En el extremo norte de La Guajira, donde el sol no solo alumbra, sino que también revela las ausencias del Estado, emerge una voz que no fue formada en aulas, pero sí en la crudeza de la vida.Se hace llamar Aja Waré, pero su nombre de origen, el que lo ancla a la tierra y a la historia, es Donal Fabián Iguarán Castañeda: hijo del linaje de Eirukü Sijona, nacido entre las arenas vivas del corregimiento de Puerto López y la comunidad de Paraimaru.
Dos nombres, dos identidades, una sola voz. La conversación no tuvo forma de entrevista, fue más bien un acto de memoria. “Salimos de la mina por temas de seguridad…”, expresó. Y en esa frase se condensa una de las grandes tragedias silenciosas del país: el desplazamiento que no siempre se nombra, pero que se vive. El miedo que no se registra, pero que marca.
No era solo su historia, era la historia de muchos. De un territorio que ha sido explotado sin ser escuchado. De una región donde la riqueza natural convive con la pobreza estructural, y donde el agua —derecho esencial— sigue siendo un privilegio lejano.
En la Alta Guajira, la vida no es fácil: se resiste, y resistir, aquí, es un acto político. En medio de su relato, los nombres aparecen como heridas abiertas: Matilde, Piggy. No son recuerdos lejanos, son denuncias vivas de un sistema que ha fallado. Niños que no debieron morir. Historias que no debieron existir, pero que existen y que, gracias a voces como la de Aja Waré, no se olvidan. Porque en territorios donde la institucionalidad llega tarde —o no llega—, la memoria se convierte en justicia.
Donal Fabián Iguarán Castañeda no se formó como comunicador en universidades, se formó en la necesidad, en la indignación, en la urgencia de decir: aquí estamos. Su liderazgo no fue elegido por estructuras formales, sino por la legitimidad de su palabra y la coherencia de su acción. Es un liderazgo que incomoda, que no se somete, que no maquilla la realidad. En un mundo donde muchos usan las redes para entretener, él decidió convertirlas en espacios de denuncia, en trincheras digitales desde donde se narran las verdades que otros prefieren ignorar, porque entendió que comunicar, en un territorio olvidado, es resistir.
Durante años, La Guajira fue contada por miradas externas. Reducida a paisaje, a destino turístico, a postal exótica, pero hoy, algo se transforma. Hoy, la palabra nace desde adentro, desde comunidades como Paraimaru, desde corregimientos como Puerto López, desde voces que ya no piden permiso.
Aja Waré escribe, denuncia, visibiliza y en ese acto, reconstruye la dignidad narrativa de su pueblo, porque el abandono no solo mata con hambre o sed. También mata cuando borra la historia y escribir es una forma de no desaparecer. “Tú eres un ejemplo…”, se le dijo, pero él no busca ser ejemplo, busca ser voz y en ese intento, se ha convertido en referente.
Para los jóvenes, para quienes aún creen que desde el desierto no se puede incidir, para quienes han sido enseñados a callar, Aja Waré demuestra lo contrario que desde la periferia también se construye país, que desde el anonimato también se puede transformar la narrativa.
Esta crónica no es solo un retrato, es una denuncia, es una interpelación. Es un llamado a quienes gobiernan, a quienes legislan, a quienes administran el destino de los territorios sin conocerlos, porque no basta con hablar de cambio, hay que materializarlo.
En agua, en salud, en vida digna, mientras tanto, desde las arenas vivas de la Alta Guajira, la voz de Aja Waré sigue creciendo.
Sin permiso, sin miedo, sin silencio, recordándonos que este territorio no es olvido es memoria viva, es resistencia y es, sobre todo…un pueblo que ya decidió no callar más.








