Con el corazón hecho añicos confieso estas líneas de bálsamo con ocasión de un nuevo aniversario del terrible mazazo que el siglo XX en su declive asestó a la estirpe construida a pulso por mis padres, sentenciándola a la sombría orfandad. Fue cuando Ita, mi mamá, se despidió de este mundo y viajó al del sueño infinito.
Mientras aprendía las primeras letras en la escuela rural de Monguí me parecía inconcebible la idea de perder la mamá. En los días de la Madre solíamos realizar actividades especiales, como llevar un clavel rojo fijado con una nodriza al lado izquierdo de la camisa, en señal de que teníamos una mamá viva. Pero había un niño al que le ponían un clavelito blanco. Yo lo miraba y no entendía cómo es que podía seguir viviendo. Y cantábamos ‘Clavelito Rojo’.
Tiempos después, cuando terminaban las vacaciones estudiantiles un trozo de sentimientos atragantaba mi alma porque dejaba lo más querido en la fría soledad de su tienda de víveres y siempre me asaltó el extraño y espantoso presagio de que no volveríamos a vernos. Era como una pequeña muerte anticipada que sufría en el silencio de la noche previa a la partida.
Con disimulo recorría con la mirada y el tacto las pequeñas cosas tan valiosas para mí: su cabello encaneciendo, la cocina, la vitrina, la mesa, el olor de las hamacas, sus vestidos colgados (siempre de luto), el patio, para llevarlos en la otra maleta, la de los recuerdos, como si nunca más volvería a encontrarlos.
El dolor del guayabo durante días y noches aplastaba mi pecho porque fue indeleble la huella esculpida con el cincel de su ternura en los cinco felices años en los que fui su consentido, su tucutucu, su vejé, su maco, su rey, hasta cuando se le dio a mi hermano ‘Nene’ por venir y sacarme del trono del pechiche, pero por no dejar porque ya la obra estaba hecha.
En aquel tiempo el reporte de llegada a la ciudad de destino (Medellín, en mi caso) a través de un “Marconi” de Telecom era una larga peregrinación que pasaba por la casa del tío Félix en Riohacha, de donde se reenviaba a Monguí cuando hubiere alguna “ocasión”, es decir, cuando algún pariente visitaba la casa de paso y recogía la correspondencia y los recados.
Toda esta historia de años pasa por mi cabeza en minutos cuando llego a mi casa materna y me topo con los fantasmas de mis recuerdos, mis sueños y mis temores, presentes en cada rincón, y en ellos encuentro la presencia de Ita y de papá, de su alegría cuando llegábamos sus hijos, de su orgullo por ver cumplidos sus más caros anhelos.
Estas evocaciones arropan el dolor por su ausencia y lo mitigan, al tiempo que renuevan el compromiso de valorar siempre el sacrificio que le merecimos para hacer de nosotros dignos frutos de su nobleza sin fin.







