Debo iniciar diciendo que desde hace meses he sentido la necesidad de escribir sobre el genocidio en Gaza. Muchas veces lo intenté: comenzaba unas líneas y luego las suspendía, no por indiferencia, sino por el peso abrumador de la impotencia, por la angustia de no hallar palabras que estuvieran a la altura del horror. Pero el silencio también es una forma de complicidad. Y no quiero ser cómplice.
Hoy, finalmente, he decidido terminar de escribir, no solo para estar en paz con mi conciencia, sino para poder mirar a los ojos a mi nieto, Salomón José, cuando algún día me pregunte: “¿Dónde estabas abuelo mientras ocurría el genocidio en Gaza? ¿Qué hiciste cuando los niños morían de hambre y los ancianos de sed?” Que no me tiemble la voz cuando le diga que al menos escribí, que alcé mi palabra, que no me refugié en la comodidad de la distancia.
Porque estoy convencido que en algún rincón del mundo, un niño llora de hambre mientras su madre le canta una canción de cuna que suena más a despedida que a un consuelo. En otro punto de ese mismo territorio sitiado, un anciano intenta recordar el nombre de su nieto bajo el estruendo de una bomba que acaba de caer a unas cuadras. En Gaza, la muerte se ha vuelto costumbre, y el horror, rutina. No hay palabras suficientes para describir la magnitud del dolor, pero sí hay una pregunta que retumba con fuerza: ¿debemos aceptar que los genocidas dicten normas sobre derechos humanos?
Como abogado sé que la humanidad ha recorrido siglos intentando civilizar la guerra, mitigar su brutalidad, contener su barbarie. De ese esfuerzo, surgió el Derecho Internacional Humanitario, un pacto ético y jurídico que establece los límites, incluso en medio del conflicto armado. Este cuerpo normativo no es un capricho legal, sino una expresión de la dignidad humana que proclama que ni siquiera la guerra justifica todo. Que incluso entre el traqueteo de los fusiles, debe haber reglas. Que los niños no son enemigos. Que los hospitales no son trincheras.
Pero hoy, en Gaza, esas normas han sido hechas trizas ante los ojos atónitos y muchas veces cómplices del mundo. Desde octubre de 2023, tras los dolorosos y condenables ataques cometidos presuntamente por el grupo insurgente Hamas en territorio israelí, se desató una respuesta militar desproporcionada, despiadada y continuada por parte del Estado de Israel, que ha convertido a toda la Franja en un campo de exterminio a cielo abierto.
La historia ha conocido ya estos rostros de la infamia. El siglo XX vio emerger el nazismo, los campos de concentración, el Holocausto. En ese entonces, la humanidad tardó en reaccionar porque no sabía. Hoy, en cambio, todo está a la vista. Las imágenes de cuerpos sin vida bajo los escombros, las voces de auxilio de médicos que claman por suministros, las cifras de niños muertos superando cualquier umbral de horror, son transmitidas en tiempo real. Como lo dijo el arzobispo Desmond Tutu con claridad profética: “Si eres neutral en situaciones de injusticia, has elegido el lado del opresor.”
¿Dónde están los que deben alzar la voz? ¿Dónde están los organismos internacionales cuya razón de ser es impedir que la barbarie imponga su Ley?
La ONU, la Corte Penal Internacional, la OEA… han demostrado una lamentable impotencia. Las resoluciones se emiten, las sesiones se convocan, pero el fuego no cesa. Mientras tanto, los pueblos siguen muriendo en silencio. No sólo por las bombas, sino por el agua contaminada, por la falta de medicinas, por el hambre, por la sed.
¿Y qué decir de nuestra América Latina? ¿Dónde quedó el espíritu de Bolívar, de Martí, de Allende? ¿Qué nos pasa como pueblos que hemos sufrido la colonización, el despojo, la miseria? ¿Acaso no deberíamos ser los primeros en gritar ante cada niño asesinado, ante cada madre enterrando a su hijo bajo metralla extranjera?
El caso reciente de los 252 migrantes venezolanos secuestrados sin debido proceso en El Salvador debería llenarnos de vergüenza. Hombres y mujeres que huían del hambre, que buscaban un horizonte, fueron detenidos y recluidos como criminales en una cárcel de máxima seguridad, sin asistencia jurídica, sin derecho a la defensa, sin voz. Ningún presidente de la región alzó su voz. Ninguna Cancillería emitió protesta. Fue solo a través de una negociación entre Venezuela y Estados Unidos que lograron su liberación.
El mundo atraviesa una crisis ética. No es solo una cuestión geopolítica o ideológica. Es una lucha entre la dignidad humana y la deshumanización. Entre el Derecho y la fuerza. Entre la justicia y el cinismo. Porque si seguimos permitiendo que quienes masacran a pueblos enteros se sienten en las comisiones de derechos humanos; si callamos cuando las potencias patrocinan crímenes de guerra con el discurso de la seguridad; si aceptamos que el derecho a la defensa se use como excusa para el exterminio, entonces habremos perdido más que una batalla: habremos perdido el alma del ser humano.
El Derecho Internacional Humanitario no es letra muerta. Es un grito civilizatorio que exige humanidad en medio de la guerra. Prohíbe el ataque a hospitales, la destrucción de escuelas, el bloqueo de ayuda humanitaria, la utilización del hambre como arma de guerra. No se trata de justificar el terrorismo de ningún grupo insurgente, como el perpetrado el 7 de octubre de 2023 en Israel, que debe ser condenado y juzgado. Pero el castigo a un crimen no puede ser un crimen mayor. No se combate el terrorismo con terrorismo de Estado.
El genocidio en Gaza es una úlcera abierta en la conciencia del mundo. Un cáncer que sangra mientras los discursos diplomáticos se acumulan. Una herida que se hará incurable si los pueblos no se levantan, si los gobiernos no exigen el cese al fuego, si los organismos internacionales no actúan con firmeza. Ya no hay excusas. Ya no hay desconocimiento. Ya no hay neutralidad posible.








