El reciente sismo, para sorpresa de nadie, mostró una vez más la inmensa falla que se abre entre nuestros sesgos políticos. Y digo ‘falla’ no en el sentido de error o defecto, sino en el de fractura o separación. Me refiero, entonces, a las grietas que se abren entre distintas maneras de mirar una misma realidad, sin considerarlas irremediablemente nocivas, sino reconociendo también la posibilidad que ofrecen de aprender. Eso es lo que me pasa en un grupo del que hago parte, en el que nos encontramos y discutimos desde orillas distintas, pero, sobre todo, aprendemos.
La rareza de un grupo de WhatsApp en el que se discute de política sin ofender permite ser optimista frente a esta forma de ver las cosas. Estoy en uno, de nombre ‘Pipones’, creado por amigos entrañables para agendar partidos de fútbol, pero que, debido a nuestra lamentable involución deportiva, terminó convertido en una interminable conversación sobre política que refleja, de algún modo, la realidad nacional. De un lado están quienes respaldan el relato oficial: una gestión heroica capaz de superar en pocos días el desgobierno de cuatro años y producir una unidad nunca antes vista. Del otro, la crítica feroz denuncia insensibilidad: el ministro en la playa, la preocupación por el cemento antes que por las vidas, la sonrisa ante la tragedia, la evasión al empalme y el filtro sectario para recibir ayuda de países afines. Ante un mismo hecho, la discusión pública termina pareciéndose a la isla de las sirenas de La Odisea: dos canciones seductoras que buscan confirmar las posiciones de lo que hemos llamado ‘las dos colombias’.
La reciente película de Christopher Nolan sobre el mito homérico muestra el pasaje en el que las Sirenas entonan sus cantos a Odiseo y sus compañeros, prometiéndoles conocimiento del futuro para tentarlos a desembarcar en los acantilados y encontrar la muerte. Aunque poderosas, las sirenas también tenían su propio lío: sobre ellas pesaba la condena de morir si alguien escuchaba su melodía y lograba pasar de largo sin sucumbir a su seducción.Por eso, los extremos cantan hoy con estridencia pegajosa: no quieren que les ocurra lo del centro en las elecciones pasadas, cuando su voz quedó relegada a un mero acompañamiento armónico, una segunda voz que terminó legitimando o amplificando el relato de alguno de los llamados extremos, hoy convertidos en la tendencia mayoritaria.
Frente al terremoto ocurre lo mismo: un acontecimiento real desata dos cantos pegajosos y opuestos, con la lógica de los estribillos de la música contemporánea: frases cortas, ritmos y melodías de asimilación inmediata y una apelación directa a la emoción. Escapar de esta lógica exige distinguir el enganche de un corito pegajoso, «hoy llora la niña, hoy llora la niña», del sobrecogimiento que produce Rosendo Romero cuando habla del misterio de una mirada como «los claros de luna entre sombras de almendro». No se trata de despreciar la música más comercial, sino de entender su trampa: la complejidad de lo que ocurre en el territorio no cabe en la repetición de una sola frase, afinada para alimentar sesgos y deseos.
En ese paisaje sonoro, los Pipones, como el país, seguimos remando de distintas maneras. Algunos lo hacemos sin previsión, escuchando y sucumbiendo al coro de sirenas que más nos seduce. Otros no opinan ni escriben en el grupo. Como la tripulación de Odiseo, reman con cera en los oídos, aunque por distintas razones. Están quienes, ocupados en producir o sometidos a las urgencias de la cotidianidad, no encuentran espacio para la reflexión. Otros usan voluntariamente la cera como filtro contra la fatiga informativa: abrumados por las decenas de notas de voz acumuladas, prefieren no escucharlas. Y están, sencillamente, quienes no tienen interés en la discusión, pero tampoco se han salido del grupo para que su silencio no se interprete como una afrenta a la amistad.
Pero la cera nunca es infalible. En la remada exigente que imponen las crisis, como la provocada por un terremoto, el sudor y los movimientos bruscos pueden hacerla caer. Entonces, quien pretendía mantenerse al margen descubre que la contingencia lo desborda: queda expuesto, sin el tiempo, la información o las herramientas críticas para interpretar lo que ocurre, y puede terminar siendo presa fácil del estribillo más estridente.
Por eso, la invitación es a mirar la actitud de Odiseo, quien, a diferencia de su tripulación, se niega a taparse los oídos: entiende que dejar de escuchar el canto de las sirenas lo privaría de un aprendizaje sobre la historia que comparte con sus semejantes. Pero tampoco comete la imprudencia de lanzarse al mar. Decide escucharlas amarrado al mástil, que bien puede representar la institucionalidad democrática, la evidencia, el pensamiento crítico y el filtro ético.
Después de ver las intervenciones en el grupo, y ante las dos versiones que se cruzan mientras avanzan las labores de rescate y reconstrucción, no parece buena idea alinearse ciegamente con ninguno de los extremos, pero tampoco insistir en la fantasía de una ‘unión de todos’, tan indeseable y paralizante como las distancias irreconciliables. La verdadera madurez ciudadana consiste en tener el coraje de escuchar al otro y entender que la mejora social puede surgir de la tensión consciente entre los opuestos, siempre con la mirada y el oído amarrados a la razón.Algo de eso ocurre en el grupo de los Pipones, donde el debate respetuoso bien podría hacernos merecedores del nombre de Odiseos, si no fuera porque, por elemental coherencia con nuestro estado físico ventrudo, el nombre que llevamos nos resulta bastante más apropiado.








