La democracia exige respeto por las diferencias, pero también por la dignidad humana. En los últimos días, el nombre del concejal de Valledupar Oswaldo Juan Díaz Ávila, conocido cariñosamente como ‘El Pelu’, ha estado en el centro de la controversia pública. Frente a ello, considero que los villanueveros tenemos el deber moral de evitar los juicios anticipados y rechazar la tendencia a convertir en criminal a una persona antes de que la justicia se pronuncie de manera definitiva.
Oswaldo Juan Díaz Ávila no es un extraño para Villanueva. Es un hijo de esta tierra, donde nació, creció y construyó sus primeros sueños. Como muchos de su generación, jugó fútbol en las calles del pueblo, compartió con sus vecinos y aprendió desde niño el valor del esfuerzo y la solidaridad. Es hijo del recordado educador Alfonso Díaz, ya fallecido, y de María Durán, ama de casa. Fue el quinto de diez hermanos que crecieron en un hogar humilde, donde nunca sobraron los recursos, pero jamás faltaron los principios. Su padre, con el salario de maestro, y su madre, hicieron enormes sacrificios para sacar adelante a la familia. En ese hogar hubo días de abundancia y también de necesidad; cuando había, compartían y cuando no había, aprendían a resistir con dignidad.
Nada de lo que ha conseguido le fue regalado. Trabajó como árbitro de fútbol mientras adelantaba sus estudios universitarios. Posteriormente se trasladó a Valledupar junto a su esposa, donde comenzó trabajando como camillero en una clínica. Con disciplina, estudió y con perseverancia fue escalando profesionalmente hasta alcanzar el reconocimiento que hoy tiene. Quienes lo conocen lo describen como un hombre respetuoso, buen vecino, amigo de sus amigos y dispuesto a colaborar con quien lo necesite. A lo largo de su vida ha mantenido un vínculo cercano con Villanueva, su tierra natal, donde muchos reconocen su solidaridad, su apoyo a diferentes personas y su disposición para ayudar en momentos difíciles.
Como ocurre con cualquier figura pública, no todos comparten sus ideas o decisiones, y eso hace parte de la democracia. Las críticas son legítimas, pero deben estar acompañadas del respeto por la dignidad humana y por la presunción de inocencia.
En medio de esta controversia ha circulado un video en el que presuntamente lanza expresiones amenazantes contra sectores del petrismo. Si ese video corresponde fielmente a los hechos y no ha sido alterado o sacado de contexto, considero que se trataría de una actuación imprudente y desafortunada, impropia de un dirigente político. Las diferencias ideológicas deben resolverse mediante el debate democrático, el respeto y la argumentación, nunca mediante expresiones que puedan interpretarse como intimidaciones.
Sin embargo, una posible imprudencia o un error político no convierten automáticamente a una persona en un criminal. Corresponde a las autoridades competentes establecer si existió alguna conducta sancionable y cuáles serían sus consecuencias jurídicas. La opinión pública no puede reemplazar a la justicia.
Los villanueveros debemos recordar que Oswaldo Juan Díaz Ávila es uno de los nuestros. Podemos cuestionar sus actuaciones, debatir sus posiciones o expresar desacuerdos, pero también debemos reconocer la historia de esfuerzo que lo llevó desde una familia humilde hasta ocupar hoy una curul como concejal de Valledupar.
Descriminalizar a nuestro paisano no significa justificar posibles equivocaciones ni interferir con las investigaciones que adelanten las autoridades. Significa defender principios esenciales del Estado de Derecho como la presunción de inocencia, el debido proceso y el respeto por la dignidad humana.
Hoy Oswaldo Juan Díaz Ávila atraviesa un momento complejo. Como comunidad debemos actuar con serenidad y permitir que sea la justicia, y no las redes sociales ni las pasiones políticas, la que determine cualquier responsabilidad. Si cometió errores, deberán establecerse conforme a la Ley; si no los cometió, también será la justicia la encargada de restablecer plenamente su buen nombre.
Los villanueveros siempre nos hemos caracterizado por la solidaridad con nuestra gente. Ese mismo espíritu debe llevarnos a rechazar las condenas anticipadas, sin renunciar al derecho de criticar aquello que consideremos equivocado. Esa es la esencia de una democracia madura: defender la verdad, exigir responsabilidad y respetar siempre la dignidad de las personas.








