Probablemente algunos de los que me dan el honor de leer mis escritos de opinión van a considerar este con un tinte de intolerancia o un rasgo de discriminación, pero es que por estar observando ciertas situaciones que se han venido dando en el actual Gobierno nacional, y al cruzarlas con los códigos de ética y principios de vida con los que me criaron, con los que me he desarrollado y me he formado, los que he implementado en mi proyecto de vida a lo largo de los años, las encuentro como fuera del universo de los principios comunes de la sociedad en que habitamos, y encuentro en muchas situaciones que exigen mínima cortesía, respeto, autoridad y grandeza, ciertas desfiguraciones en el comportamiento público y privado de funcionarios de alto nivel del Estado y del Gobierno, que riñen con la majestad y justicia que dichas posiciones demandan, o por lo menos exigían antes.
Los voceros políticos y activistas de la ideología de izquierda, y también algunos de centro y de derecha, tienen insertado dentro de su discursiva política de promoción y motivación popular, los acontecimientos de hace más de 200 años. Ellos afirman con referencias de hechos y episodios de la historia patria de nuestro país, que el sometimiento, la subyugación y la discriminación que se sufrió por parte de la clase conquistadora y luego desde 1810, por la élite política criolla que se hizo al dominio político y del poder en 1819, es un hito de humillación humana.
El punto es, que trasladando todos esos acontecimientos de oprobio, vejámenes, predeterminación e imposición social y cultural que esa clase criolla nuestra impuso, lo que pudo haber quedado como orgullo por la libertad que lideró Simón Bolívar, Nariño, Santander y otros tribunos, entonces, según la posición política de esos líderes y activistas de hoy, lo que quedó fue un resentimiento social y político estructural que hasta el día de hoy lo tenemos hasta en los tuétanos. Creo que ese resentimiento no puede ser un aval eterno para manejar hoy el Estado y funciones de este Gobierno, como les dé la gana.
Hoy, hábiles y ladinos miembros del Gobierno, han creado e implementado la forma más perversa, espuria y vulgar, que riñe con los principios de buen Gobierno, de la buena diplomacia y con la honestidad necesaria para representar bien al Estado y al Gobierno.
Creo que ese resentimiento a los colombianos nos está causando una confusión de valores y principios éticos, sociales y políticos por las actuaciones, por ejemplo, de Armando Benedetti, por la tolerancia del presidente Petro con todos sus acontecimientos, con sus imputaciones jurídicas, sus inhabilidades personales y situaciones familiares; también con las públicas y groseras peleas de Benedetti y Laura Sarabia; por la inconformidad y el rechazo público, pero no en privado de Francia Márquez y de Susana Muhamad a Armando Benedetti; por los tantos audios de corrupción, intriga y tráfico vulgar de influencias y negociaciones de Armando Benedetti para salvarse de la justicia.
Somos testigos los colombianos que ha implementado Benedetti un estilo ramplón, de baja ralea que desafortunadamente cala y gusta a aquellos que tienen ese resentimiento muy profundo; estilo que es aplaudido por quienes creen que comportándose así le hace daño a la clase política que no es de su corriente; estilo que causa hilaridad y al mismo tiempo preocupación por ver y sentir lo bajo y de poca majestad en que ha caído la noble tarea de representar a Colombia, a su estado y a su Gobierno dignamente.
En fin, todos esos actos ilegítimos y vulgares de comportamientos que hoy estamos viendo, no tienen antecedentes en la historia diplomática del país, de un ministro de Gobierno y de la política, y en el relacionamiento público de los altos poderes del Estado. No hay que desconocer que en todo Gobierno existe y han existido posiciones encontradas, lucha de poderes, pero cuando prima la prudencia, la sensatez y el respeto por las funciones de cada uno, y al mismo tiempo por tener cada funcionario muy claro en la cabeza que un burócrata de estas calidades representa es a un país y a todos sus habitantes, por eso no se ha evidenciado la pérdida de majestad del funcionario ni del Gobierno, como lo estamos viviendo hoy.
No se trata de prejuicios, pero toda esa serie de afectaciones a la reputación del Gobierno averían su imagen en el exterior; el comportamiento desabrochado y desbocado de sus funcionarios en dimensiones tan sensibles del Estado (diplomacia, Ministerio de la política, sector salud, sana convivencia al interior del Gobierno), tienen repercusiones tanto adentro del país como afuera; los demás países e incluso los inversionistas nacionales y extranjeros, toman sus precauciones por el impacto político que esto genera y comienza a crearse desconfianza en las actuaciones del Gobierno y en las de sus funcionarios responsables de quehaceres muy importantes del Estado.
Definitivamente pareciera que estuviésemos pujando por el remoquete o calificación de ‘República banana’.
Es aquí donde debemos detenernos a pensar que, a pesar de tantas cosas acontecidas en esos 200 años, tenemos ganado, pero a punto de perder, el respeto mundial de país serio y de una democracia sólida e idónea, y eso, por haber tenido antes funcionarios del Gobierno con talla de estadistas, con altísimas calidades en la formación humana, técnica y profesional para el manejo de las instancias del Estado. Ahora nos está matando el contubernio y la improvisación con funcionarios cuyos perfiles ‘son ajustados’ para asumir responsabilidades tan sensibles y representativas del Gobierno y del Estado. ¿Será que el nuevo orden de perfiles y requisitos de los cargos que maneja este Gobierno, ya no exigen formación, calidades e idoneidad para ejercerlos?
No quiero dejar pasar por alto y plasmar una de las tantas definiciones que existen de Majestad: “aunque no es un valor en sí mismo en el sentido de un principio ético o moral, si puede ser percibida como un valor en sí mismo, especialmente cuando se relaciona con la autoridad, el respeto o la grandeza”. Majestad es una cualidad que inspira admiración.
¡Presidente Petro, no deje de proponer cambios que realmente sean factibles y de transformación social efectiva, pero devuélvale o implemente la majestad a las funciones del Estado! ¡Eso también es dignidad!








