Hace 7 años estuve en Venezuela, llegar de tu país siendo un asalariado y que te traten como un rey en otra nación debería ser sinónimo de alegría y regocijo, pero no, para mi caso no lo fue, aunque en principio te sentías como todo un magnate en tierras ajenas, la realidad era otra, eres y serás una persona común y corriente, sin riquezas y mucho menos beneplácitos de endiosamientos de un semejante frente a ti, solo por tu posición y circunstancias económicas de ese preciso momento.
Me sentí bien atendido eso sí, pero muy incómodo, es que te traten como un amo en tierra de escaseces bajo un tinte colonial, en el cual por tu poder de bolsillo se te encumbra, para mí no era fácil de digerir.
Personalmente, tengo que decirles que nos bajamos en un hotel cinco estrellas frente al mar, con comidas exquisitas y exóticas que con mi salario en Colombia escasamente podría comerlas una o dos veces al año y eso en fechas muy especiales, en el hermano país no, allí solo las pedía y de inmediato me las servían.
No me sentí bien entonces, mirar tantas personas necesitadas y hambrientas, pues alcancé a observar frente a los supermercados que habían colas de más de 200 personas que duraban todo un día y hasta parte de la noche para reclamar un subsidio alimenticio del gobierno, que venía compuesto de un kilo de harina, unos cuantos granos, algo de azúcar y leche en polvo y una que otra latica de sardinas. Subsidio este que a lo sumo a una familia podría alcanzarles para unos tres o cuatro días y el resto de la quincena qué, claro porque eran raciones o paquetes entregados cada dos semanas por el gobierno de turno y apostillado en un régimen dictatorial.
Mientras tanto mi equipo de turismo en Maracaibo y luego en islas Margaritas gozando de la gran vida y de la esclavitud moderna del servir y atender a los demás como reyes por un pago, mientras aquellos en sus casas y con sus familias literalmente comiendo sobras y basura.
Hice yo mismo un acto de constricción y me dije, no quiero seguir disfrutando en tierras ajenas como rey, a lo mejor no cambie en nada la historia de ese país mi decisión, pero quise comer más modestamente aunque no pagaba en moneda venezolana casi nada, pero al menos mi mente no se saciaría de finas comidas, pero si de una paz espiritual agradable a mi ser.
Fueron seis días en el país hermano y con nuestro capital que no superaba en realidad los dos millones de pesos colombianos, se comió de todo, seis colombianos 6 días y 6 noches en hoteles 5 estrellas, paseos en lanchas, yates y con personas dispuestas a atendernos en todo momento a cambio de unos de nuestros pesos o mejor dicho a cambio de uno de sus devaluados y maltrechos bolívares, que para nosotros al cambio no valía nada.
Antes de emprender el viaje nuevamente a Colombia, quise hablar con los isleños y con uno que otro vendedor de los CC de ese país, además con algún dueño de restaurante, me comentaron en unísono, antes de la llegada del socialismo y el comunismo a nuestro país, nuestro pueblo era rico en todos los sentidos, nuestra moneda valía y nos dábamos el gusto de pasear por el mundo entero con nuestro propio capital, hoy en día no, vivimos del día a día, de las migajas que nos da el gobierno y siempre a la espera de turistas adinerados como ustedes que nos traigan los bolos de otra parte.
Me pregunte en forma inmediata ¿adinerado yo? Por Dios, pensé entonces, nuestro país pese a todos sus problemas de diferentes índole es un paraíso frente a esto que mis propios ojos estaban viendo, terminaron diciéndome los hermanos de Venezuela a quien entreviste, ni trabajando un mes completo podríamos nosotros comer uno de esos platos exóticos de mar que ustedes degustan ahora, la verdad tengo que decirles al cambio de moneda ese tan maravilloso plato no pasaba de 8 mil pesos colombianos, lo que para ellos era toda una fortuna los dos millones de pesos que tal vez nos gastamos seis personas disfrutando de todo…








