La nostalgia se originó en una foto del ferry o planchón que transportaba personas, mercancías, vehículos y toda clase de chécheres y animales domésticos, entre las riberas del Canal del Dique en Gambote, asentamiento allende a esta vía acuática. Permitía llegar desde Cartagena, Turbaco, Arjona y otras poblaciones hasta la orilla opuesta, donde continuaba la carretera. El Canal representaba un cuello de botella con retrasos hasta de dos horas, que se sobrellevaban con la culinaria local y la compra de chucherías. Tenía una calle, que era el pueblo completo; ardía de gente negra, indígena y mestiza viviendo de ese comercio. Filas de automotores se alineaban a cada lado del Canal en espera de su turno para la travesía que solía durar alrededor de veinte minutos por trayecto.
Gambote me trae recuerdos vívidos de mi niñez porque era punto de tránsito. Mi abuelo materno nos llevaba y traía de Calamar desde Cartagena, apenas con 5 o 6 años de edad. Íbamos desde la ciudad en bus hasta Gambote. ¿Qué significa esta voz? Tal vez la popa de algunas embarcaciones hechas con fibras curvadas de mimbre como dice la RAE, o según el Diccionario básico de canarismos, un banco de peces (https://www.academiacanarialengua.org/diccionario/). No obstante, suena a un vocablo indígena. Allí continuaba el camino hasta Carreto, punto en la carretera poco antes de El Guamo (San Juan de Nepomuceno). Lo usual era continuar el viaje por El Carmen de Bolívar, Sincelejo y más al sur, hacia los confines del otrora departamento conocido como el Gran Bolívar.
En Carreto había que esperar un vehículo, generalmente un Jepp, para llegar a Calamar por una vía destapada con huecos que llevaban quizá el mismo tiempo de fundación del pueblo (1848). Esta villa era la segunda en importancia comercial de Bolívar, después de Cartagena. Sabíamos que nos acercábamos a ella porque se divisaba un enorme tanque elevado de agua, pintado de plata, refulgente al sol. Parecía un faro diurno para los aventureros de aquellos parajes. Era la enseña de Calamar desde la distancia. Para entrar al pueblo se hacía un giro a la derecha en la estación de gasolina de El Tigre.
La confirmación de que habíamos llegado a Calamar estaba dada por sus calles anchas, polvorientas y largas, iguales a las de una gran ciudad, con un camellón o paseo adornado de bancas que permitían el descanso en las tardes y las noches de mosquitos, pero sobre todo por percibirse el olor a hojas secas de los tamarindos que abundaban. Desde luego, mi abuelo no necesitaba darle indicaciones a alguien para que lo llevara a su residencia porque todo el mundo lo conocía. Se trataba de un personaje notorio de la comunidad.
No en balde fue maestro de escuela allí, y al mismo tiempo, inspector del Ministerio de Educación para la región del Canal del Dique. Dionisio Bohórquez Ballestas era la tercera persona en autoridad del pueblo (autoridad, que no es poder, condición heredada de la Grecia clásica, la auctorĭtas; o sea, el mando aceptado por la sabiduría, la buena ética y la moral de la persona). En su orden, se acataba lo que decía el alcalde, el cura y mi abuelo. Formaban un órgano de consulta social, política y educativa de ese microcosmos. Su casa estaba en la calle Primera aledaña al río Magdalena, enfrente de la residencia de estilo republicano de la familia Sagbini (donde funcionó la Caja Agraria). Vecino también de los Paternostro, gente adinerada. No tenía pierde.
Para el regreso a Cartagena, el abuelo organizaba un plan rutinario y detallado. Empezaba por conseguir dos cajas de cartón donde venía el cigarrillo Pielroja, en las que acomodaba las panelas de hojita, los mangos, las hicoteas, los pisingos, los bollos de mazorca y de angelito, el queso y otras especialidades. Fueron cajas repletas de amor para mi mamá, María Concepción Bohórquez Cassini, su hija única, su yerno y nietos.
En la víspera mandaba un mensaje al dueño del bus que hacía la ruta Calamar Cartagena; lo llevaba el palafrenero de su caballo blanco de pequeños lunares negros. El apodo del empleado era ‘Cochise’, sin saberse por qué. El transportista era un señor a quien llamaban ‘Mocho’ Ballestas. De una vez al vehículo le retiraban y limpiaban el cojín de la banca donde don Dionisio solía sentarse. Era el último pasajero en abordar, sobre las cuatro de la mañana.
Había otra manera de retornar desde Calamar (era la que más me gustaba). Mi abuelo con frecuencia alquilaba un ‘johnson’; unas canoas de aluminio dotadas de motores fuera de borda de esa marca. Se recorría el Canal del Dique hasta Gambote. Para los meses de abril, mayo y junio se era testigo de la algarabía de las cotorras agrupadas mientras comían mangos y que en cada ribera saludaban e iban anunciando el camino. En Gambote se compraban almojábanas y se tomaba el bus a Cartagena, con mi papá, mi mamá y mis hermanos a la espera de las cajas de Pielroja que mostraban encima de los demás manjares, los casabes de Calamar.








