen guardados por falta de mantenimiento. La calidad educativa depende de la infraestructura, pero principalmente de los seres humanos. Un buen profesor puede despertar la curiosidad de toda una generación; uno abandonado por el sistema difícilmente podrá enfrentar solo los desafíos de la educación contemporánea.
La propuesta de alcanzar el cien por ciento de cobertura en educación superior para la juventud de Zipaquirá es ambiciosa y necesaria. Pero semejante meta exige mucho más que abrir cupos. También requiere garantizar permanencia, alimentación, transporte, conectividad, acompañamiento emocional y oportunidades laborales para los graduados. El verdadero éxito no consistirá únicamente en que los jóvenes ingresen a la universidad, sino en que puedan terminar sus estudios y encontrar en su territorio posibilidades para desarrollar sus conocimientos. De lo contrario, las nuevas aulas podrían formar profesionales destinados a marcharse por falta de oportunidades. La visita de Gustavo Petro a su antiguo colegio estuvo cargada de recuerdos.








