A diferencia de otras regiones, en La Guajira se dan dos estaciones, un invierno pasajero, pero con efectos trágicos; un verano intenso, que genera sed, hambre, miseria, y negocios para pocos. Los dos ciclos, nos afectan por igual.
Durante el invierno las carreteras desaparecen en la Alta Guajira, mientras que en las montañas son obstruidas por las avalanchas. Los dos ciclos son tormentosos. La lluvia que debe ser una fuente de bendiciones, para los habitantes del desierto, parece ser un castigo, que también produce aislamiento y abandono.
Las precipitaciones de los últimos días han dejado comunidades aisladas, vías intransitables y viviendas afectadas, evidenciando una vez más la vulnerabilidad estructural del Departamento frente a los fenómenos climáticos.
El problema de La Guajira, no radica en las lluvias, como tal. Es la falta de planeación y la débil capacidad institucional para prevenir y responder a los impactos. Los arroyos que cruzan zonas urbanas como Riohacha o Maicao, y las vías rurales que conectan municipios con comunidades indígenas, colapsan ante el primer aguacero. La falta de sistemas de drenaje, el abandono de las obras de mitigación y la ausencia de mantenimiento rutinario agravan la situación año tras año.
Lo peor de todo, es que, en medio de la emergencia, los damnificados son los mismos; en Riohacha, Maicao, la Alta Guajira y la provincia, todas, de escasos recursos, asentadas en zonas de alto riesgo o en viviendas precarias.
Las soluciones del Estado, son promesas de reubicación, que se diluyen con el paso del tiempo, cuando entramos a los ciclos de verano, y llega la falta de agua que agrieta los suelos y la gente comienza a morir de sed. Aquí la agenda de soluciones cambia de tinta. Llegan los famosos carrotanques para transportar líquido potable, que favorecen a familias direccionadas por los Gobiernos de turno. Eso viene siendo así, desde hace muchos tiempos.
¿Será que tendremos que vivir siempre, al vaivén de los ciclos invernales y de las largas temporadas de verano? Eso parece. No vemos soluciones sostenibles por el momento, solo lo que hace Esepgua para mitigar la sed.
Nos acostumbramos a reaccionar ante el desastre en lugar de anticiparlo. Es urgente que los municipios y el Departamento actualicen sus planes de gestión del riesgo, realicen obras preventivas y coordinen con la Unidad Nacional para la Gestión del Riesgo de Desastres (Ungrd) respuestas oportunas y transparentes.
Lo paradójico es que, en este territorio, la lluvia no representa el símbolo de vida en una tierra sedienta, antes, por el contrario, se constituye en tiempo de tragedia, aislamiento y hambre. Convertir esos estragos en oportunidades de cambio requiere más que discursos: exige acción, inversión y control. La prevención, no la improvisación, debe ser el camino para que La Guajira no vuelva a inundarse en su propio abandono.