“Hay cosas que olvidarse no pueden en el aspecto de la amistad, pa los hermanos Berardinelli es este verso particular, porque ellos son personas muy buenas representantes de la región, son lo mismo que Lola la Negra que es un diamante del Cerrejón”
Imposible iniciar nuestra columna esta vez sin recordar ‘Lola la negra’ en merengue de la autoría de Carlos Huertas que ‘Poncho’ y Emiliano incluyeron en el LP ‘Dinastía y folclor’ en el año 1979, a esa canción corresponde el aparte que hemos transcrito, a propósito del tema que ocupa nuestra atención.
Insistimos en nuestra tesis, hay gente que le queda grande a su región, es el caso de la mujer de la eterna juventud –como yo le decía– a Ruth Berardinelli, fue la hormiguita arriera que silenciosa mantuvo incólume hasta el día de su partida su espíritu altruista y su vocación de servicios a los demás, era de aquellas personas que se desplazaba con la misma naturalidad entre los altos ejecutivos de las grandes empresas, y los sectores más vulnerables de la población, entre aquellos como inigualable relacionista y entre estos como llevadora de consuelo, ayuda y piedad.
Su partida me conmovió, por ella, por su familia, por La Guajira, por Riohacha, por Barrancas y también por los niños que dejó huérfanos porque ya nadie les llevará juguetes y de comer en la celebración de la noche buena, como aquella vez, el 24 de diciembre de 2001 cuando la encontré feliz compartiendo la cena con centenares de personas en situación de pobreza extrema en un barrio apartado de la ciudad, por ese motivo escribí entonces en el periódico Guajira Grafica una crónica que me dijo alguna vez que la conservaba bien guardada para que no se le olvidara, allí la describí como me lo dictaba el corazón, una mujer buena de los talones a su mollera, un ser humano excepcional y de buena medra moral..
Merecido el homenaje que se le hizo recientemente, al cual no asistí por algo elemental, y a pesar de haber sido su amigo en invierno y en verano, pero nunca asisto a donde no me invitan, así me enseñó mi vieja, por eso, muy a pesar de que mi corazón me lo pedía, pudo más la instrucción perentoria que recibí desde mis primeros años, pero justo es reconocer que es de aquellas exaltaciones póstumas que merecen el aplauso ciudadano, ella lo merecía en vida y lo sigue mereciendo después de su prematura partida.
Es evidente que en su caso el nombre fue asignado por sus padres con todo esmero, con la convicción de que trajeron al mundo un ser maravilloso a quien su nombre no le quedaría grande, porque si le torcemos el pescuezo a las Santas Escrituras nos daremos cuenta que fue Ruth la mujer judía, nacida en Belén que a pesar del infortunio y la temprana viudez nunca dejó de cumplir al pie de la letra la palabra de Dios, y fue la compañía incondicional y leal que encontró en medio de su desgracia quien fuera su suegra, y para darle de comer recogía espigas cada día para no dejarla padecer, nada ajeno a Ruth la nuestra que gestionaba ayudas para que la gente necesitada pudiera comer, de ello fui testigo, la última vez, cuando nos ayudó en la gestión para conseguir ayudas para algunas comunidades indígenas del sector de El Paraíso, Romonero y Monguí con nuestra hermana Ceci, quien hoy junto a ella disfrutan de la luz perpetua víctimas del virus maldito que hoy ahorca las esperanzas de la humanidad de disfrutar un periplo vital largo y fecundo.
Se nos fue Ruth y con ella se sepultaron muchos sueños, planes y proyectos, nos dejó en este mundo de inversiones de valores, y mientras ella va cruzando de la penumbra a la luz donde todo resplandece, todo parece oscurecer en este mundo de egoísmo, envidia, impiedad y falsas amistades, en este momento brutal cuando se rinde pleitesía al violador de la ley y se pasa por encima de los derechos de quienes tienen el propósito de hacer de su tierra un oasis en el desierto, que sacan la cara por su tierra.
Ruth, tu vida fue corta, pero el recuerdo en la mente de tus amigos es perenne, acuérdate de nosotros, ahora que estás en tu santo reino.







