8.00 a.m. (Consultorio de Pediatría). La mañana transcurre entre llamados y consultas, corresponde el turno a Andrés, un niño, dueño de ojos expresivos, ya conocido, a quien en los controles regulares se le detectó un ritmo diferente en los hitos de su neurodesarrollo, se encendieron las banderas rojas, hasta que se hizo pertinente la valoración por Neuropediatría; se confirmó lo sospechado, un Trastorno del Especto Autista (TEA).
Todo transcurría bien en medio del contexto, hasta que llegó la etapa de escolarización de este infante, que ama el color azul.
Así fue como su madre inició lo que se pensaba, no iba a ser inconveniente; conseguir un colegio que se ajustara a la condición de Andrés.
La primera puerta se abrió, con el transcurrir de los meses la docente empezó con los informes y quejas; finalmente el menor no asistió más; su madre percibía que no era bien recibido, transcurrieron meses y no hubo forma, cada plantel consultado tenía excusas. Por fin, se halló uno con un currículum y una actitud en su cuerpo de profesores, que iba a permitir el desarrollo de ese ser humano en todas sus dimensiones; es decir, a su ritmo. En la entrevista concedida a la madre, le informaron sobre el conocimiento y cumplimiento de la norma en torno del niño en condición de discapacidad; además, del fundamento humanístico como institución.
Ahora bien, ese motivo de consulta: “Doctora, mi niño no fue admitido en el colegio por su condición” no debería existir, sabemos de la vigencia de un marco legal espeso en torno a la protección de la educación de los niños, niñas y adolescentes; aplicable a todos sin excepción.
La familia, la sociedad y el Estado son garantes de que los derechos de la niñez se apliquen, hacer lo contrario es vulnerarlos en su esencia misma, es condenarlos a ellos y de paso a su entorno familiar.
Muchos padres desconocen de dichos derechos, somos nosotros quienes debemos motivar a ese núcleo familiar para que se conviertan en voz de la niñez. El caso relatado, real, hace parte de los muchos de los que se presentan en este tejido social en el cual habitamos; no se puede admitir este tipo de prejuicios.
Con poco ruido, casi que en medio del silencio; los papás de un menor con neurodivergencia: TEA, trastorno de déficit de atención e hiperactividad (TDAH), dislexia; por citar algunos; libran batallas, se convierten en luz y testimonios para quienes tenemos el honor de rodearlos; son dignos de exaltación, con gusto y amor invierten su vida en el cuidado de su hijo; el calendario se les va entre el trabajo, vacunación, programa de crecimiento y desarrollo, terapias, consultas médicas, colegio; merecen el apoyo de la comunidad y miles de puertas abiertas en las instituciones educativas dispuestas a abrigar a estos menores. La población infantil y adolescente con divergencias neurológicas necesitan un sistema que se adapte a estos chicos, no es lo contrario.
Por supuesto, nosotros como integrantes de variopintos sectores, podemos y debemos ser agentes aportantes en la concientización de la neurodiversidad, dar siempre manos y mirada hacia ese punto azul.








