El vandalismo es la destrucción deliberada de la propiedad pública o privada. Incluye conceptos como el daño violento al patrimonio, por lo que los vándalos en la historia han sido símbolo del salvajismo y de la incivilidad. El término vándalo hoy se utiliza con las personas que cometen acciones propias de la gente salvaje. Es una conducta destructiva que no respeta la propiedad ajena y que suele expresarse a través de la fuerza. El despojo paramilitar de tierras, la minería en Santurbán y las pretensiones del fracking, representan grandes actos vandálicos.
Estamos en medio de dos tipos de vandalismo; el estatal que dilapida los recursos públicos y mantiene una desigualdad sin igual en América, que ampara la impunidad y el asesinato de líderes sociales. La pandemia y el sometimiento al hambre del quédate en casa sin comida, mientras prácticamente se le regala dinero a amigos y familiares en empresas extranjeras, representan la mayor de las violencias. Son una serie de cosas vandálicas que crearon un polvorín o estallido social que despierta a ese otro vandalismo que se da en medio de la protesta social, que en contadas oportunidades ha sido de origen indeterminado.
Aunque el pillaje y los saqueos han estado asociados desde siempre con este tipo de acciones, la gran prensa solo reseña los que ocurren paralelo a la protesta social que comparado con el desangre de la corrupción es de menor cuantía. El vandalismo estatal es silencioso, además de invisibilizado, pero es mucho más brutal y mortífero. En nuestro territorio guajiro detrás de la corrupción, que algunas veces pone presos, hay miles de cadáveres de niños en su primera infancia que el vandalismo estatal los mató de física hambre y sed.
Los hechos recientes muestran un ejército de jóvenes sin control que no los mueve ningún liderazgo político de ninguna especie, quienes le perdieron el miedo y el respeto a la Policía, pues esta última ha perdido la vergüenza. Nos quieren vender la teoría del enemigo interno y la aplicación de la Ley y el orden para justificar más represión. Es una escalada de violencia aupada por el discurso oficial de ver a las Farc hasta en las decisiones de la Corte Suprema de Justicia y la sentencia tácita de «las juventudes Farc» que ha originado un sinfín de masacres y un montón de cadáveres que cada día empapan, precisamente de sangre joven el territorio nacional.
No es aniquilando la protesta social o matando guerrilleros, soldados, policías, o paramilitares que vamos a resolver el problema de Colombia, como creen algunos, y que sin escrúpulos lo anuncian en las redes sociales con la lapidaria frase de “balín corrido con toda esa gentuza”. El vandalismo extremo, acompañado de sadismo, se lo vimos los colombianos a las fuerzas policiales con el vil asesinato de Ordóñez a punta de choques eléctricos y la posterior fractura de su cráneo en nueve sitios y peor aún, ante la protesta indignada de la gente por esta barbarie, la más vandálica e irresponsable de las respuestas, disparosa la multitud. A esto le llaman terrorismo de Estado policial. Nos cae como anillo al dedo la sentencia del gran Nelson Mandela: “Hay muchas personas que sienten que es inútil continuar hablando de la paz y la no violencia en contra de un gobierno cuya única respuesta son ataques salvajes a un pueblo indefenso y desarmado”. Pero, hay que seguir deponiendo fusiles, motosierras y machetes. Todos los muertos vienen del sector más pobre de la nación. Solo aniquilando el hambre, la pobreza, la ignorancia, el fanatismo político e ideológico es como se puede mejorar el país. Como siempre, fuerzas oscuras mantienen asustados a los ciudadanos y las voces de la caverna imploran mano dura.