Eran las 5:00 de la mañana, Riohacha amaneció con estruendo aguacero, las aguas mojaban las secas calles y carreras de la ciudad, los estudiantes de la Divina Pastora y Sagrada Familia pasaban casi corriendo porque ya casi cierran el portón, los trabajadores de la Gobernación, igual los de la Alcaldía y bancos, iban caminando a pasos aligerados, con sombrillas para evitar mojarse.
Yo también iba tarde, caminaba por la carrera 11 y en la esquina de la calle Ancha me detuve, como de costumbre a darle la monedita a ‘Rambo’ para el café, pero dormía tranquilamente, cosa que me extrañó profundamente, ya casi cerraban el portón de la Sagrada y encima de su cuerpo, la monedita dejé. Los rumores no cesaban, todos lamentaban su muerte: en el centro de Riohacha, en los barrios, en las oficinas y en toda la ciudad. Jairo Manuel Ramírez Pérez (Jair Lopesierra Salas), su verdadero nombre; su oficio, cuidar celosamente el cementerio; un hombre espontaneo, relajado, hablaba locuras y hacía reír a la gente; a veces hablaba incoherencia, refería historias de los marimberos, políticos y personajes.
Su mirada era lejana y triste, expresaba en versos su tristeza, todos dicen que ‘Rambo’ era un tipo demente, otros dices que era una locura fingida; asustaba a los foráneo; se metía con autoridades, políticos, artistas y empresarios. ‘Rambo’ no era peligroso, en su mundo desenfrenado decía verdades. Cuando salían noticias de Riohacha y La Guajira le preguntaban cuál era su opinión solo para deleitarse en su imaginación; sus críticas hacia los políticos eran entre incoherencias y verdades, por eso lo buscaban, para preguntarle y como cosa rara estaba actualizado de los acontecimientos de Riohacha.
‘Rambo’, hablaba de su familia, de su barrio y amigos pero con profunda tristeza, quiso ser abogado, médico o locutor; eso lo comentaba histéricamente. La gente le gustaba escucharlo porque hablaba de corrupción y de corruptos como si conociera del tema, con nombres propio, sin miedo, sin prejuicio; sabía que nada le iba a pasar. Era un personaje típico, con sus vestiduras rotas, pies descalzos, cabellos largo, rizos despeinados, sombrero roto. Su herramienta de trabajo una pistola de madera amarrada con trapos viejos, con ella, asustaba a los foráneos.
Eran las 4:00 de la tarde, el sacerdote se preparaba para iniciar la misa y dar sana sepultura a ‘Rambo’, las campanas repicaban una y otra vez anunciando que la misa inicia pronto. Me alisté corriendo y me puse mi vestido gris y tomé camino hacia la Catedral Nuestra Señora de los Remedios; el silencio era notorio y solo estaba la novia de ‘Rambo’, la administradora del cementerio y yo. ¿Quién era ‘Rambo’? ‘Rambo’ no era abogado, tampoco médico y mucho menos locutor; era un ser humano que un día perdió el horizonte de su vida, un ser humano con sueños, esperanza e ilusión, pero no contó con tal suerte y por eso su vida frustró.
Su destino, ese destino que él tomó o que la vida le entregó, no lo sabemos. Sigilosamente salí a dar una vuelta a la manzana a ver quien venía acompañar, todo el mundo estaba ocupado; los niños haciendo tareas, los padres en el trabajo, el carretillero vendiendo sus frutas, solo veo a la gente pasar. El padre anunciaba una vez más que la misa va comenzar.
Mis lágrimas mojaban mi rostro, miré alrededor todas las sillas estaban vacías, detenidamente escuché el sermón, el padre hablaba de la vida, la muerte y la fe. El mensaje que sólo lo escuchaba yo. La novia de ‘Rambo’ hablaba sola sin cesar, la administradora del cementerio entretenida con su celular. Un mes después en su tumba dejé una lápida que decía: Aquí yace un hombre del pueblo que su vida pudo cambiar.







