En el día clásico del educador, creo que todos rememoramos con gratitud y cariño a quienes fueron nuestros maestros, desde los bancos de las escuelas, donde a duras penas se aquietaba nuestra infancia, hasta la culminación de nuestros estudios que, con la rutinaria y solemne entrega de un diploma, nos enfrentó de lleno a una lucha vital.
Sacrificio que el buen maestro es siempre generosidad, constancia, abnegación y sacrificio. Y si poseemos conocimientos confiables para esas propuestas, que son virtudes suficientes para orientarla hacia el bien, lo debemos en buena parte a esos inolvidables educadores; tal la razón de ese cariño y gratitud, que nos hace situarlos al lado de nuestros padres, en la interioridad del recuerdo afectivo. Felicitaciones solidarias a los maestros fonsequeros, guajiros maestros dones de la cultura de la espiritualidad su blindada al servicio de la educación.
Entre todas las profesiones de que la sociedad humana la educación progreso y enriquecimiento moral, la del educador, es una de las más ajustadas e indispensables: ¿Qué hubiera sido de nosotros abandonados a nuestras propias fuerzas, sin el influjo y la dirección de los maestros?; la humanidad en general dentro de sus limitaciones, modesta y fecundamente, a esos logros y realización, que patentizan los maestros y todos los docentes de Fonseca y La Guajira; ilustres de la educación empática. Gracias colegas, hermanos del progreso educando.
Sin embargo, la misma dignidad y alteza de la labor educativa nos mueve a dedicar estos momentos, más que a una exaltación de méritos, a un rígido examen de conciencia sobre nuestras impotencias y limitaciones. ¿Por qué ese examen es el punto de partida para toda superación? Para que cada día nuestra obra sea más fecunda para la niñez y la juventud confiadas a nuestro cuidado. Cada vez seamos más conscientes de la tremenda responsabilidad que venturosamente nos tocó loablemente y estemos satisfechos de nuestros logros y cambios, aspiremos siempre a ser mejores, a formar y orientar mejor a nuestros discípulos con la calidad humana llena de liderazgo en bálsamos gratificantes de amor por sus obras. Gracias mis dilectos líderes educadores.
Colombia y el mundo soportan hoy una época de crisis tan aguda como pocas de la historia. Aunque esta, si la estudiamos con cuidado, nunca ha dejado de ser una sucesión continua de crisis; pero vivimos años en que los valores fundamentales de los hombres de problematizan más allá de un justo límite. En que las estructuras sociales y políticas se conmuevan de sus cimientos. En que muchos creen que la violencia destructora es necesaria para reconstruir el mundo. El niño es la semilla del futuro, el maestro, el péndulo de sus orientaciones en su saber cotidiano. Hoy éticamente felicitemos la grandeza de los maestros, sin egoísmo.
Frente a ese caos ideológico y moral, creo firmemente que, a nosotros, nos corresponde luchar por la renovación del mundo dentro de la paz. Pero una paz basada en la justicia, justicia que implica la igualdad de oportunidades para que todas las mujeres y hombres tengan acceso a los bienes de la cultura, materiales, que son el presupuesto de una vida digna; si logramos encaminar a la niñez, y a la juventud para el logro de tales metas, habremos cumplido nuestro deber; si no, Dios y la patria habrán de juzgarnos por no haber estado a la altura de nuestra misión sagrada de educar con amor a nuestros alumnos en tiempos de crisis de valores y principios. El arte de la política sana y educación es servir.







