“Rastrojito de mi patio donde reposan mis picardías, en donde yo me escondía y siempre jugaba cuando muchacho, te recuerdo cada rato, fuiste la defensa mía cuando el viejo me decía que me iba a dar unos lapos”.
Para la parte introductoria recordando mi niñez hemos transcrito un aparte de la canción ‘Rastrojito de mi patio’ de Marino Enrique Pertuz que Los Hermanos Zuleta incluyeron en el LP ‘039’ el 29 de agosto de 1984, porque su letra tiene sabor a pueblo.
En estos días, reflexionando sobre el proceso de involución moral en el cual se encuentran nuestros pueblos, una sensación de nostalgia ha abrumado el baúl de mis recuerdos, echamos de menos a nuestros viejos que guiaron a muchas generaciones por los caminos de la generosidad y las buenas costumbres, eran los tiempos cuando cualquiera de ellos podían reprender, corregir y hasta castigar a los hijos ajenos cuando hacían alguna judería, sin que aquello tuviera reproche alguno, al respecto decía Odilona Griego que “los muchachos solo necesitan comida, ropa limpia y penca, sobre todo la penca”.
La verdad que las cosas han cambiado para mal, ahora los padres en lugar de reprender a los hijos, se ponen bravos si alguien les comenta lo malo que hacen, “es que le tienen mala voluntad al pelao” dicen, seguramente olvidaron lo que tanto escuchábamos antes. “Hay que corregir al muchacho para no tener que llorar al adulto”, esa situación ha propiciado la presencia en los pueblos de una generación de ‘Ninis’, son jóvenes que ni estudian ni trabajan pero quieren vestir ropa de marcas finas, y cuando alguien que si trabaja pasa por el lugar en su carro, parece que cayera un chorro de limón en la herida de la envidia, enseguida dicen, lo sé porque me lo han contado, “mira a ese bien montao, pero no ayuda a nadie”, como si los demás estuvieran obligados a trabajar para regalarles el dinero para que beban, mujereen y aparenten lo que no son.
En mis tiempos todo era diferente, la gente se alegraba con la prosperidad de los vecinos, ahora extrañamos las tardes del sol de conejo, entre rojo y anaranjado bajando a sus aposentos, ya no se siente el olor inconfundible a los pastelitos que hacía Rita Rois, y la ‘Tía Pelón’, y de los buñuelos redonditos de maíz y los de yuca que hacía con todo esmero la tía ‘Maye’ Camargo, estos los vendían sus hijas por la calle, una llevaba la olletica con los buñuelos, y detrás iba la otra con dos ollas, una llevaba la miel de panela y la otra los platicos de vidrio en agua para que el comprador se pudiera servir allí la miel para ‘mojar’ el buñuelo, todo bajo un cielo inmenso, azul y matizado con el olor embriagador de los manantiales de la guayabita.
También se echa de menos el olor de la borra del café ‘Puro Almendra Tropical’ de papeleta cuando las matronas del pueblo preparaban el café para tomarlo en las mañanas con las arepuelas de dulce y de sal que hacía Berta Pinto con el huequito en la orilla, nos comíamos dos o tres tempranito cada día para aguantar hasta la hora del desayuno, no habían bolsas ni servilletas para llevarlas, ella las ensartaba por el huequito en unos palitos que cortaba del palo de toco que tenía en el patio; en Monguí no hacían arepas de huevo, esas solo las veíamos el 24 de octubre de paso para la misa de San Rafael Arcángel en Calabacito cuando llegábamos con mi vieja en Cuestecita a donde su gran amiga Germina Brito.
Definitivamente la gente de mi generación tenemos motivos suficientes para vivir contentos porque fuimos felices pero no nos dimos cuenta, no teníamos servicio de energía, no teníamos televisor, no habían parques, la escuela era pequeña, en recreo tomábamos el agua de la tinaja que Olga Amaya tenía en un rincón sobre una horqueta y donde Elida Pinto que la tenía sobre un tinajero de canillas largas y palos barnizados, eso sabía a manantial, hacíamos fila para tomarla, se compartía el pocillo y a nadie se le pegaba el catarro del otro.
A propósito de la falta de luz, para la muchachada, los velorios en el pueblo eran casi una fiesta, sabíamos que lo primero que hacían los familiares del muerto era contratar el motor del picó de Mitilia para las nueve noches que rigurosamente se situaba al interfecto fallecido, para nosotros tener la oportunidad de ver focos prendidos durante nueve noches consecutivas era una felicidad, para allá nos íbamos toditos a comer café con galletas, repartían queso picado con pimienta y limón, y cada vez que a uno le brindaban, comíamos rápido, dábamos la vuelta y nos sentábamos más adelante para que nos volvieran a ver, eso era divertidísimo, se echaban cuentos, adivinanzas y retozábamos, la familia del que se fue adentro lloraba y nosotros afuera gozábamos. Eran épocas de inocencia supina, de solidaridad, de unión, de grata recordación.








