“Por dentro siento que mi tierra me llama y mis ojos reflejan su bello amanecer… Mis abuelos quedaron allá y mis amigos que ya se me han muerto”. Está en mi mente el aparte transcrito de la canción titulada ‘Recuerdos de mi pueblo’, que Poncho y Colacho incluyeron en el LP ‘Una voz y un acordeón’ que salió el 31 de marzo de 1975, la cual cuando la escucho estremece mi corazón, y no podría ser de otra manera porque son muchos los sentimientos encontrados que aceleran el latir de mi corazón al recordar aquellos meses de septiembre cuando yo era feliz en mi pueblo y pasaron cosas que me marcaron por siempre.
Recuerdo aquella vez que Evaristo, mi padre, trajo para el ‘Nene’ de la casa un hermoso balón de fútbol de su viaje a Bogotá, el cual guindé cuidadosamente de la cabecera de mi hamaca en su bolsa para que no se ensuciara. Antes de guardarlo le escribí en la parte blanca con un marcador-tiza de color azul: “Este balón me lo trajo papá hoy 22 de agosto de 1972”. En mi inocencia supina pensaba que si lo sacaba para jugar se rayaría y papá iba a pensar que no lo había cuidado suficientemente, quería que supiera que yo quería mucho mi balón.
Pero una vaina piensa el burro y otro el que lo está enjalmando. Resulta que salí a la calle y cuando regresé el balón no estaba allí y la bolsa no me pudo contar que había pasado, desesperado anduve toda la casa buscándolo y no lo encontraba, de inmediato noté que Ángel, mi hermano, no estaba y eso despertó mis sospechas de que algo tenía que ver con el secuestro de mi preciosa bola.
Sin pensarlo dos veces me fui al campo de fútbol y casi me mata un infarto de ver como Ángel y sus compañeros del equipo Atlético Monguí le daban patadas inmisericorde a mi balón recién traído. Comencé a llorar y a correr detrás de ellos y del balón para su decomiso, y ellos a punta del jueguito de la gallina ciega me cansaron y después me dieron agua. Así acepté resignado que había perdido. Regresé a la casa con las manos vacías y le conté a papá la situación tan grave presentada. Él me tranquilizó, sabio como siempre, me dijo que cuando Ángel regresara lo regañaría “muy fuerte” y que cuando volviera a Bogotá me traería uno nuevo y para mi solito. No hay duda, me sequé las lágrimas y sentí una felicidad indescriptible, sobre todo por ese regaño tan fuerte que por la falta cometida recibiría mi hermano. Y mi viejo cumplió su promesa. En la noche me dijo: “Le hablé duro a Ángel, él no te vuelve a hacer eso”. Y un mes después, cuando viajó a un congreso en Bogotá, lo primero que compró fue mi balón. Ese nunca se lo deje tocar a mi hermano y creo que todavía existe es el recuerdo gracioso que guardo en mi alma de aquel septiembre cuando apenas comenzaba mis primeros añitos de circulación por este mundo a donde hay tanta gente mala haciendo tantas cosas malas ante el silencio de la gente buena. Ya entonces mi padre me había enseñado a colgar mi hamaca, a amarrar mis cordones, a pegar botones, hacer el nudo en la punta del hilo para coser con la yema de solo dos dedos de una sola mano y coger una bastilla, nada de eso se me olvidó, por el contrario, ahora lo hago mucho más rápido que antes.
Pero así como recordamos acontecimientos anecdóticos, divertidos y que hoy alegran la mente, de la misma manera hizo el mes de septiembre que acaba de terminar un repasito emotivo y vivencial sobre los estragos que hizo a la alegría de mi casa la partida temprana, inmerecida e irreparable de Eduardo Medina Rodríguez, el padre de mi vieja y patriarca del pueblo. Sucedió el 30 de septiembre de 1977. Aquello fue demoledor, mi vieja lo amaba con todas sus fuerzas y nosotros, sus nietos también. Fue un hombre generoso y respetado, era el amigable componedor, guía y faro moral de su gente, asumía la crianza de todos los muchachos que quedaban huérfanos en la familia y apoyaba a los hijos ajenos, cultivaba plátanos, yuca y guineos para regalar a quien necesitaba y se los complementaba con la leche, eso permitió a muchos viudos y viudas levantar a sus muchachos. Fue él quien donó el terreno para la construcción del cementerio ‘Corazón Fino’. Lo hacía porque le guastaba, porque nunca esperaba contraprestaciones.
Era ‘Babo’, el abuelo dueño de un manantial de asertos campechanos, del cual se nutrió mi mente y que nunca olvidó. Para cada situación que se presentaba tenía un dicho, un apunte, un refrán, con una claridad mental envidiable y prodigiosa. Claro, reconocía con toda humildad que el hombre que mejor hablaba en los pueblos de toda la región era su compadre Heriberto Ibarra Peralta. Ellos se respetaban mutuamente en el uso de la palabra. No deja de pasar por mi cabeza su voz cuando decía que “Así no quieran, me meto en los problemas porque lo bueno es para el dueño y los malo se reparte”. También le escuchaba decir que “La guerra le guasta al que no tiene nada que perder”. También decía que “La gente más peligrosa es la que no tiene oficio conocido”. Muchas veces le escuché comentar que “A quien no tiene oficio, el diablo se lo pone”.








