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Semana Santa… recuerdos y muy sentidas las ausencias

Por: Luis Eduardo Acosta Medina
abril 3, 2023
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Semana Santa… recuerdos y muy sentidas las ausencias
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“A las cuatro de la mañana al amanecer el día me salió un aparato y uy uy uy mamita mía, ese aparato tenía cuatro cuernos afilados, tenía candela en la boca y tenía tremendo rabo”.

Hemos transcrito para comenzar un aparte de ‘El aparato’ de la autoría de Edgardo García, la primera de dos con el mismo título grabadas por Osvaldo Rojano, esta con Los Hermanos Sarmiento y la segunda de la autoría de Calixto Ochoa con el acordeón Virgilio De La Hoz. En esas obras musicales se refieren a los aparatos que salían antes en los caminos y que han dejado de aparecer tal vez por la inseguridad, bien lo dijo en su canción Dagoberto López.

En estos días  viene a nuestra mente esa canción, nos recuerdan estos días nuestros tiempos de muchacho cuando vivíamos sabrosos y nos sentábamos en el suelo  por las noches a echar cuentos de miedo que después nos desvelaban, nuestra ignorancia supina, que muchas veces se confundía con la inocencia, nos alimentaba la íntima convicción de que todo lo que se decía era verdad; se escuchaban historias inverosímiles, pero que parecían reales viniendo de muy serios contadores de cuentos, como un señor forastero que había en Monguí, se llamaba Leonel; él contó en el salón de mi casa que en su pueblo un niño le pegó a su madre un Jueves Santo y la tierra se abrió y se lo tragó, me impactó el tema y mucho más cuando complementó, porque agregó que un espontáneo tratando de salvar al menor de las fauces del suelo que se volvió a cerrar de inmediato, intentó hacer una excavación, y cuando clavó el pico en la tierra para excavar, atinó directo a la cabeza del muchacho y se la dividió en dos. Me pareció espantoso, escarmentador y no tuve duda que a la madre se le debe respetar, y amar, y también que durante la Semana Mayor hay que reflexionar.

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Las lámparas de  querosín en frente de las casas ya son quimera; la luna grande y esplendorosa  casi no se ve; ni la gente visita a la otra durante las primeras noches. Ahora cualquiera es enemigo de cualquiera, con razón o sin ella, la envidia, el odio gratuito y la desconsideración han acabado con nuestros usos y costumbres, ya los muchachos no refieren ni inventan chistes, y durante esa semana especial no comparten con los amiguitos, ahora beben ron y desean el bienestar material ajeno. La Santa Eucaristía tiene precaria  participación, pero las parrandas tienen nutrida asistencia; ya los maestros no organizan el viacrucis y hasta el himno del pueblo que hizo al terruño Bil-Kanotas  se olvidó porque a nadie le interesa que los niños se lo aprendan como se hacía en tiempos no tan pretéritos, se perdió el sentido de pertenencia.

Era infaltable en cada casa un racimo  de guineos manzanos, largos o filo -conocido en Monguí como engordacoño- guindados para que estuvieran maduros para  hacer mazamorras el Jueves y Viernes Santos durante los cuales no se consumía carne porque se decía que quien lo hiciera se estaba comiendo la carne de Nuestro Señor Jesucristo. Ahora no, las cosas cambiaron para mal, se sacrifica lo agradable al paladar por parapetos modernos y  cositas livianas que no saben a nada,  no tienen ni vinagre criollo ni achiote, parecen alimentos de icopor, pálidos, de mentiritas; no tienen atractivo a la vista, ni por el olor ni para el paladar, pero está de moda y se impone comer como los ricos para igualarnos con ellos así sea sufriendo porque esa vaina no se disfruta como por ejemplo  un escabeche preparado por nuestras viejas, achotado con achiotero de calabazo,  vinagre fermentado sobre la troja y el comino entero tostado y molido a punta de piedra.

