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Mi escuela… coplas, tiza y sacapuntas

Por: Luis Eduardo Acosta Medina
noviembre 8, 2021
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“Soy un universitario  que estudio con sacrificios, siempre vivo esperanzado en ser un buen profesional, y como soy muy parrandero muchos se imaginarán que soy un irresponsable al frente de mis compromisos, y como soy un hombre sin prejuicios nunca he tenido en cuenta el qué dirán”.

Hemos transcrito preliminarmente una parte de la canción titulada ‘El estudiante pobre’ de la autoría de ‘Poncho’ Zuleta que grabaron él y su hermano en el año 1972, está en el LP titulado ‘La Cita’, vino a mi mente esa canción, a propósito de la llegada de noviembre con su olor a vacaciones.

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Evidentemente, hoy abrí mis ojos al despertar, y al  asomarme a la ventana vino hacia mí un halo de brisa de inconmensurables connotaciones, era la brisita novembrina que aparece y desaparece durante las primeras horas del día, a veces con briznas impregnadas de gotitas de agua bendita que cae desde el lugar donde se encuentran nuestros seres queridos que ya han partido, es  para recordarnos la cercanía de las vacaciones de los muchachos y la proximidad de la fiesta más linda y sentida  del mundo, la natividad, temporada que esta vez nos recibirá, extrañando muchos abrazos, echando de menos a nuestros familiares que partieron sin fecha de regreso, porque no eran los de ellos los mismos planes de Dios.

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Dan vueltas en mi mente los más sublimes recuerdos de mi escuela que durante estos días, en medio de exámenes finales que se preparaban con las uñas, bajo la sombra tutelar de esmerados maestros y maestras que sin más ayudas que las cartulinas, el corazón, la tiza y el tablero daban todo de sí para formarnos académicamente para que pudiéramos librar dignamente la batalla por la vida, eran unos héroes, que desempeñaban su oficio por vocación y no por obligación, que disfrutaban a plenitud la honrosa responsabilidad de educar a los vástagos ajenos.

Igual, recuerdo como si hubiera sido en días pasados, aquella vez, cuando cursaba Quinto elemental en la Escuela Rural Mixta de Monguí, y para la celebración del Acto Cívico del Día de la Raza el 12 de octubre, seleccionaron varios estudiantes para declamar poesías  durante la izada la bandera, y se me encomendó  que en lugar de poesía   diera a conocer  unas coplas que  había preparado y se lo había comentado a María Ojeda mi profesora de grupo, ella me autorizó para presentarme con eso diferente a los demás, aquel día, refiriéndome al docente Gunter  Laureano Perea, un chocoano que fungía como rector lo siguiente:

“Al Profesor Perea se lo digo muy en serio, que por estar bebiendo y en peleas, lo veré en el cementerio”.

Como se sabe, en los pueblos, todo mundo le conoce la vida a los demás, la gente se quejaba porque  que  los fines de semana ese profesor viajaba a Riohacha y regresaba borracho, o enguayabado, y había escuchado que tenía el “Ojo colombiano” por una pelea que había tenido, sucedió que mis palabras fueron premonitorias,  un mes después, el rector estaba en el cementerio y precisamente murió mientras andaba  de parranda en Riohacha, sufrió un accidente; aquello me marcó para siempre, nunca he podido olvidar aquellas coplas que titulé así “Coplas Escolares” que también incluía mi queja por el viajeteo de los docentes, cuando dije que “Los maestros de Monguí, solo se preocupan por comer, dormir y viajar, esperando el fin de mes para ir a Riohacha a cobrar”, claro, los que no tenían velas en el entierro, me aplaudieron, pero la vaina no cayó bien ni al profesor bebedor, ni a los otros tampoco, porque viajaban más que la perrita de Copatran, ellos los deben recordar.

Ya no se siente en las escuelas y colegios el olor embriagador a cal  de la tiza, ni a la madera del lápiz cuando le sacábamos punta con unos aparaticos de pasta de colores fuertes  que cuando  se soplaban con la boca para sacar la basura súbitamente perdían el filo y no volvían a servir, los exóticos pegantes acabaron nuestra costumbre de pegar todo en los cuadernos con Jovita verde, porque la amarilla no pegaba, pero era sabrosa, los muchachos ahora todo lo tienen en internet, cuando a nuestra generación le tocó el turno, todo había que hacerlo, inventarlo, trabajarlo, lucharlo lo que nos permitió desarrollar habilidades para muchas cosas que hoy nos sirven en la vida cotidiana, los periódicos que mi padre llevaba eran la fuente de las consultas, los Almanaques de Bristol que mi vieja repartía también, no habían enciclopedias, ni computadores y menos servicio de energía, eso sí, no nos faltaba nada, nadie añora lo que nunca ha tenido.

En mi escuela, no habían compañeros de estudios, todos éramos hermanos y todo se compartía, nuestros maestros y maestras exaltaban con la banderita al pecho el rendimiento escolar y el comportamiento y conducta, y durante las clausuras entregaban menciones honoríficas, por cierto una persona bastante conocida, que hoy en día es profesional de Administración de Empresas, clavó la mención honorífica que le fue entregada una vez en la puerta de su casa, con clavos, no estoy autorizado a revelar su nombre.

Fue aquel noviembre diferente a los anteriores, la muerte de ese profesor enluto el colegio, y la fresa del postre, es que el día que los estudiantes de cuarto nos hicieron una comida de despedida a los de Quinto, apenas nos estaban sirviendo el chivo guisado y el sancocho, cuando sucedió una tragedia que cambiaría para siempre muchas cosas entre nuestros pueblos hermanos del sur de Riohacha, sobrevino una guerra dolorosa y fatal, con pérdidas de gente valiosa de la región, imposible olvidar cuando todos los padres y madres de familia llegaron aquella noche a buscar presurosos a sus hijos y sus hijas para llevarlos a la casa mientras se escuchaban disparos de armas de fuego,  mi tía Nelis Medina me fue a buscar y nunca he podido saber como hizo para sacarme entre dos guaduas de la cerca del colegio que entonces no tenía cerramiento de concreto, y lo cercábamos nosotros mismos, ella entre ese guadual, me jaló hasta cuando estuve fuera, y corrimos a la casa, sin saber yo que estaba pasando, la ceremonia de grados, fue al día siguiente, tensa y bastante triste, la tradicional fiesta grande por el más importante acontecimiento social de mi pueblo, aquella vez fue súbitamente marchitada.

Allí permanece mi escuela como centinela vigilante de la vida y obra de todos aquellos que bajo su techo y en sus montes cercanos en los recreos vivimos los años dorados de nuestra inocencia supina, era el tiempo cuando la gente era buena, ningún nacido en Monguí le deseaba ni hablaba mal a sus coterráneos, bebíamos leche de la misma vaca, y se cultivaba en la mente de todos el orgullo de haber nacido en ese lugar que entonces, ni siquiera aparecía en el mapa de Colombia.

La verdad recordar esos tiempos, y ver y escuchar  las cosas que suceden hoy en día dan ganas de llorar, Dios se apiade de mi gente.

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