No es todos los días que un Pontífice alza la voz con la claridad de una campana de catedral. Pero el pasado martes, desde el corazón de España, el papa León XIV lanzó una orden directa a los fieles católicos del mundo entero: en las elecciones democráticas de sus países, los fieles católicos, están obligados en conciencia a votar por candidatos que busquen la paz, la fraternidad y el respeto a la vida humana. Y, con igual firmeza, a rechazar a aquellos que siembran odio, alimentan guerras y se presentan como salvadores absolutos. “No sigáis a falsos mesías”, dijo el santo padre. Y es por eso de que ‘quien habla de destripar al adversario no puede llevar la cruz de Cristo’.
La reacción no se hizo esperar. En cuestión de horas, desde su cuenta personal en la plataforma X, el expresidente estadounidense Donald Trump arremetió contra el papa con una violencia retórica pocas veces vista. Lo llamó ‘dirigente de una institución podrida’, lo acusó de ‘meter la nariz en política’ y, en un exabrupto que dio la vuelta al mundo. La publicación, llena de mayúsculas y faltas de ortografía, logró lo contrario de lo que pretendía: en lugar de desacreditar al Pontífice, evidenció la razón misma de la advertencia papal. Porque si algo caracteriza al ‘loco de Trump’ (como ya muchos le llaman sin temor) es ese mesianismo loco, esa promesa vacía a los medios y ese lenguaje de descuartizamiento político que León XIV acaba de calificar como incompatible con la fe católica.
Pero el papa no se achicó. Al contrario: desde el Santuario del Pilar de Zaragoza, en un acto multitudinario, dobló la apuesta. “Aquí en España, que tanto sufrió la división, os digo: ningún católico puede aplaudir a quien llama a ‘partir en dos’ a los que piensan distinto. Eso no es política, es barbarie”. Y entonces vino lo más relevante para miles de cofrades, caballeros de la Orden de Malta, miembros del Camino Neocatecumenal, de la Comunidad de San Egidio y, muy especialmente, para los integrantes de Emmaus y demás cofradías penitenciales. “Si una hermandad prefiere la espada a la palabra, que devuelva la cruz al obispo. Porque no se puede cargar con Cristo y con el odio al mismo tiempo”.
La orden es clara. No admite medias tintas. Y coloca a los miembros de Emmaus (y a tantas otras cofradías que históricamente han preferido la procesión silenciosa al grito de tribuna) frente a una decisión ineludible: ¿a quién obedecen, al pastor de la Iglesia o al candidato ateo que viene disfrazado de creyente y que besa la mano de los fabricantes de tanques? ¿Siguen al papa que pide fraternidad o aplauden al que justifica la invasión de Ucrania o los bombardeos en Gaza? Porque ya no se trata de una sugerencia pastoral, sino de una directiva que toca el núcleo del voto católico: quien apoya a un candidato belicista, de discurso destripador, se hace cómplice de su pecado.
En Emmaus (esa cofradía que tantas veces ha desfilado en Semana Santa con el paso medido y el capirote al viento) la crisis es interna y profunda. No faltará quien intente justificarse diciendo que “la fe es una cosa y la política otra”. Pero el papa ha sido terco: quien separa la fe de la caridad política está viviendo un evangelio mutilado. Y en privado, según fuentes vaticanas, León XIV fue aún más gráfico: “prefiero una iglesia vacía pero fiel, antes que llena pero arrodillada ante los falsos profetas de la guerra”.
Así que ya saben, hermanos de Emmaus, caballeros, cofrades, feligreses de a pie. El papa ha hablado desde España, con la autoridad de quien sabe que el mundo se desgarra. No se trata de izquierdas o derechas, dicen sus teólogos de cabecera. Se trata de si el cristiano puede votar a quien considera al adversario como un estorbo que hay que ‘destripar’. Quien quiera seguir a Trump o a cualquier otro mesías violento, que lo haga, pero que no cargue la cruz ni busque el incienso. Porque a partir de ahora, obedecer al papa es la única forma de seguir siendo católico. Y cuando el papa ordena, Emmaus debe obedecer. O dejar de ser Emmaus.








