Colombia atraviesa uno de los momentos más dolorosos para su Fuerza Pública en los últimos años. En apenas 16 días, 31 uniformados (entre soldados y policías) han sido asesinados como parte del denominado “plan pistola” ejecutado por el grupo criminal ‘Clan del Golfo’. Se trata de una escalada violenta que ha cobrado la vida de funcionarios que, en su mayoría, se encontraban en desplazamientos rutinarios o fuera de combate, sin siquiera tener oportunidad de reaccionar.
La emboscada más reciente ocurrió en el departamento del Guaviare, donde el Ejército Nacional despidió con honores al soldado profesional Jean Carlos Bolaños, uno de los siete militares asesinados el pasado 27 de abril. Tenía apenas 20 años y era oriundo del municipio de Malambo, Atlántico. Su sepelio, al que asistieron familiares, amigos y altos mandos de las Fuerzas Militares, estuvo marcado por el luto y el simbolismo: banderas a media asta y la entrega del pabellón nacional a sus seres queridos.
El impacto de estos ataques va más allá de las estadísticas. Detrás de cada nombre hay una historia truncada, madres que no volverán a ver a sus hijos, niños que crecerán sin padres y hogares enteros sumidos en el dolor. La mayoría de los asesinados no estaban en operaciones ofensivas; fueron víctimas de atentados selectivos y emboscadas que evidencian la crueldad con la que operan estos grupos armados.
Ante esta situación, el ministro de Defensa y el director de la Policía Nacional anunciaron la implementación de nuevas estrategias para reforzar la seguridad de los uniformados en todo el país. Sin embargo, el ambiente entre las tropas es de alerta máxima, mientras que en distintas regiones del país se multiplican los actos simbólicos de despedida y reconocimiento a quienes hoy son recordados como héroes.
La nación entera observa con preocupación esta nueva ofensiva criminal que pone a prueba no solo a las autoridades, sino también a la capacidad del Estado para garantizar la seguridad de quienes defienden al país.








