A quienes aún caminan de a dos por la vida, les escribo esta carta nacida desde el amor y la ausencia. No es un lamento, sino un homenaje. No es una elegía, sino una ofrenda de memoria y gratitud.
Beatriz fue mi compañera durante 43 años, y aunque ya no está físicamente a mi lado, su presencia sigue moldeando mis días como una luz que no se apaga. Este escrito es para ella, pero también para ustedes —los que aún se tienen, los que todavía comparten el café de la mañana, las rutinas simples y las palabras sin necesidad de explicación—, para que abracen más fuerte, hablen con más ternura, y no den por sentado el milagro cotidiano de amar y ser amado.
Conocí a Beatriz una tarde de julio de 1981, cuando la vida me sorprendió con su mirada. La trajo a Maicao un receso escolar y la casualidad –o quizás el destino– de tener una hermana viviendo aquí. Me la presentó un entrañable amigo de infancia. Bastó verla para que algo se agitara en mí, como si mi alma hubiera reconocido a quien buscaba desde siempre. Ella, en cambio, se mostró serena, impasible, casi ajena a la tormenta que había desatado en mí.
Al año siguiente decidió establecerse en Maicao para estudiar. Coincidimos en el mismo colegio, aunque en diferentes jornadas. Nos encontrábamos en la biblioteca del Colegio San José, donde yo participaba de un grupo de estudios que iba más allá de las materias académicas: hablábamos de política, de sociedad, de sueños. Habíamos creado la Juventud Progresista de Maicao, una organización estudiantil que me honré en ser su vicepresidente. Beatriz no militaba con nosotros, pero su presencia entre libros y silencios nos daba una certeza inexplicable de armonía.
Fue allí donde empezó a florecer nuestro amor. Iniciamos un noviazgo que duró cinco años. Luego nos casamos de forma muy sencilla, sin banquetes, sin vestidos blancos ni valses: frente a un juez, con algunos amigos cercanos como testigos. Una decisión que reflejaba nuestras convicciones de entonces, inspiradas por la sencillez y el pensamiento crítico de los intelectuales de izquierda que admirábamos. Nos bastaba con saber que nos teníamos el uno para el otro.
Beatriz me acompañó durante 43 años. Fue mucho más que mi esposa: fue mi compañera, mi brújula emocional, el pilar que sostuvo mi vida en los momentos más difíciles. Me dio dos hijas que hoy son mujeres profesionales, independientes y nobles, reflejo de su temple y dulzura. Fue la roca sobre la cual edifiqué mi existencia.
Nunca olvidaré aquella madrugada de diciembre de 2003. Un accidente de tránsito estuvo a punto de arrancarme la vida. Por fortuna, ocurrió frente a la Clínica Maicao. Desperté en la camilla, confundido, entre médicos y amigos. Lo primero que pedí, casi sin conciencia, fue a Beatriz: “Llamen a Beatriz… Ella me salva”. Lo repetí varias veces hasta que un médico salió a buscarla. Cuando llegó, tomó mi mano, me miró a los ojos y me susurró al oído: “Esto también pasará”. En ese momento supe que la muerte tendría que esperar. Esa madrugada su voz me sostuvo, su amor me devolvió la vida.
Beatriz fue nobleza en estado puro. Nunca alzó la voz para herir. Amaba con profundidad, con esa ternura que no se exhibe, pero que se siente como abrigo. Fue una amiga incondicional, una madre entregada, una compañera leal. Durante más de 14 años luchó contra la diabetes. Aunque hicimos todo lo posible –ella con disciplina admirable, nosotros con amor y esperanza– la enfermedad fue mermando su salud. En el año 2020 su condición se agravó, y el 14 de noviembre de 2024 su cuerpo se rindió, aunque su alma sigue viva en mí, en nuestras hijas, en cada rincón de nuestra historia.
La muerte es una certeza de la vida, y aun así nos toma por sorpresa. Vemos partir a otros, casi a diario, y nos engañamos creyendo que nuestra familia está exenta. Aun con un diagnóstico grave, con todos los signos de alerta, en el fondo siempre creemos que los que mueren son los de otras familias. Nadie nos prepara para ese momento en que el corazón se nos rompe de verdad.
Desde esa ausencia física que todavía me duele, quiero compartir esta reflexión con quienes aún tienen la bendición de tener a su compañera o compañero de vida a su lado. No basta con amar: hay que cuidar, respetar, escuchar. Hay que vivir a plenitud cada instante, por simple que parezca. A veces creemos que la rutina es tedio, pero no. La rutina es privilegio. Tener a alguien con quien compartir el café, el silencio, las noches sin conversación, los días de fiesta o de enfermedad… eso es un milagro cotidiano.
No dejen palabras por decir, ni abrazos por entregar. No permitan que los malentendidos se acumulen como nubes grises sobre el amor. Porque cuando uno de los dos parte –y no sabemos nunca quién se irá primero– lo único que puede darnos paz es haber amado con integridad, sin reservas ni egoísmos.
La familia debe ser lo primero y lo último. Es el origen, el destino y el refugio. Y dentro de la familia, la pareja es la alianza que le da sentido a los días. Yo tuve la fortuna de compartir la vida con Beatriz, y hoy estoy convencido que el milagro que tanto le pedimos a Dios, no fue que la sanara, sino que me la diera de compañera durante 43 años. Me quedan los recuerdos, las hijas que criamos juntos, los silencios que ahora me acompañan, y una gratitud inmensa por haber sido el elegido por ella para caminar juntos esta travesía.
Hoy le hablo desde el duelo, pero también desde el amor. Porque el amor se transforma en legado, en memoria viva.
Gracias Beatriz, por tanto…