El arroz de coco, no de bagazo, que quedaba marroncito y acaramelado, con plátano amarillo asado a la brasa o melado con panela en caldero chiquito, eso hacía de la vida en nuestros pueblos una experiencia maravillosa; la tapa de la cajeta eran los potajes, mazamorras de toda clase, y el tradicional chiqui chiqui de maíz tostado revuelto con corozos de tamaca, y molido para hervirlo con azúcar y pimienta picante, y el cruce de platos, olletas, tazas y totumas de un lado a otro, unos iban y otros venían porque todo se compartía, y nadie era mejor que otro.

Durante el jueves y el viernes “por respeto” a esos días santos los viejos no iban a los rastrojos, considerados de mucha importancia y de cuidado  porque podían suceder cosas impredecibles que debían evitarse. Quienes tenían que ir a los montes a dar vueltas a los animalitos lo hacían con miedo, extremando precauciones para evitar asustadoras sorpresas, había que obedecer más que siempre, era preferible quedarse en casa y dedicarse a comer, y a jugar, el dominó, las cartas, la cucuruvaca predominaban; no se jugaba fútbol, recuerdo que yo jugaba con barajas españolas, “La guerra” y “Carga de la burra” porque me enseñó mi prima Etilvia Medina a escondidas de papá porque él decía que ese era un juego de viciosos, que no era un juego para  niños inteligentes, que  tenían que aprender a jugar ajedrez, pero no me gustaba, nunca lo aprendí; la gente amanecía jugando, y el Domingo de Ramos realizaban “Peleas de gallos” en la Gallera que quedaba cerca de la casa, y después en la de Miguelito Campo Brito, llegaban galleros de cuerdas de los pueblos circunvecinos, también de Riohacha, Maicao y Hatonuevo, y era muy usual que los galleros de fuera almorzaran con pasteles de cabezas de puerco que hacían con gran esmero la tía Digna Rodríguez y Adelina Pérez, envueltos en hojas de bijao o de guineos, con bastante achote y el vinagrito al punto, amarrados con cabuya de cepa de plátanos.

Es preciso recordar que se conmemora en  la atrocidad cometida en nombre de la Ley, cuando fue condenado un inocente por física envidia y no nos cansaremos de decirlo, sucedió con Jesús que el sistema procesal del código mosaico en materia criminal se basaba en cuatro reglas: Certeza en cuanto a la acusación; publicidad en la discusión; completa libertad concedida al acusado; y protección de todo peligro o errores de testimonio, y sucedió que allí se hizo todo lo contrario, primero privaron de la libertad a la víctima de noche lo cual estaba prohibido en la Ley Judía, después fueron a buscar testimonios, y la remacharon porque en un solo día se le formularon cargos, se le juzgó y condenó, y la ley penal vigente en aquel tiempo decía que  ‘Un veredicto de culpabilidad simultáneo y unánime decretado el mismo día del juicio surte el efecto de una absolución.’ No tuvo  defensor alguno, ni fue designado por él y tampoco se le asigno de oficio a pesar de que el Código para estos casos y como sucedió que el veredicto fue unánime decía que “‘Si ninguno de los jueces defiende al reo, es decir, si todos lo declaran culpable, y no hay quien lo defienda ante el tribunal, el veredicto de culpabilidad será inválido y no se podrá imponer la sentencia de muerte”.’ Lo hicieron en vísperas del Dia del descanso judío y primer día de los panes sin levadura y la víspera de la Pascua, lo cual estaba prohibido, tal como lo había establecido el Código penal cuando precisó que : “ ‘No juzgarán durante la víspera del día de reposo ni de cualquier otro día de fiesta”. El Sanedrín carecía de competencia para juzgarlo y la mayoría de sus actos en su carrera contra el tiempo para ejecutar a Jesús los hicieron de noche, lo cual era contrario también al código que decía así: “‘Júzguese una ofensa capital durante el día, pero suspéndase de noche. Así fue posible asesinar en el Nombre del altísimo al Mesías, al hijo de María y José.

¡Reflexionemos porque quien no conoce la historia, corre el riesgo de repetirla!

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